¿Qué piensa la Iglesia de la reencarnación? (3)

Julio 19, 2021
Origen: fsspx.news

La reencarnación parece seducir cada vez a más de nuestros contemporáneos. Ejerce una verdadera fuerza de seducción sobre las mentalidades occidentales. Después de una presentación general en el primer artículo, el segundo habló acerca de los juicios de la Iglesia sobre esta creencia.

Después de los juicios de la Iglesia, quedan por examinar los diversos puntos de conflicto entre la metempsicosis y el dogma católico. Esta teoría por sí sola contradice muchos de los artículos de la fe.

El juicio particular

Robert Laffont, director de la editorial que lleva su nombre, expresó su creencia en la metempsicosis en los siguientes términos: "La reencarnación es la posibilidad de tener otras oportunidades. Esta larga búsqueda para ascender hacia algo mejor me parece filosóficamente la solución más justa. Esta solución se ajusta mejor a mi noción de la otra vida1".

"La posibilidad de tener otras oportunidades": esta expresión es una admisión. Manifiesta uno de los elementos fundamentales de esta doctrina: el rechazo de un juicio inmediato y definitivo después de la muerte, el deseo secreto de posponer, para siempre, ese instante en que aparecerá a plena luz la responsabilidad de nuestros actos y la malicia de nuestros pecados, y en el que Dios pronunciará con toda justicia una sentencia irreversible sobre nosotros.

Ahora bien, esta huida del juicio contradice la revelación. San Pablo dice claramente en la epístola a los hebreos: "El destino del hombre es morir una sola vez, y después viene el juicio2".

El comentario de la edición de Pirot y Clamer es elocuente: "Lo que confirma el carácter definitivo de la muerte, es que es sucedida por el juicio que fija el destino del hombre para siempre. El pensamiento es que en la muerte todo se acaba y que no queda nada más que la espera del juicio, la sanción suprema de la vida3".

Numerosos documentos del magisterio confirman esta doctrina. El Segundo Concilio de Lyon (1274) enseña que las almas que no han satisfecho debidamente por sus faltas son purificadas después de la muerte, "post mortem purgari".

Los santos, por su parte, son inmediatamente recibidos en el cielo, "mox in coelum recipi", los que mueren en estado de pecado mortal son inmediatamente arrojados al infierno, "mox in infernum descendere". El Papa Benedicto XII usa las mismas expresiones en su constitución Benedictus Deus del 29 de enero de 1336, así como el Concilio de Florencia de 1439.

El Catecismo del Concilio de Trento pone esta enseñanza al alcance de todos: "El primer juicio llega en el momento en que acabamos de dejar la vida. En este mismo momento, cada uno se presenta ante el tribunal de Dios, y allí es sujeto a un riguroso examen de todo lo que hizo, todo lo que dijo, todo lo que pensó durante su vida. A esto se le llama juicio particular4".

Por consiguiente, la teoría de la reencarnación se presenta como un vano intento del hombre por evitar lo inevitable, un refugio para ocultar la verdad de este juicio inexorable, término de toda vida humana.

El purgatorio

"Acepto este dogma del juicio particular", responderá un partidario de la metempsicosis, "pero, precisamente, la sanción es este ciclo de renacimientos que profeso. La sucesión de vidas terrenales no es más que la expiación de los pecados pasados".

En otras palabras, si bien admite la existencia del juicio tras la muerte, niega la sentencia, a saber, el purgatorio. En efecto, la doctrina católica enseña que después de la muerte el alma está permanentemente fijada, ya sea en el bien, o en el odio del bien. Entonces ya no es momento de una conversión, o de las posibles variaciones de la vida aquí en la tierra.

Además, los sufrimientos del purgatorio son realmente la expiación de las faltas pasadas, pero no son meritorios. No obtienen gracias adicionales para el alma.

Sin embargo, la existencia del purgatorio está firmemente atestiguada por la Sagrada Escritura y la Tradición. Desde el siglo II a. C., Judas Macabeo mandó hacer una colecta para poder ofrecer sacrificios en el templo de Jerusalén por los pecados de los que habían muerto en batalla.

El segundo libro de los Macabeos comenta esta iniciativa de la siguiente manera: "¡Hermosa y noble acción inspirada por el pensamiento de la resurrección! Porque si no hubiera creído que los soldados muertos en batalla debían resucitar, habría sido superfluo e inútil orar por los muertos. Y porque consideraba que a los que habían muerto después de una vida piadosa, les estaba reservada una grande misericordia. Por tanto, hizo este sacrificio expiatorio por los muertos, para que fueran librados de sus pecados" (2 M 12, 43-46).

