Fraternidad San Pío X: una obra de la Iglesia al servicio de la Verdad

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No debe sorprendernos que no podamos tener una buena relación con Roma, pues esto será imposible mientras que Roma no regrese a la Fe en el Reino de Nuestro Señor Jesucristo, mientras continúe dando la impresión de que todas las religiones son buenas. Estamos en desacuerdo en un punto de la fe católica, así como lo estaban también el Cardenal Bea y el Cardenal Ottaviani, y todos los Papas que desaprobaron el liberalismo.

Monseñor Lefebvre, Conferencia en Sierre (Suiza) dada el 27 de noviembre de 1988, citado en L'Eglise infiltrée par le modernisme, Fideliter, 1993, p. 70-71).

"El problema continuará mientras la Fraternidad San Pío X no se adhiera a la declaración doctrinal aprobada por el Papa Francisco y presentada por la Congregación para la Doctrina de la Fe"[1] Tras citar estas palabras de Monseñor Pozzo [2], señalamos en nuestro artículo que "el problema, es entonces, primero y antes que nada, un problema doctrinal", y que "a los ojos de Roma, el reconocimiento canónico depende de la resolución de este problema."

Viniendo de Roma, esto no resulta sorprendente en lo más mínimo. Monseñor Pozzo ya había expresado claramente la misma opinión a inicios del año 2017. "La reconciliación", dijo, "tendrá lugar cuando Monseñor Fellay se adhiera formalmente a la declaración doctrinal que la Santa Sede le presentó. Ésta es también la condición necesaria para poder proceder a la regularización institucional con la creación de una prelatura personal."[3] Estas declaraciones nos brindan la oportunidad de mostrar exactamente en dónde radica el problema fundamental entre la Santa Sede y obispos y los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X. La explicación es muy simple: se trata de la divergencia de la Roma actual de la Roma de siempre, y esta divergencia está relacionada con la manera de comprender y presentar la doctrina revelada por Dios. Seamos claros, a riesgo de provocar asombro e incomprensión en más de un fiel de la Santa Iglesia de Dios: el problema no es la Fraternidad San Pío X, sino la Roma de hoy, la Roma "de tendencias neoprotestantes y neomodernistas", como solía decir Monseñor Marcel Lefebvre. El problema actual es la Roma de hoy, porque en Roma los miembros actuales de la jerarquía, el Papa y los obispos, han adoptado esta nueva tendencia protestante y modernista, y al hacerlo han roto los lazos con la Roma eterna. Y esto fue ocasionado por el Concilio Vaticano II.

Para muchos que, a pesar de su número, no tienen las cosas muy claras, el problema es que la Fraternidad San Pío X no tiene una situación regular en la Iglesia. Para citar las palabras textuales dichas por Monseñor Pozzo, el problema es, supuestamente, que los sacerdotes y obispos de la Fraternidad San Pío X ejercen su ministerio "ilícita e ilegítimamente". En consecuencia, el problema provendría de la Fraternidad y sus miembros, es decir, en primer lugar de la Fraternidad y no de la Roma actual. Pero en realidad, según lo admitió el mismo secretario de la Comisión Pontificia Ecclesia Dei, esta supuesta ilegitimidad no es más que una consecuencia, y el problema fundamental radica en la divergencia doctrinal que opone a la Fraternidad con los representantes actuales de la jerarquía, precisamente porque estos últimos se adhieren al Concilio Vaticano II. Por tanto, esta divergencia es la causa, y la supuesta ilegitimidad sólo es uno de sus posibles efectos. Y en lo que respecta a esta divergencia, el problema proviene de la Roma actual. La situación de la Fraternidad no es sino el efecto consiguiente. Si la Fraternidad presentara potencialmente un problema canónico o eclesiástico, es, en primer lugar, porque la Roma actual presenta un problema doctrinal. Pues el efecto procede de su causa. Como la Iglesia es una sociedad sobrenatural, la unidad de la fe es, necesariamente, el principio y fundamento de la unidad del gobierno [4] y es por esto que cualquier divergencia en el primer nivel ocasiona una divergencia en el último nivel. La supuesta irregularidad canónica es el efecto que se deriva de la divergencia doctrinal.

