Pido fe a la Iglesia, y hasta el día de mi muerte seguiré pidiendo lo mismo

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El 7 de abril de 1980, Monseñor Marcel Lefebvre celebró una misa en la iglesia de San Simeone Piccolo, en Venecia, durante la cual dio un sermón en italiano, disculpándose por no dominar el idioma.

Puede ser que algunos de ustedes tengan dudas. Tal vez se estén preguntando por qué Monseñor Lefebvre ha venido a Venecia, sin haber sido invitado por el cardenal Cé. Mi presencia genera una situación que no es normal en la Iglesia.

Es verdad. Si durante mi tiempo como arzobispo de Dakar, un obispo hubiera visitado mi diócesis sin haberme preguntado antes y sin haber sido invitado, me hubiera sorprendido mucho. Sé que es una situación anormal. Debemos preguntarnos realmente cuál es la situación actual de la Iglesia.

Una obra al servicio de la Iglesia

!Nunca jamás he querido hacer algo contrario a la Iglesia! Toda mi vida la he dedicado a su servicio: a lo largo de mis 50 años de sacerdocio, de los cuales 33 fui obispo, no he hecho otra cosa más que servir a la Iglesia, como misionero, como obispo en Francia, como superior general de la Congregación de los Padres del Espíritu Santo y como obispo misionero. Los jóvenes seminaristas y sacerdotes que me acompañan, representan una pequeña parte de los que actualmente se encuentran estudiando en alguno de mis cinco seminarios.

Hace diez años, yo fundé esta obra - la Fraternidad Sacerdotal San Pío X - siempre con la intención de querer servir a la Iglesia. ¿Por qué, entonces, al cardenal Cé, patriarca de Venecia, no le agrada mi visita? ¿Por qué no comprende la razón? ¿Cómo puedo explicar esta situación? Evidentemente, no le agrada que yo continúe la labor emprendida desde el día de mi ordenación sacerdotal. Yo no he cambiado ni un ápice, ni cuando fundé los nuevos seminarios en África, ni cuando visité, como delegado apostólico de Su Santidad el Papa Pío XII, las 64 diócesis del África francófona durante once años. Visité todos los seminarios, estableciendo también las normas para las nuevas fundaciones de los obispos diocesanos.

Yo nunca he cambiado. He predicado y he hecho lo que la Iglesia siempre ha enseñado. Jamás he cambiado lo que la Iglesia dijo en el Concilio de Trento o en el Concilio Vaticano I. Entonces, ¿quién ha cambiado? ¿Yo o el cardenal Cé? No lo sé, pero pienso que considerando el estado de las cosas, es decir, los frutos de los cambios acaecidos en la Iglesia a partir del Concilio Vaticano II, nosotros mismos, como católicos, podemos darnos cuenta de los frutos. Con nuestros propios ojos.

¿Cuál es la situación actual de las cosas en la Iglesia? Pregúntenselo a Monseñor Pintonello, ex obispo de las fuerzas armadas, que ha escrito un minucioso reporte sobre las condiciones actuales de los seminarios italianos: ¡una catástrofe!

Una verdadera catástrofe. ¡Cuántos seminarios vendidos o cerrados! El seminario de Turín, con 300 plazas, está vacío. ¿Y cuántos otros no han sido cerrados en sus diócesis? Por lo tanto, ciertamente algo está mal en la Iglesia, porque si ya no hay seminarios ya no habrá sacerdotes en el futuro, ni tampoco podrá celebrarse el sacrificio de la Misa. ¿Qué sucederá con la Iglesia? ¡Todo esto es increíble! Han cambiado, sí, han cambiado, pero, ¿por qué?

Han hecho todo esto, sin duda, con la idea en mente de salvar la Iglesia, de hacer algo nuevo. Antes del Concilio, había tenido lugar una verdadera disminución en el fervor; por tanto, creyeron que al realizar cambios, la Iglesia se revitalizaría. Pero no se puede cambiar lo que Jesucristo ha instituido.

El santo sacrifcio de la Misa, los sacramentos, el Credo, nuestro catecismo, la Sagrada Escritura; todo esto proviene de Jesucristo. Cambiarlo significa cambiar lo que Jesucristo ha instituido. ¡Es imposible! No podemos decir que la Iglesia se ha equivocado; si algo anda mal, se debe buscar la respuesta en algún otro lado, pero no en la Iglesia. También se ha dicho que la Iglesia debe cambiar, así como cambia el hombre moderno: que así como el hombre tiene un nuevo estilo de vida, así la Iglesia debe también tener otra doctrina, una nueva Misa, nuevos sacramentos, un nuevo catecismo, nuevos seminarios... y de este modo, ¡todo se ha arruinado, todo se ha destruido!

