Intercambio de correspondencia entre el Cardenal Ottaviani y Mons. Lefebvre (1966)

Junio 25, 2018
Origen: fsspx.news
Cardenal Alfredo Ottaviani.

El 24 de julio de 1966 el Cardenal Alfredo Ottaviani, Pro-prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, dirigió a los Presidentes de Conferencias episcopales y a los Superiores generales de órdenes y de congregaciones del mundo entero, una carta a cerca de algunos “abusos cometidos en la interpretación de la doctrina del Concilio, así como de opiniones extrañas”.

El 20 de diciembre siguiente, Monseñor Lefebvre, entonces Superior general de la Congregación del Espíritu Santo, le envió su respuesta.

FSSPX.News presenta a sus lectores el texto integral de estos dos documentos, redactados tan solo un año luego de la clausura del Concilio, y que siguen siendo de gran actualidad, transcurridos más de 50 años.

SAGRADA CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE

CARTA A LOS PRESIDENTES
DE LAS CONFERENCIAS EPISCOPALES SOBRE LOS ABUSOS EN LA INTERPRETACIÓN DE LOS DECRETOS DEL CONCILIO VATICANO II

Una vez que el Concilio Vaticano II, recientemente concluido, ha promulgado documentos muy valiosos, tanto en los aspectos doctrinales como en los disciplinares, para promover de manera más eficaz la vida de la Iglesia, el pueblo de Dios tiene la grave obligación de esforzarse para llevar a la práctica todo lo que, bajo la inspiración del Espíritu Santo, ha sido solemnemente propuesto o decidido en aquella amplísima asamblea de Obispos presidida por el Sumo Pontífice.

A la jerarquía, sin embargo, corresponde el derecho y el deber de vigilar, de dirigir y promover el movimiento de renovación iniciado por el Concilio, de manera que los documentos y decretos del mismo Concilio sean rectamente interpretados y se lleven a la práctica según la importancia de cada uno de ellos y manteniendo su intención. Esta doctrina debe ser defendida por los Obispos, que bajo Pedro, como cabeza, tienen la misión de enseñar de manera autorizada. De hecho, muchos pastores ya han comenzado a explicar loablemente la enseñanza del Concilio.

Sin embargo, hay que lamentar que de diversas partes han llegado noticias desagradables acerca de abusos cometidos en la interpretación de la doctrina del Concilio, así como de opiniones extrañas y atrevidas, que aparecen aquí y allá, y que perturban no poco el espíritu de muchos fieles. Hay que alabar los esfuerzos y las iniciativas para investigar más profundamente la verdad, distinguiendo adecuadamente entre lo que debe ser creído y lo que es opinable; sin embargo, a partir de documentos examinados por esta Sagrada Congregación, consta que en no pocas sentencias parece que se han traspasado los límites de una simple opinión o hipótesis y en cierto modo ha quedado afectado el dogma y los fundamentos de la fe.

Es preciso señalar algunas de estas sentencias y errores, a modo de ejemplo, tal como consta por los informes de los expertos así como por diversas publicaciones.

1. Ante todo está la misma Revelación sagrada: hay algunos que recurren a la Escritura dejando de lado voluntariamente la Tradición, y además reducen el ámbito y la fuerza de la inspiración y la inerrancia, y no piensan de manera correcta acerca del valor histórico de los textos.

2. Por lo que se refiere a la doctrina de la fe, se dice que las fórmulas dogmáticas están sometidas a una evolución histórica, hasta el punto que el sentido objetivo de las mismas sufre un cambio.

3. El Magisterio ordinario de la Iglesia, sobre todo el del Romano Pontífice, a veces hasta tal punto se olvida y desprecia, que prácticamente se relega al ámbito de lo opinable.

4. Algunos casi no reconocen la verdad objetiva, absoluta, firme e inmutable, y someten todo a cierto relativismo, y esto conforme a esa razón entenebrecida según la cual la verdad sigue necesariamente el ritmo de la evolución de la conciencia y de la historia.

5. La misma adorable Persona de nuestro Señor Jesucristo se ve afectada, pues al abordar la cristología se emplean tales conceptos de naturaleza y de persona, que difícilmente pueden ser compatibles con las definiciones dogmáticas. Además serpentea un humanismo cristológico para el que Cristo se reduce a la condición de un simple hombre, que adquirió poco a poco conciencia de su filiación divina. Su concepción virginal, los milagros y la misma Resurrección se conceden verbalmente, pero en realidad quedan reducidos al mero orden natural.