Como sucede con cualquier efecto, éste debe ser juzgado a la luz de su causa. Éste es un principio absolutamente necesario que no permite excepciones en ningún ámbito, pues se trata de un principio metafísico. Si queremos entender por qué, a los ojos de la Roma actual, la Fraternidad San Pío X continúa estando en lo que ellos llaman "una situación ilegítima", debemos empezar por comprender por qué la Roma actual ha roto los lazos con la Roma de siempre. Se trata de una ruptura doctrinal, y el problema fundamental, del cual la supuesta ilegitimidad de la Fraternidad no es más que una consecuencia a nivel canónico o eclesiástico, es la aceptación de la Roma actual a nivel doctrinal de las reformas implementadas por el Concilio Vaticano II. El problema no es que la Fraternidad rechace el Concilio, pues para seguir siendo católico y pertenecer a la Iglesia, no hay otra opción más que rechazar este Concilio. El problema es que la Roma actual lo acepta, ignorando completamente su Tradición bimilenaria. Si tuviéramos que recurrir (con todas las precauciones necesarias) a los elocuentes y pintorescos términos de una metáfora, podríamos decir que la Fraternidad goza de buena salud y que la Roma actual está enferma. Y cuando un hombre enfermo niega su propia enfermedad, acusa, casi inevitablemente, a aquellos que gozan de buena salud de estar enfermos. Pero sigamos adelante.

El problema, por tanto, no es, del lado de la Fraternidad, lo que podríamos llamar un problema de "eclesialidad". La Fraternidad es y sigue siendo una obra de la Iglesia, una sociedad que pertenece totalmente a la Iglesia, tan completamente que incluso representa una de las partes más sanas en la Iglesia. De hecho, la Fraternidad se define por su objetivo, y este objetivo es (Estatutos, II, 1) "el sacerdocio", y, en consecuencia, (Estatutos III, 1) las obras de la formación sacerdotal, que "evitarán cuidadosamente los errores modernos, especialmente el liberalismo y todos sus sustitutos". La actitud de la Fraternidad hacia la Roma actual se deriva inmediatamente de este principio: proteger el sacerdocio católico de los errores modernos y proteger también la fe de la Iglesia, cuya predicación es la misión del sacerdocio para la santificación de las almas. Esta actitud de la Fraternidad es absolutamente vital, pues en la Santa Iglesia el sacerdocio no sólo representa un principio indispensable, sino un principio base. El sacerdocio es la base misma de la Iglesia, pues sin él, la Iglesia dejaría de ser lo que es. La corrupción de este principio base es lo peor que puede suceder, y su defensa es la necesidad más urgente y necesaria. En la medida en que la Roma actual esté infectada con estos errores modernos que corrompen el sacerdocio y la Iglesia, la obligación de la Fraternidad es actuar, con respecto a la Roma actual, en un modo tal que neutralice estos errores. Ésta debería ser la profunda explicación de la lucha por la fe que la Fraternidad ha librado hasta ahora. Y la actitud de la Roma actual (desde el Concilio) que considera ilegítimas las acciones de la Fraternidad no es más que el otro lado de este combate librado por la Fraternidad, el lado de los hombres de Iglesia que actualmente tienen el poder en Roma. Si la luz dispersa las sombras, las sombras intentan sofocar la luz, pero nunca con éxito. Esta defensa del sacerdocio católico, que es el principio base y el bien común de toda la Iglesia, es un objetivo propiamente eclesial, que convierte a la Fraternidad en una obra de la Iglesia. La eclesialidad de la Fraternidad proviene de su finis operis, es decir, el objetivo propio y específico de la Fraternidad fundada por Monseñor Lefebvre y debidamente reconocida como tal por Monseñor Charrière en 1970. Desde entonces, esta eclesialidad no ha sido perjudicada por las autoridades conciliares, porque es imposible perjudicarla. Es más bien la eclesialidad de los miembros de la jerarquía, que se ha vuelto cada vez más problemática desde el Concilio Vaticano II, y el modernismo lo que está destruyendo a las autoridades actuales.

