¿La misa de San Pablo VI?

Noviembre 12, 2018
Origen: fsspx.news
La canonización de Pablo VI quisiera hacernos creer que es el santo Papa de la santa misa de un santo concilio

El 14 de octubre de 2018, el Papa Francisco "canonizó" oficialmente a su predecesor, el Papa Pablo VI, quien gobernó la Iglesia de 1963 a 1978.

Con esta nueva canonización, Pablo VI se une a Juan XXIII y Juan Pablo II para elevar a Vaticano II y su nueva religión a los altares: un vago humanismo nacido del deseo de conciliar con el mundo adoptando su lenguaje y sus valores.

¿Vaticano II más importante que Nicea?

Ya Pablo VI había afirmado, en una carta dirigida a Monseñor Marcel Lefebvre el 29 de junio de 1975, que el Concilio Vaticano II "goza de la misma autoridad e incluso, en algunos aspectos, es más importante que el de Nicea". No sabemos qué aspectos convierten a Vaticano II en un Concilio tan importante, o incluso más que el de Nicea, ¡el primer concilio ecuménico en la historia de la Iglesia que proclamó la divinidad de Cristo, anatematizó la herejía de Arrio y fijó la parte fundamental del Credo!

Esta actitud de Pablo VI, que pretendía imponer de manera autoritaria un Concilio que quería ser pastoral y no doctrinal, parecía abusiva. Incluso el cardenal Jean-Marie Villot, entonces Secretario de Estado, que leyó la carta dirigida a Monseñor Lefebvre antes de ser enviada, criticó esta comparación tan atrevida, por decir lo menos. Pero Pablo VI insistió enérgicamente en ello, y mantuvo esta actitud.

El papa Montini tenía toda la intención de lograr la sumisión del "obispo de hierro" a los textos de Vaticano II y a sus reformas, sin importar sus objeciones, por graves y fundamentadas que fueran. Pablo VI, quien desde su primera encíclica se presentó como el Papa del diálogo con el mundo, obviamente no tenía la menor intención de dialogar con uno de sus hermanos en el episcopado antes de que éste último le demostrara su total sumisión. La apertura unilateral al mundo significaba caminar en la "dirección de la historia" y del progresismo.

El 24 de mayo de 1976, frente a los cardenales reunidos en Consistorio, Pablo VI denunció por su nombre la actitud de Monseñor Lefebvre y de los grupos tradicionalistas. En particular, exigió que la nueva misa se celebrara en todas partes: "Es en nombre de la Tradición que pedimos a todos nuestros hijos, a todas las comunidades católicas, que celebren, con dignidad y fervor, la liturgia renovada. La adopción del nuevo Ordo Missae no se deja en absoluto al libre albedrío de los sacerdotes o los fieles". La razón de esto era que "el nuevo Ordo fue promulgado para reemplazar al antiguo, después de una cuidadosa reflexión, y siguiendo las instancias del Concilio Vaticano II. Así fue como nuestro santo predecesor Pío V volvió obligatorio el misal reformado bajo su autoridad, en respuesta al Concilio de Trento. Con la misma autoridad suprema que nos viene de Cristo Jesús, exigimos la misma disposición para todas las demás reformas litúrgicas, disciplinarias y pastorales, maduradas en los últimos años en aplicación de los decretos conciliares". Cuarenta años más tarde, correspondió al Papa Benedicto XVI, el 7 de julio de 2007, proclamar que la ley litúrgica de 1962 y, por lo tanto, la Misa de San Pío V, nunca había sido derogada, reconociendo indirectamente el abuso de poder del que fueron víctimas Monseñor Lefebvre y todos aquellos que se mantuvieron firmemente adheridos a la misa de todos los tiempos. A pesar de la promulgación a perpetuidad del rito tridentino por la bula Quo primum tempore del 14 de julio de 1570...

Un año después de haber afirmado que Vaticano II tenía la misma autoridad que el Concilio de Nicea —o incluso más "en algunos aspectos"— el Papa invocó el Concilio de Trento y la reforma de San Pío V a raíz de lo que pretendía introducir.

¿La nueva misa como consecuencia de la reforma tridentina?

El Concilio de Trento (1545-1563) fue un concilio dogmático y disciplinario que llevó a cabo la reforma que toda la cristiandad esperaba. Su implementación fue fructífera, ya que condujo a una profunda renovación y una reconquista duradera de la vida católica, tanto espiritual como social.

La reforma tridentina queda completamente ilustrada por la llamada Misa de San Pío V. Lejos de ser una invención, se trata de una codificación, que libera a la liturgia de adiciones extrañas para restaurar el rito a su autenticidad y santidad.