6. Asimismo, en el tratado teológico de los sacramentos, algunos elementos o son ignorados o no son considerados de manera suficiente, sobre todo en lo referente a la Santísima Eucaristía. Acerca de la presencia real de Cristo bajo las especies de pan y de vino no faltan los que tratan la cuestión favoreciendo un simbolismo exagerado, como si el pan y el vino no se convirtieran por la transustanciación en el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, sino meramente pasaran a significar otra cosa. Hay también quienes, respecto a la Misa, insisten más de la cuenta en el concepto de banquete (ágape), antes que en la idea de Sacrificio.

7. Algunos prefieren explicar el sacramento de la Penitencia como el medio de reconciliación con la Iglesia, sin expresar de manera suficiente la reconciliación con el mismo Dios ofendido. Pretenden que para celebrar este sacramento no es necesaria la confesión personal de los pecados, sino que sólo procuran expresar la función social de reconciliación con la Iglesia.

8. No faltan quienes desprecian la doctrina del Concilio de Trento sobre el pecado original, o la explican de tal manera que la culpa original de Adán y la transmisión del pecado al menos quedan oscurecidas.

9. Tampoco son menores los errores en el ámbito de la teología moral. No pocos se atreven a rechazar la razón objetiva de la moralidad; otros no aceptan la ley natural, sino que afirman la legitimidad de la denominada moral de situación. Se propagan opiniones perniciosas acerca de la moralidad y la responsabilidad en materia sexual y matrimonial.

10. A todo esto hay que añadir alguna cuestión sobre el ecumenismo. La Sede Apostólica alaba a aquellos que, conforme al espíritu del decreto conciliar sobre el ecumenismo, promueven iniciativas para fomentar la caridad con los hermanos separados, y atraerlos a la unidad de la Iglesia, pero lamenta que algunos interpreten a su modo el decreto conciliar, y se empeñen en una acción ecuménica que, opuesta a la verdad de la fe y a la unidad de la Iglesia, favorece un peligroso irenismo e indiferentismo, que es completamente ajeno a la mente del Concilio.

Este tipo de errores y peligros, que van esparciendo aquí y allá, se muestran como en un sumario o síntesis recogida en esta carta a los Ordinarios del lugar, para que cada uno, conforme a su misión y obligación, trate de solucionarlos o prevenirlos.

Este Sagrado Dicasterio ruega insistentemente que los mismos Ordinarios de lugar, reunidos en las Conferencias Episcopales, traten de estas cuestiones y refieran oportunamente a la Santa Sede sus determinaciones antes de la fiesta de la Navidad de nuestro Señor Jesucristo del presente año. Esta carta, que evidentes motivos de prudencia impiden hacer pública, los Ordinarios y otros a los que éstos consideren oportuno comunicarla, deben mantenerla en estricto secreto.

Roma, 24 de julio de 1966.

Alfredo Card. Ottaviani

www.vatican.va

 

Monseñor Marcel Lefebvre.

CARTA DE MONSEÑOR LEFEBVRE AL CARDENAL OTTAVIANI

Roma, 20 de diciembre de 1966

Eminencia Reverendísima:

Su carta del 24 de julio, referente al cuestionamiento de ciertas verdades, ha sido comunicada por oficio de nuestro Secretariado a todos nuestros Superiores mayores.

Nos llegaron pocas respuestas. Las que proceden de África no niegan que actualmente reina una gran confusión en los espíritus. Si esas verdades no parecen cuestionadas, en la práctica, sin embargo, se asiste a una disminución de fervor y de regularidad en la recepción de los sacramentos, sobre todo del sacramento de la penitencia. Se advierte un respeto cada vez menor hacia la Sagrada Eucaristía, sobre todo de parte de los sacerdotes, y una penuria de vocaciones sacerdotales en las misiones de lengua francesa; las de lengua inglesa y portuguesa están menos afectadas por el espíritu nuevo, pero las revistas y diarios ya difunden las teorías más avanzadas.

Parece que la causa del pequeño número de respuestas recibidas proviene de la dificultad en captar esos errores, difundidos por todas partes; el mal se halla, sobre todo, en una literatura que siembra la confusión en los espíritus mediante descripciones ambiguas, equívocas, y debajo de las cuales se descubre una nueva religión.