Por tanto, la Fraternidad no debe establecer como su primer objetivo absoluto, es decir, su principio de acción, buscar obtener la legitimidad canónica que, supuestamente, remediaría la falta de eclesialidad[5]. La cuestión de la eclesialidad de la Fraternidad no existe realmente. Sólo existe en la mente de unos cuantos, que no son miembros ni fieles de la Fraternidad en la Iglesia, y que creen de buena fe que la Fraternidad "está en contra del Papa", que es "cismática", que "no está en plena comunión con Roma" o se encuentra en una "situación ilegítima". Para expresar estas cosas en el lenguaje técnico de la lógica escolástica, diríamos que la cuestión no surge a partir de sí misma, sino accidentalmente. Algunas personas cometen el error de creer que esta cuestión surge a partir de sí misma; otras cometen el error diametralmente opuesto de creer que no surge en absoluto, ni siquiera en la mente de algunos y accidentalmente. La solución sería afirmar que la cuestión no surge en la realidad ni en sí misma, sino en las mentes de algunos y accidentalmente. Esto significa que la Fraternidad no necesita tener un complejo de culpa, ni sufrir o buscar pretextos por no estar en la Iglesia, (además "quien se excusa a sí mismo, se acusa al mismo tiempo", como dice el refrán); sino que debería mantenerse y afirmar que está en lo correcto, denunciando los errores de los modernistas; y debería hacer esto de manera pastoral y prudente, tomando en cuenta la debilidad del ignorante, según el precepto del apóstol: "Los que somos fuertes, debemos soportar las flaquezas de los débiles, y no agradarnos a nosotros mismos" (Rom. 15-1).

La Fraternidad es perfectamente legítima y regular, pues está en la Iglesia y pertenece a la Iglesia, y esto es absolutamente cierto y está más allá de toda duda. Desde este punto de vista, una legitimación canónica, al venir de la Roma actual, no añadiría nada al bien intrínseco de la Fraternidad. Únicamente añadiría un cierto bien extrínseco, en tanto que, en la mente de muchos, pondría fin a la opinión falsa e injusta fomentada en detrimento de la Fraternidad. La importancia global de esto no debe ser ignorada, pero esa es una cuestión distinta, una cuestión secundaria a los ojos del fundador de la Fraternidad San Pío X. "Lo que nos interesa antes que cualquier otra cosa", solía decir, "es conservar la fe católica. Esa es nuestra lucha. La cuestión canónica, que es meramente exterior y pública en la Iglesia, es secundaria. Lo importante es continuar en la Iglesia... es decir, en la fe católica de siempre y en el verdadero sacerdocio, en la verdadera Misa y en los verdaderos sacramentos, en el catecismo de siempre y con la Biblia de siempre. Ese es nuestro principal interés. Eso es la Iglesia. Ser reconocidos públicamente es algo secundario. Así que no debemos buscar lo secundario mientras perdemos lo fundamental, el primer objetivo de nuestra lucha"[6]. Sin embargo, reiteramos que no debemos olvidar la importancia total de la cuestión canónica, y "secundario" no quiere decir "insignificante"; pero para que pueda ser abordada adecuadamente, esta importante cuestión debe permanecer en su sitio correcto, es decir, únicamente dependiendo del objetivo esencial. Y lo que buscamos hacer aquí es demostrar cuál es el objetivo absolutamente primordial de la Fraternidad: la preservación del sacerdocio católico, con la consecuencia necesaria de la neutralización de todos los errores perjudiciales que hoy causan su corrupción generalizada. Corrupción generalizada porque se trata de la corrupción del principio base de la Iglesia, su sacerdocio jerárquico. Estos errores son muy graves en sí mismos, como lo son todos los errores, porque constituyen una negación de la verdad divina; pero son todavía más perjudiciales porque están siendo esparcidos en toda la Iglesia por la jerarquía que ha sido conquistada y corrompida por estos errores, introducidos por el Concilio Vaticano II en las predicaciones habituales de los hombres de Iglesia. Estos errores han engendrado una nueva forma de pensar y vivir que se ha difundido progresivamente a todos los miembros de la Iglesia. La expresión "Iglesia conciliar" pretende expresar esta nueva situación como en una elipsis metafórica[7].