La Escritura, divinamente inspirada, afirma, por tanto, que hay un estado doloroso del que es necesario ser liberado, que será temporal, puesto que es seguido de una "bella recompensa" y del que se puede ser liberado por la oración y los sacrificios de los vivos.

San Roberto Belarmino, nombra nueve textos del Nuevo Testamento que prueban, al menos indirectamente, la existencia del purgatorio. Además, la existencia de la expiación después de la muerte está suficientemente fundada por la constante Tradición de la Iglesia.5

Clemente de Alejandría distinguió, entre los hombres, a los corregibles de los incorregibles. La primera categoría consiste en las almas de los pecadores que se reconciliaron con Dios en el momento de su muerte, pero que no tuvieron tiempo para hacer penitencia. Sobre estas almas, "la justicia de Dios se ejercerá con bondad, y su bondad se ejercerá según su justicia". Estos castigos, nos dice, son "necesarios para llegar a la morada reservada6". Por tanto, la bienaventuranza se obtiene después de un período de purificación.

Esta enseñanza fue desarrollada extensamente a partir del siglo IV por San Cirilo de Jerusalén, San Basilio y San Gregorio de Nazianze.

Otra fuente de la fe en el purgatorio es la práctica de la oración por los difuntos. Algunos textos apócrifos del Nuevo Testamento contienen testimonios interesantes. Los "Hechos de Pablo y Tecla" (160) cuentan que la reina Trifena oye, en un sueño, a su hija muerta pidiéndole que recurra a las oraciones de Tecla para lograr ser colocada entre los justos. Trifena se dirige a Tecla así: "Ora por mi hija, para que viva para la eternidad7".

El autor de Acta Joannis relata que el apóstol Juan fue a la tumba de una mujer cristiana, tres días después de su muerte, para celebrar allí el sacrificio de la misa8.

La antigua versión latina de la Didascalia (siglo III) es explícita: "En las conmemoraciones, reúnanse, lean las Sagradas Escrituras y ofrezcan oraciones a Dios; ofrezcan también la real eucaristía, que es la imagen del cuerpo real de Cristo, tanto en sus colectas como en el cementerio; y el pan puro que el fuego ha purificado y que la invocación santifica, ofrézcanlo mientras rezan por los muertos9".

Estas consideraciones no nos alejan de nuestro tema. Nos muestran que, lejos de ser una invención tardía de los teólogos, la doctrina del purgatorio forma parte del tesoro de la fe de siempre. Por lo tanto, está investida de la autoridad misma de Dios y relega al rango de fábulas las teorías de la metempsicosis sobre el más allá.

El infierno

Junto con la doctrina del purgatorio, la del infierno es desafiada por la metempsicosis. De hecho, la mayoría de sus versiones se originan en el optimismo. La vida humana no puede terminar en un fracaso. La cadena de vidas terrenales solo puede terminar en felicidad absoluta y eterna.

La existencia del infierno se enseña con demasiado énfasis en el Evangelio como para necesitar detenernos en este tema. La historia del rico epulón y el pobre Lázaro resume esta enseñanza: "También murió el rico, y fue sepultado. En el infierno, levantó los ojos, mientras estaba en los tormentos, y vio de lejos a Abrahán con Lázaro en su seno. Y exclamó: 'Padre Abrahán, apiádate de mí, y envía a Lázaro para que, mojando en el agua la punta de su dedo, refresque mi lengua, porque soy atormentado en esta llama'. Abrahán le respondió: 'Acuérdate, hijo, que tú recibiste tus bienes durante tu vida, y así también Lázaro los males. Ahora él es consolado aquí, y tú sufres. Entre nosotros y vosotros un gran abismo ha sido establecido, de suerte que los que quisiesen pasar de aquí a vosotros, no lo podrían; y de allí tampoco se puede pasar hacia nosotros'" (Lc 16, 19-31).

La resurrección de los cuerpos

Los cristianos cantan con orgullo en el Credo: et exspecto resurrectionem mortuorum, espero la resurrección de los muertos. Después de las vicisitudes de esta vida, más allá del desgarro de la muerte, esperan no solo la bienaventuranza del alma, sino también la del cuerpo. Al final de los tiempos, los cuerpos volverán a la vida, para una eternidad de felicidad o una eternidad de infelicidad.

Dios quiso enseñarnos esta verdad con particular solemnidad en la Sagrada Escritura10. San Pablo muestra el vínculo entre la resurrección de los hombres y la de Cristo. "Si se predica a Cristo como resucitado de entre los muertos ¿cómo es que algunos dicen entre vosotros que no hay resurrección de los muertos? Si es así que no hay resurrección de muertos, tampoco ha resucitado Cristo. Y si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe. Puesto que por un hombre vino la muerte, por un hombre viene también la resurrección de los muertos" (1 Cor 15, 12-21).