Creo tener el deber de expresaros con toda claridad lo que surge de mis conversaciones con numerosos obispos, sacerdotes, laicos de Europa y de África, que es lo que también deduzco de mis lecturas en países de lengua inglesa y francesa.

Con gusto seguiría el orden de verdades enunciadas en su carta, pero me atrevo a afirmar que el mal actual me parece mucho más grave que la simple negación o cuestionamiento de una verdad de nuestra fe. Se manifiesta en nuestros días por una confusión extrema de las ideas, por la desintegración de las institucio­nes de la Iglesia, instituciones religiosas, seminarios, escuelas católicas; en definitiva, de lo que ha sido el sostén permanente de la Iglesia, y que no es más que la continuación lógica de las herejías y los errores que minan a la Iglesia en los últimos siglos, especialmente desde el liberalismo del último siglo, que se esforzó por conciliar a cualquier precio la Iglesia con las ideas que han ido a parar en la Revolución.

La Iglesia ha progresado en la medida en que se opuso a esas ideas contrarias a la sana filosofía y a la teología; por el contrario, cualquier compromiso con esas ideas subversivas ha provocado una reducción de la Iglesia al derecho común y el riesgo de hacerla esclava de las sociedades civiles.

Por otra parte, cada vez que grupos de católicos se dejaron atraer por esos mitos, los Papas, valientemente, los llamaron al orden, los instruyeron y, si era necesario, los condenaron. El liberalismo católico está condenado por Pío IX, el modernismo por León XIII, el movimiento Le Sillon por san Pío X, el comunismo por Pío XI, el neomodernismo por Pío XII.

Gracias a esta admirable vigilancia, la Iglesia se consolida y desarrolla. Las conversiones de paganos y protestantes son muy numerosas; la herejía está en completa retirada y los Estados aceptan una legislación más católica.

No obstante, algunos grupos de religiosos imbuidos de esas falsas ideas están logrando difundirlas en la Acción Católica y en los seminarios, favorecidos por cierta indulgencia de los obispos y la tolerancia de algunos dicasterios romanos. Luego sucederá que de entre estos sacerdotes se elegirá a los obispos.

Es aquí donde aparece entonces el Concilio, que se aprestaba, por medio de las comisiones preparatorias, a proclamar la verdad frente a esos errores para hacerlos desaparecer por mucho tiempo del seno de la Iglesia. Hubiera sido el fin del protestantismo y el comienzo de una nueva era fecunda para la Iglesia.

Ahora bien, esta preparación fue odiosamente rechazada para dar lugar a la tragedia más grave que jamás haya sufrido la Iglesia. Hemos asistido a la unión de la Iglesia con las ideas liberales. Sería negar la evidencia y taparse los ojos no afirmar con vigor que el Concilio ha permitido que aquellos que profesan esos errores y tendencias condenados por los Papas, citados anteriormente, crean legítimamente que sus doctrinas quedaban en adelante aprobadas.

El Concilio se preparaba para ser un faro luminoso en el mundo de hoy, supuesto que se hubiesen utilizado los textos preconciliares en los que se encontraba una profesión solemne de doctrina segura respecto a los problemas modernos; en cambio, desgraciadamente se puede y debe afirmar:

Que, de manera casi general, cuando el Concilio ha innovado, ha conmovido la certeza de las verdades enseñadas por el Magisterio auténtico de la Iglesia como definitivamente incorporadas al tesoro de la Tradición.

Ya se trate de la transmisión de la jurisdicción de los obispos, de las dos fuentes de la Revelación, de la inspiración de la Escritura, de la necesidad de la gracia para la justificación, de la necesidad del bautismo católico, de la vida de la gracia en los herejes, cismáticos y paganos, de los fines del matrimonio, de la libertad religiosa, de los fines últimos, etc... Sobre estos puntos fundamentales la doctrina tradicional era clara y se enseñaba unánimemente en las universidades católicas. Por el contrario, mu­chos textos del Concilio sobre estas verdades permiten que de ahora en más se dude de ellas.

Las consecuencias fueron rápidamente sacadas y aplicadas a la vida de la Iglesia:

Las dudas sobre la necesidad de la Iglesia y de los sacramentos conllevan la desaparición de las vocaciones sacerdotales.
Las dudas sobre la necesidad y la naturaleza de la "conversión" de todas las almas traen consigo la desaparición de las vocaciones religiosas, la ruina de la espiritualidad tradicional en los noviciados y la inutilidad de las misiones.
Las dudas sobre la legitimidad de la autoridad y la exigencia de la obediencia provocadas por la exaltación de la dignidad humana, de la autonomía de la conciencia y de la libertad, conmueven todas las sociedades, comenzando por la Iglesia, las sociedades religiosas, las diócesis, la sociedad civil y la familia.