Hablamos ahora de una "Iglesia conciliar" como lo habíamos hecho hasta el momento de la "Roma actual", y bien podríamos hablar de una "Roma conciliar". Pues ya no podemos hablar de la Iglesia y de Roma sin hacer distinciones[8]. La Iglesia, como es la voluntad de Dios, es una sociedad sobrenatural, es decir, la congregación ordenada de los fieles bautizados que profesan la misma fe y practican el mismo culto bajo la dirección de la misma jerarquía. La compleja y particular situación en la que estamos viviendo es que dentro de esta congregación ordenada existe ahora otra congregación desordenada que pone en peligro la fe y el culto católicos, y emplea la mala influencia de los miembros de la jerarquía para lograrlo. Si habláramos únicamente de la Iglesia y de Roma, estaríamos diciendo muy poco; si habláramos de dos Iglesias o dos Romas, estaríamos diciendo demasiado. La Iglesia es una y sólo hay una Roma, pero, actualmente, existe un cáncer generalizado en Roma y en la Iglesia. Hablamos de la Iglesia conciliar y de la Roma actual, distinguiéndolas de la Iglesia católica y de la Roma de siempre, como una forma de expresar esta situación sin precedentes donde los hombres de la Iglesia están trabajando desde el interior para destruirla. Tal es el misterio que se presenta por ahora como el de una "Iglesia ocupada" y, en consecuencia, el de una "operación de supervivencia de la Tradición", la necesidad y legitimidad de esta última provienen de la realidad de la primera.

Regresemos, pues, a la declaración inicial de Monseñor Pozzo: "El problema continuará mientras la Fraternidad San Pío X no se adhiera a la declaración doctrinal aprobada por el Papa Francisco y presentada por la Congregación para la Doctrina de la Fe". El secretario de la Comisión Pontificia Ecclesia Dei proporciona en esta frase la profunda razón por la que el problema continúa: las cosas seguirán así mientras la Roma actual intente obligar a la Fraternidad a adherirse al Concilio Vaticano II, y, por lo tanto, es la Roma actual la causante del problema, pues, inicialmente, el problema no era la negación sino la obligación de adherirse a los errores que se oponen a las verdades reveladas por Dios y ya condenados por la Roma de siempre.

Padre Jean-Michel Gleize


[1] “Il problemi rimangono fintanto que la Fraternita San Pio X non adherera a la dichiarazione dottrinale approvata dal papa Francesco et presentata dalla Congregazione per la dottrina de la fede.”

[2] Cf. el artículo “Neither Schismatic nor Excommunicated”, en la publicación julio-agosto 2018 de Courrier de Rome.

[3] Cf. el artículo “For a Doctrinal Agreement” en la publicación de mayo 2017 de Courrier de Rome.

[4] Cf. el artículo “Unity or Legality?” en la publicación de mayo 2017 de Courrier de Rome.

[5] Cf. el artículo “For a Doctrinal Agreement” en la publicación de mayo 2017 de Courrier de Rome.

[6] Monseñor Lefebvre, Conferencia Espiritual en Econe, diciembre 21, 1984. Ver el artículo “40 Años Antes” en la publicación de diciembre 2014 de Courrier de Rome.

[7] Ver los artículos “¿Podemos Hablar de una Iglesia Conciliar?” en la publicación de febrero 2013 de Courrier de Rome y “Unidad y Unicidad de la Iglesia” en la publicación de septiembre de 2013 de Courrier de Rome.

[8] Ver el artículo “An Official Church?” en la publicación de mayo de 2017 de Courrier de Rome.