Los enemigos provienen del interior de la Iglesia

La Iglesia no es la responsable. No es la Iglesia sino los sacerdotes los responsables del deterioro del catolicismo. El Papa San Pío X, el santo patriarca de Venecia, en las primeras páginas de su encíclica Pascendi escribió que, ya en su tiempo, los errores y los enemigos no provenían del exterior sino del interior de la misma Iglesia; y no sólo entre los laicos, sino que especificó - entre los sacerdotes. San Pío X vio a estos enemigos desde el inicio del siglo. Hoy podemos añadir que, si San Pío X todavía viviera, no sólo los vería entre los sacerdotes, sino también entre los obispos y los cardenales. Y, desde luego, desgraciadamente, existen incluso algunos cardenales que propagan el error.

¿Cuál es el origen del catecismo holandés? Ciertamente no es el catecismo católico, aunque haya sido aprobado por cardenales y obispos. Incluso el catecismo francés e italiano (los cuales conozco bien) contienen errores: ya no contienen la verdadera doctrina católica que siempre se había enseñado. Estamos frente a una situación muy grave.

En el mundo entero - y puedo decir esto porque he viajado por todo el mundo - he visto a grupos de católicos que se preguntan: "¿Qué está pasando en la Iglesia?" Apenas y se reconoce la Iglesia actualmente. Las ceremonias, el culto - mitad protestante mitad católico - todo es un circo; ya no es un misterio, el misterio del Sacrificio de la Misa, gran misterio, misterio sublime y celeste. Ya no se siente el carácter sobrenatural de la Misa; quienes asisten a ella tienen un sentimiento de vacío y ya no saben si asistieron a una ceremonia católica o a una especie de ceremonia profana.

Es una situación inaceptable. Los fieles, gente buena y simple, se oponen porque saben intuitivamente que hay algo que no está bien con la reforma. Ven los seminarios vacíos; los noviciados de comunidades religiosas, en todo el mundo, vacíos. Esto también es inaceptable. Por el bien de la Iglesia, debemos resistir, sin estar en contra de aquel que tiene la autoridad. Jamás.

No quiero que cambie la fe

Siempre he tenido un gran respeto por el Santo Padre, por los obispos y por los cardenales; no puedo pronunciar palabras poco caritativas frente a su cardenal, Monseñor Cé, pero esto no me impide reafirmar la doctrina católica porque quiero seguir siendo católico.

Cuando fui bautizado, el sacerdote le preguntó a mis padrinos: "¿Qué pide este niño a la Iglesia de Dios?" Ellos respondieron; "La fe. Pide a la Iglesia la fe."  Y aún hoy sigo pidiendo fe a la Iglesia, y hasta el día de mi muerte seguiré pidiendo fe a la Iglesia, la fe católica. ¿Por qué piden los padrinos la fe para el niño? Porque obtiene la vida eterna. Si es la fe la que obtiene la vida eterna, entonces quiero esa fe - ¡y no quiero que cambie!

La fe católica es la fe católica. El Credo es el Credo. No pueden cambiarse. No se puede cambiar el catecismo; no se puede cambiar la misa, transformándola en una cena como lo hacen los protestantes.

La misa es un sacrificio, el sacrificio de la Cruz y, como lo afirma el Concilio de Trento, es el mismo sacrificio del Calvario, con la única diferencia que uno es cruento y el otro incruento, pero los dos son la misma cosa: el mismo sacerdote, Jesucristo, y la misma víctima, Jesucristo.

Si la víctima es verdaderamente Jesucristo, Dios, nuestro Creador y nuestro Redentor, que ha derramado toda su sangre por nuestras almas, es imposible recibirlo en nuestras manos como si se tratara solamente de un pedazo de pan cualquiera. Y, por lo tanto, es imposible para un católico no mostrar respeto y adoración si cree verdaderamente que en el Santísimo Sacramento está presente Jesucristo, Dios mismo, el Creador, nuestro juez, que vendrá desde las nubes del cielo para juzgar al mundo entero.

Yo también, como ustedes, estoy escandalizado, estoy triste y me duele el corazón al ver - lo muestran incluso en la televisión -  a un cardenal o a un obispo acercarse a la Eucaristía sin una genuflexión o algún otro signo de respeto hacia el Santísimo Sacramento - ¡nada! Una vez más digo que esto es inaceptable y no refleja la actitud de la Iglesia católica. Nosotros debemos conservar la fe en esta tempestad que atraviesa la Iglesia... una tempestad que ha durado mucho tiempo y que esperamos termine muy pronto para que la Iglesia pueda regresar a la fe que solía tener. Debemos ser pacientes.

Yo viajo a Roma entre cinco y seis veces por año para suplicar a los cardenales, al papa mismo, que regresen a la Tradición para devolver a la Iglesia su espíritu católico. Cito nuevamente a San Pío X: ¿Quiénes son los amigos del pueblo? "Los verdaderos amigos del pueblo no son ni los revolucionarios, ni los innovadores, sino los tradicionalistas". Estas son las palabras de San Pío X a los obispos franceses. Y es justamente a los innovadores a quienes condena. Queremos participar del mismo espíritu de San Pío X, y es por eso que lo elegí como patrono de la Fraternidad, la cual está reconocida por la Iglesia.