El orgullo tiene como consecuencia normal todas las concupiscencias de los ojos y de la carne. El grado de decadencia moral al que ha llegado la mayoría de las publicaciones católicas es quizá una de las comprobaciones más horribles de nuestra época. En ellas se habla sin ningún rubor de la sexualidad, de la limitación de los nacimientos por todos los medios, de la legitimidad del divorcio, de la educación mixta, del coqueteo inmoral, de los bailes como medio necesario para la educación cristiana, del celibato de los sacerdotes, etc.

Las dudas sobre la necesidad de la gracia para poder salvarse provocan la desestima del bautismo, en adelante diferido para más tarde, y el abandono del sacramento de la penitencia. Por otra parte, se trata sobre todo de una actitud de los sacerdotes y no de los fieles. Sucede lo mismo con la presencia real: son los sacerdotes los que actúan como si ya no creyeran, escondiendo la Sagrada Reserva, suprimiendo todos los signos de respeto hacia el Santísimo Sacramento y todas las ceremo­nias en su honor.
Las dudas sobre la necesidad de la Iglesia, fuente única de salvación, sobre la Iglesia católica, única religión verdadera, provenientes de las declaraciones sobre el ecumenismo y la libertad religiosa, destruyen la autoridad del Magisterio de la Iglesia. En efecto, Roma no es ya la “Magistra Veritatis” única y necesaria.

Es necesario, pues, compelidos por los hechos, concluir que el Concilio ha favorecido de una manera inconcebible la difusión de errores liberales. La fe, la moral y la disciplina eclesiástica han sido conmovidas en sus fundamentos, según las predicciones de todos los Papas.

La destrucción de la Iglesia avanza rápidamente. Por una autoridad excesiva atribuida a las conferencias episcopales, el Sumo Pontífice ha perdido toda la suya. ¡Cuántos ejemplos dolorosos en un solo año! No obstante, el sucesor de Pedro es el único que puede salvar a la Iglesia.

Que el Santo Padre se rodee de vigorosos defensores de la fe, que los designe en las diócesis importantes. Que mediante documentos importantes se digne proclamar la verdad, perseguir el error, sin miedo a las contradicciones, sin miedo a los cismas, sin miedo a poner en tela de juicio las disposiciones pastorales del Concilio.

Que el Santo Padre se digne: animar a los obispos a enderezar la fe y las costumbres individualmente, cada uno en su diócesis respectiva, como conviene a todo buen pastor; sostener a los obispos valientes, incitarlos a reformar sus seminarios, a restaurar en ellos los estudios conforme a Santo Tomás; animar a los superiores generales a mantener en los noviciados y las comunidades los principios fundamentales de toda ascesis cristiana, sobre todo la obediencia; estimular el desarrollo de los colegios católicos, la prensa de sana doctrina, las asociaciones de familias cristianas; en fin, reprimir a los fautores de errores y reducirlos a silencio. Las alocuciones de los miércoles no pueden reemplazar a las encíclicas, las pastorales, las cartas a los obispos.

¡Sin duda pareceré temerario al expresarme de esta manera! Pero escribo estas líneas con un amor ardiente, amor a la gloria de Dios, amor a Jesucristo, amor a María, a su Iglesia, al sucesor de Pedro, obispo de Roma, vicario de Jesucristo.

Dígnese el Espíritu Santo, a quien está consagrada nuestra congregación, venir en ayuda del Pastor de la Iglesia universal.

Que Su Eminencia se digne admitir mi muy respetuoso y seguro afecto en nuestro Señor.

+ Marcel Lefebvre

Arzobispo titular de Synnada in Phrygia

Superior General de la Congregación del Espíritu Santo

Scambio di corrispondenza tra il Cardinal Ottaviani e Monsignor Lefebvre (1966)

An exchange of letters between Cardinal Ottaviani and Archbishop Lefebvre in 1966

Echange de correspondance entre le cardinal Ottaviani et Mgr Lefebvre (1966)

Briefwechsel zwischen Kardinal Ottaviani und Erzbischof Lefebvre (1966)