La tradición y el magisterio de la Iglesia retoman la misma enseñanza.

"Así que el ejemplo de nuestro Líder nos hace confesar que hay una verdadera resurrección de la carne para todos los muertos. No creemos que resucitamos en un cuerpo aéreo o en alguna otra especie de cuerpo, según las divagaciones de algunos, sino en este cuerpo con el que vivimos, existimos y nos movemos. Nuestro Señor y Salvador, habiendo proporcionado el modelo de esta santa resurrección, recuperó con su ascensión el trono paterno que su divinidad nunca había abandonado11".

Este dogma arroja una hermosa luz sobre el compuesto humano. Así como el cuerpo es el instrumento del alma en esta vida terrena, así será su compañero por la eternidad. La gloria que inundará las almas de los elegidos se reflejará en el cuerpo. Este último, habiendo luchado y sufrido por el alma, participará de su recompensa.

El que, por el contrario, fue cómplice de ella en el pecado, la seguirá en el castigo, "pues todos hemos de ser manifestados ante el tribunal de Cristo, a fin de que en el cuerpo reciba cada uno según lo bueno o lo malo que haya hecho" (2 Co 5,10).

¿Esto contradice la metempsicosis? Si, desde su creación hasta su entrada en la bienaventuranza, el alma debe pasar por varias vidas terrenales, si se une sucesivamente a varios cuerpos, ¿con cuál se reunirá en la resurrección? ¿Cuáles cuerpos serán asociados a la eternidad del alma, y cuáles serán rechazados? Solo resucitaría una minoría de los cuerpos humanos existentes.

Tal concepción se opone radicalmente a la revelación de la resurrección de todos los cuerpos, pero ¿no atenta también contra el deseo de inmortalidad presente en el corazón del hombre? ¿No es verdad que tenemos una sed de duración, no solo para nuestra alma, sino también para nuestro cuerpo? ¿No es la muerte una violencia contra nuestra naturaleza? Este cuerpo concreto con el que vivo, con el que pienso, con el que me comunico con los demás, ¿no es un amigo? Mejor aún, ¿no es él una parte necesaria de mí?

Como vemos, la doctrina de la reencarnación establece una rasgadura en el corazón mismo del ser humano. El cuerpo se separa del alma, se rebaja al rango de una prenda vieja que se tira después de ser usada, y permanecerá para siempre ajeno a la bienaventuranza del alma.

  • 1. Annick Lacroix, "¿Es posible la reencarnación?" Madame Figaro. El resto de la intervención no está exenta de polémica, lo dejamos al juicio de nuestros lectores. “Muchos de mis autores han analizado este problema y algunos han descubierto que tengo diversos orígenes extraordinarios. Una vez hice una sesión de ondas alfa. Solo vi hojas, así que pensé que era una ardilla. De repente, vi un resplandor y me transporté a un paisaje colorido, rodeado de gente vestida como en la Edad Media. Participé en la vida sin saber quién era yo entre ellos. La sesión se interrumpió y no he vuelto a retomarla desde entonces".
  • 2. « Statutum est hominibus semel mori, post hoc autem iudicium. » (He 9, 27)
  • 3. La Sainte Bible, Pirot et Clamer, Letouzey, Paris, 1938, t. 12, p. 340.
  • 4. Catecismo del Concilio de Trento, publicación de la revista Routes, París, 1969, p. 80.
  • 5. Los dos pasajes del Nuevo Testamento más usados ​​a favor del purgatorio son los de Mt. 12: 31-32. Y 1 Cor. 3, 11-15. "Nadie puede poner otro fundamento, fuera del ya puesto, que es Jesucristo. Si, empero, sobre este fundamento se edifica oro, plata, piedras preciosas, (o bien) madera, heno, paja, la obra de cada uno se hará manifiesta, porque el día la descubrirá, pues en fuego será revelado; y el fuego pondrá a prueba cuál sea la obra de cada uno. Si la obra que uno ha sobreedificado subsistiere, recibirá galardón; si la obra de uno fuere consumida, sufrirá daño; él mismo empero se salvará, mas como a través del fuego".
  • 6. DTC, « Purgatoire », col. 1193.
  • 7. DTC, « Purgatoire », col. 1197.
  • 8. Idem.
  • 9. Idem, col. 1198.
  • 10. El Catecismo del Concilio de Trento identifica dos pasajes del Antiguo Testamento para apoyar esta doctrina. "Veré a mi Dios desde mi carne" (Jb 19:26). "Los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para vida eterna, otros para ignominia y vergüenza eterna" (Dan 12, 2).
  • 11. XI Concilio de Toledo, 7 noviembre 675, F.C., n° 27.