Los frutos que derivaron de esto para toda la Iglesia son innumerables. La formación sacerdotal se galvanizó, se crearon los seminarios y las ciencias sagradas experimentaron una amplia renovación. Los nombres de San Carlos Borromeo y San Roberto Belarmino son inseparables de este nuevo impulso, junto con los de San Pío V o Sixto V.

Paralelamente, en la vida cristiana, la renovación de la vida sacerdotal y religiosa corrió a cargo de San Ignacio, San Pedro de Alcántara, Santa Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz, pero también de San Juan de Dios, San Camilo de Lellis, San Francisco de Borja, San Felipe Néri y, posteriormente, San Francisco de Sales o San Vicente de Paúl en el siglo siguiente.

Afirmar que el rito reformado que Pablo VI promulgó en 1969, a pesar de las sabias y graves advertencias de los cardenales Ottaviani y Bacci (por ejemplo), forma parte de un enfoque similar al de un San Pío V, es una declaración bastante atrevida, por decir lo menos...

Pablo VI el "profeta de una Iglesia abierta"

¿Pablo VI, un nuevo San Pío V de los tiempos modernos?

Esta actitud es sumamente significativa. Se asemeja a una loca carrera hacia adelante, una negativa a ver la realidad de frente y los frutos que la nueva misa difundió en todas partes: crisis de vocaciones, crisis de sacerdotes que abandonan el sacerdocio por miles, crisis de fe y del catecismo, colapso de la práctica religiosa que ve a las iglesias vaciarse al capricho de las experiencias litúrgicas, abusos de todo tipo, creatividad y vulgaridad que invaden el templo de Dios.

Así como Pablo VI invocó la autoridad de Nicea, la referencia a Trento y a San Pío V respecto a la liturgia fue un indicio de que sería, especialmente en este asunto, intransigente e inflexible. Cuando su amigo Jean Guitton le sugirió tomar algunas medidas de apaciguamiento, y autorizar, al menos temporalmente, que la misa tradicional se celebrara en Francia, exclamó: "¡Eso, jamás!" La sola mención del nombre de Monseñor Lefebvre parecía enfurecerlo: "Es un soldado perdido. Debería estar en un hospital psiquiátrico. Es la plaga de mi pontificado", confesó al académico francés. Este artículo está inspirado en gran medida en el libro de Yves Chiron, Pablo VI, el Papa Despedazado, Perrin, 1993, cap. 10. Publicado nuevamente en 2008 en Via Romana.

Cuando el Papa Francisco, en su homilía del 14 de octubre, presentó a Pablo VI como el "profeta de una Iglesia abierta que mira a aquellos que están lejos y cuida de los pobres", omitió especificar que esta apertura no se extendió a los católicos fieles ni a su principal defensor.

Incluso Hans Küng lamentaba la actitud inflexible de Pablo VI hacia Monseñor Lefebvre, cuando él mismo gozaba de su protección, a pesar de sus posiciones heterodoxas. Jean Guitton, quien visitó nuevamente a Pablo VI en septiembre de 1977, se encontró con un Papa triste y preocupado, casi atormentado. Guitton se expresó así sobre su amigo: "Pablo VI no fue hecho para ser Papa. Fue hecho para ser secretario, el colaborador de un gran Papa. No tiene aquello que es esencial en un Papa, la decisión, la energía de la decisión".

Una conclusión lógica

Finalmente, la canonización de Pablo VI quisiera hacernos creer que fue el santo Papa de la santa misa de un santo concilio.

Para apoyar esta tesis, Pablo VI comparó "su" concilio con el de Nicea y "su" reforma litúrgica con la de Trento. Sin embargo, el Concilio Vaticano II, el concilio pastoral, no puede reclamar la misma autoridad que el santo concilio de Nicea y, por lo tanto, ser comparado con él. En cuanto a la reforma litúrgica de Annibale Bugnini, no tiene nada que ver con la Misa de San Pío V que edificó, después del santo concilio de Trento, un baluarte inexpugnable contra la herejía protestante y contra cualquier violación de la santidad del rito católico.

En cuanto al Papa mismo, que sufrió y fue aplastado por la carga que pesaba sobre sus hombros, no debemos olvidar cuánto hizo sufrir a los católicos al demoler la Iglesia, arrastrado por la devastadora corriente del Concilio y su frenesí de novedad. Sus propias palabras sobre la autodemolición de la Iglesia y los humos de Satanás esparcidos en el santuario no fueron suficientes para detener el desastre.

La conclusión se desprende de esto lógicamente.

Padre Christian Thouvenot