La crisis en la Iglesia: raíces y remedios

Junio 23, 2018
Origen: fsspx.news
Monseñor Fellay.

Mensaje de Monseñor Fellay, Superior general de la Fraternidad San Pío X, en la jornada de estudio sobre «las raíces de la crisis en la Iglesia», Roma, 23 de junio de 2018.

Esta jornada de estudio es muy útil, porque hoy en día resulta más que necesario remontarse a las raíces de la crisis de la Iglesia. El pasado mes de septiembre, cuando se publicó la Correctio filialis que yo firmé, deseaba que “se amplifique el debate sobre estos temas mayores, de modo que se restablezca la verdad y se condene el error” (FSSPX.News 26/09/17), es decir, que adhiero plenamente al objetivo que ustedes se han propuesto: “La condición necesaria para el renacimiento de la Iglesia consiste en rechazar esos errores y, con la ayuda divina, volver a la Verdad católica completa y vivida” (Presentación del congreso del 23 de junio de 2018).

Correspondencia entre el Cardenal Ottaviani y Mons. Lefebvre

Lo que están haciendo ustedes ahora sigue la línea de un intercambio de correspondencia poco conocido entre el Cardenal Ottaviani y Mons. Lefebvre, que puede proporcionarnos un valioso esclarecimiento. Este intercambio tuvo lugar un año después del final del Concilio, en 1966.

El 24 de julio de 1966, el Cardenal Alfredo Ottaviani, que entonces era el Pro-prefecto de la Congregación para la doctrina de la Fe, mandó a los obispos una carta en la que señalaba 10 errores que se habían manifestado después del Concilio Vaticano II. En ella podemos leer las siguientes afirmaciones, cuya actualidad, después de más de 50 años, permanece intacta:

“Algunos casi no reconocen la verdad objetiva, absoluta, firme e inmutable, y someten todo a cierto relativismo, y esto conforme a esa razón entenebrecida según la cual la verdad sigue necesariamente el ritmo de la evolución de la conciencia y de la historia” (n° 4).

“Tampoco son menores los errores en el ámbito de la teología moral. No pocos se atreven a rechazar la razón objetiva de la moralidad; otros no aceptan la ley natural, sino que afirman la legitimidad de la denominada moral de situación. Se propagan opiniones perniciosas acerca de la moralidad y la responsabilidad en materia sexual y matrimonial” (n° 9).

Carta del cardenal Ottaviani 

Las raíces de la crisis en la Iglesia son el cuestionamiento de “la verdad objetiva y absoluta” y de “la regla objetiva de la moralidad”, la promoción de un “relativismo” y la legitimización de “la moral de situación”.

El 20 de diciembre de 1966 Mons. Marcel Lefebvre, que era entonces Superior general de los Padres del Espíritu Santo, respondió al Cardenal Ottaviani con una lista de dudas. Tales dubia no eran suyas, sino las que veía que se estaban introduciendo en la enseñanza oficial siguiendo al Concilio: “Ya se trate de

- de la transmisión de la jurisdicción de los obispos,
- de las dos fuentes de la Revelación,
- de la inspiración de la Escritura,
- de la necesidad de la gracia para la justificación,
- de la necesidad del bautismo católico,
- de la vida de la gracia en los herejes, cismáticos y paganos,
- de los fines del matrimonio,
- de la libertad religiosa,
- de los fines últimos, etc.

Sobre estos puntos fundamentales la doctrina tradicional era clara y se enseñaba unánimemente en las universidades católicas. Por el contrario, muchos textos del Concilio sobre estas verdades permiten que de ahora en más se dude de ellas”.

Sobre el tema de esta claridad de la doctrina tradicional enturbiada a partir de Concilio, la confesión –24 años después– del P. Peter Henrici s.j., en su artículo “La maduración de Concilio” (en Communio n° 92, nov.-dic. 1990, pág. 85 y ss.), confirma lo bien fundada que estaba la inquietud de Mons. Lefebvre. En efecto, el teólogo suizo no duda en ver en el Concilio “el enfrentamiento de dos tradiciones diferentes de la doctrina católica, que, en el fondo, ¡no podían entenderse mutuamente!”

Consecuencias prácticas de algunas dudas y errores

Pero Mons. Lefebvre no se contentaba con enunciar y denunciar las dudas que acababan de aparecer, sino que agregaba lo siguiente al Cardenal Ottaviani: “Las consecuencias fueron rápidamente sacadas y aplicadas a la vida de la Iglesia”. Y bajo la pluma de Mons. Lefebvre seguían entonces las consecuencias prácticas y pastorales de aquellas dudas:

- Las dudas sobre la necesidad de la Iglesia y de los sacramentos conllevan la desaparición de las vocaciones sacerdotales.
- Las dudas sobre la necesidad y la naturaleza de la “conversión” de todas las almas traen consigo la desaparición de las vocaciones religiosas, la ruina de la espiritualidad tradicional en los noviciados y la inutilidad de las misiones.
- Las dudas sobre la legitimidad de la autoridad y la exigencia de la obediencia provocadas por la exaltación de la dignidad humana, de la autonomía de la conciencia y de la libertad, conmueven todas las sociedades, comenzando por la Iglesia, las sociedades religiosas, las diócesis, la sociedad civil y la familia. (...)
- Las dudas sobre la necesidad de la gracia para poder salvarse provocan la desestima del bautismo, en adelante diferido para más tarde, y el abandono del sacramento de la penitencia. (...)
- Las dudas sobre la necesidad de la Iglesia, fuente única de salvación, sobre la Iglesia católica, única religión verdadera, provenientes de las declaraciones sobre el ecumenismo y la libertad religiosa, destruyen la autoridad del Magisterio de la Iglesia. En efecto, Roma no es ya la “Magistra Veritatis” única y necesaria. 