La injusta condena de la Fraternidad San Pío X

En efecto, mi fraternidad fue reconocida oficialmente hace diez años por Roma y por el obispo de Friburgo, en Suiza, diócesis en la cual fue fundada. Posteriormente, los obispos progresistas y modernistas vieron en mis seminarios un peligro para sus teorías; Se enojaron terriblemente conmigo y dijeron: "Hay que destruir estos seminarios, tenemos que poner fin a Êcone y a la obra de Monseñor Lefebvre porque es un peligro para nuestro plan progresista y revolucionario. Se dirigieron a Roma en esta forma calumniosa y Roma estuvo de acuerdo con ellos.

Pero como yo dije a Su Santidad Juan Pablo II, la supresión se llevó a cabo de un modo contrario al derecho canónico. Ni siquiera los soviéticos dictan sentencias como lo hicieron los cardenales en Roma contra mi labor. Los soviéticos tienen un tribunal, una especie de tribunal, para condenar a alguien; pero yo ni siquiera tuve este tribunal - ¡no tuve nada! Yo fui condenado sin haber tenido nada, ni una advertencia o un citatorio... ¡nada! Un buen día llegó una carta en donde se me notificaba que el seminario tendría que cerrarse.

Le he dicho al Santo Padre que ni siquiera los soviéticos se comportaban así. Le dije que yo he continuado mi labor porque éste no es el modo de actuar de la Iglesia - son los enemigos de la Iglesia quienes quieren cerrar los seminarios. La Iglesia católica no puede anular la Tradición, es imposible. Es el enemigo - como lo dijo San Pío X - el enemigo que trabaja desde el interior de la Iglesia porque quiere destruir la Iglesia con la Tradición, porque está furioso contra la Tradición.

Por todas estas razones nosotros permaneceremos tranquilos y pacientes; rezamos y, sin afán de querer generar polémica, continuaremos pidiendo esto a nuestros obispos, a nuestros cardenales y a la Iglesia. Quiero la fe, la fe de siempre. Como cuando era niño y recibí el bautismo, yo pido: quiero la fe católica. Todo el problema radica en esa palabra. ¿Acaso pido mucho?

Les toca a ustedes juzgar los hechos. En mis seminarios hay entre 200 y 210 seminaristas y numerosas vocaciones religiosas. En cuanto se inaugura una nueva casa, inmediatamente se llena de nuevas vocaciones. ¿Por qué? Porque estos jóvenes quieren encontrar la Iglesia, la Tradición. Ahí donde está la Tradición de la Iglesia, está la Iglesia. Para un sacerdote, todo su ideal, todo su corazón, se encuentra en el Sacrificio de la Misa. Ir al altar, ofrecer el sacrificio de la misa y dar a Jesucristo a las almas, pero al verdadero Jesucristo, la verdadera víctima, a las almas. Mis seminaristas saben que en Êcone se prepararán al sacerdocio con estas bases.

Yo felicito y agradezco a quienes me invitaron a venir. Con mi visita espero haber alentado y animado a los católicos a conservar la Iglesia de siempre, la Iglesia católica. En Roma se dice de mí que no he hecho más que detener, impedir y obstaculizar el progreso en la Iglesia. !Con el simple hecho de hacer eso, ya hubiera hecho una cosa magnífica! Sólo con eso: frenar al menos la ruina de la Iglesia.

Esto no es nuestro único objetivo. No solamente queremos frenar esta ruina, sino que queremos también reconstruir la Iglesia, una Iglesia viva. Para tal fin, predico una cruzada, una verdadera cruzada de todos los católicos deseosos de conservar la fe, para que se reúnan alrededor de buenos sacerdotes que deseen conservar la fe asegurando la vida de la Iglesia.

Finalizo pidiendo a todos los que se encuentran alrededor de este altar, un verdadero altar con un sacerdote, que perpetúen el Sacrificio de la Misa. Rezamos también por sus hijos, porque es una gran pena ver que ya no conocen la religión católica. No la conocen ni siquiera aquellos niños que asisten a los colegios católicos. Ciertamente, los padres católicos atraviesan grandes pruebas. Es también por sus hijos que debemos conservar la Tradición. Pedimos la ayuda del patriarca de Venecia, San Pío X, el último papa santo, que podía predecir el futuro.

Y ahora, en esta misa, pidamos a la Bienaventurada siempre Virgen María - a quien debemos tener una gran devoción, especialmente a través del rezo del Santo Rosario - que ponga fin a esta crisis de la Iglesia y que restablezca en la Iglesia la paz y la gracia de Dios.

Monseñor Marcel Lefebvre+
Venecia, 7 de abril, 1980