Contesta al cardenal Ottaviani  

Propuestas de remedios concretos

Ante estos males, Mons. Lefebvre proponía respetuosamente, a la atención del Sumo Pontífice, estos remedios concretos: “Que el Santo Padre (…) mediante documentos importantes, se digne proclamar la verdad, perseguir el error, sin miedo a las contradicciones, sin miedo a los cismas, sin miedo a poner en tela de juicio las disposiciones pastorales del Concilio”.

Le pedía al Papa que apoyara eficazmente a los obispos fieles: “Que el Santo Padre se digne:

- animar a los obispos a enderezar la fe y las costumbres individualmente, cada uno en su diócesis respectiva, como conviene a todo buen pastor;
- sostener a los obispos valientes, incitarlos a reformar sus seminarios, a restaurar en ellos los estudios conforme a Santo Tomás;
- animar a los superiores generales a mantener en los noviciados y las comunidades los principios fundamentales de toda ascesis cristiana, sobre todo la obediencia;
- estimular el desarrollo de los colegios católicos,
- la prensa de sana doctrina,
- las asociaciones de familias cristianas;
- en fin, reprimir a los fautores de errores y reducirlos a silencio”.

Desde su humilde nivel, Mons. Lefebvre procuró poner en práctica tales remedios en la Fraternidad San Pío X, que fundó en 1970: enseñanza tomista en los seminarios, ascesis cristiana y obediencia inculcadas a los seminaristas; y alrededor de los prioratos: escuelas católicas, prensa católica y asociaciones de familias cristianas.

Esta aplicación práctica resulta esencial para el fundador de la Fraternidad: hacer lo que es posible en su lugar, con las gracias de su estado, pero sin olvidar nunca –como le escribía al Cardenal Ottaviani– que “el sucesor de Pedro es el único que puede salvar a la Iglesia”.

De lo exclusivo a lo inclusivo... y de vuelta

Cabe añadir aquí que a los ojos de Mons. Lefebvre esta aplicación práctica constituye un eficaz remedio contra el relativismo. Él quiere responder en el plano doctrinal, pero también en el plano pastoral, porque es consciente de la dimensión ideológica de las novedades postconciliares. En efecto, no puede responderse de modo puramente especulativo a una ideología, ya que ésta verá en tal respuesta tan solo una ideología contraria, y no lo contrario de una ideología. Tal es el modo de razonamiento de este relativismo subjetivista que diluye “la verdad objetiva y absoluta” y “la regla objetiva de la moralidad”.

De hecho, las “dudas” denunciadas más arriba traen como consecuencia el cuestionamiento de lo esencial, es decir, de la misión salvífica de la Iglesia mediante la promoción de este “cristianismo secundario” que Romano Amerio ha analizado tan bien. Perdiendo de vista lo esencial se obscurece la enseñanza doctrinal y moral que hasta entonces estaba clara. Cuando la misión salvífica de la Iglesia ya no es lo central y prioritario, no queda nada jerarquizado ni armoniosamente estructurado, y se tiende a justificar las contradicciones e incoherencias, ¡que son mucho más que simples “dudas”!

En consecuencia, se va a procurar que lo que en boca de nuestro Señor era algo exclusivo: una u otra cosa (“Nadie puede servir a dos señores, pues, o bien, aborreciendo al uno, amará al otro, o bien, adhiriéndose al uno, menospreciará al otro”, Mt 6, 24), se vuelva conciliable o inclusivo, como se dice ahora. Se reemplaza el o uno u otro por la fórmula uno y otro, “donde se combinan el cielo y el mundo, en un compuesto cuya parte predominante y característica es el mundo” (Romano Amerio, Iota unum, Estudio sobre las transformaciones en la Iglesia en el siglo XX, Salamanca, 1994, p. 347). – Y esto en nombre de una “misericordia pastoral”, que abarca tanto la inmigración, como los derechos del hombre y la ecología…

Esta es la razón por la que Mons. Lefebvre insistió tanto en que se le concediera a la Fraternidad San Pío X una libertad completa para “hacer la experiencia de la Tradición”. Ante la ideología relativista y sus consecuencias esterilizantes para la Iglesia (disminución de las vocaciones, práctica religiosa en constante caída…), él sabía que había que oponer experimentalmente los frutos de la Tradición bimilenaria. Deseaba que este regreso a la Tradición permitiera que un día la Iglesia volviera a apropiarse de ella. Remontarse a las raíces de la crisis es –al mismo tiempo– remontarse a la Tradición: ir de los efectos de las causas, y de los frutos al árbol, a lo cual nos invita nuestro Señor. Y en ese punto, no hay ideología que resista, pues los hechos y las cifras no son “tradicionalistas” y menos aún “lefebvristas”, sino que son buenos o malos, como el árbol que los produce.

Que a partir de esta experiencia modesta pero irrefutable, la Iglesia pueda volver a apropiarse de su Tradición, es la finalidad de Mons. Lefebvre y de su obra. En cuanto a nosotros, no podemos sino hacer nuestra la conclusión de su carta al Cardenal Ottaviani: “¡Sin duda pareceré temerario al expresarme de esta manera! Pero escribo estas líneas con un amor ardiente, amor a la gloria de Dios, amor a Jesucristo, amor a María, a su Iglesia, al sucesor de Pedro, obispo de Roma, vicario de Jesucristo”.