¿Qué piensa la Iglesia de la reencarnación? (4)

Julio 24, 2021
Origen: fsspx.news
El tímpano de la Colegiata de San Vicente en Berna representa el Juicio Final

La reencarnación parece seducir cada vez a más de nuestros contemporáneos. Ejerce una verdadera fuerza de seducción sobre las mentalidades occidentales. Después de una presentación general en el primer artículo, el segundo habló acerca de los juicios de la Iglesia sobre esta creencia. El tercero y cuarto presentarán los puntos de conflicto entre la metempsicosis y el dogma católico.

En el tercer artículo, consideramos el juicio particular, el purgatorio, el infierno y la resurrección del cuerpo.

El sufrimiento de los justos

Albert Camus lanzó alguna vez este grito de rebelión: "Y me negaré hasta la muerte a amar esta creación donde los niños son torturados1".

Sus palabras expresan el escándalo que representa el sufrimiento de los justos para toda mente humana. Aceptamos con gusto que se castigue a un culpable, pero que sufra un inocente, eso es insoportable.

El hombre se escandaliza por el misterio del mal, apela a dioses tiranos o se lanza a una rebelión ciega, pero no encuentra salida.

En esta perspectiva se sitúa la metempsicosis. En lugar de rechazar un hecho universal, se busca interpretarlo: el malvado expía a través del sufrimiento sus faltas presentes; el justo, en cambio, paga la deuda acumulada en sus vidas anteriores.

Orígenes concluye así su intento de justificar la reencarnación: "Así, ni Dios es injusto, dando a cada cosa su lugar según sus méritos, ni los bienes o los males de la vida se distribuyen al azar2".

Las terribles consecuencias de esta mentalidad, especialmente en la India, solo pueden despertar sospechas. Un hombre así está enfermo, ¿de qué sirve curarlo? Es solo justicia, paga la deuda de sus faltas pasadas. Hay que aceptar el curso de las cosas sin cambiar nada. Conocemos ya los frutos de este fatalismo.

También encontramos una refutación relevante de esta justificación de la metempsicosis por razones de justicia en un autor del siglo V, Eneas de Gaza (450-520). ¿Los males de esta vida son las penas de las faltas de nuestras vidas anteriores? Pero un castigo solo puede cumplir su función si se refiere a una falta recordada.

"Cuando castigo a mi hijo o a mi sirviente, antes de infligirles el castigo, les repito varias veces por qué los estoy castigando y les recomiendo que lo recuerden para que no vuelvan a caer en la misma falta.

"Y Dios, que establece los últimos castigos contra las faltas, ¿no les diría a los que castiga el motivo por el cual los está castigando, sino que les quitaría el recuerdo de sus faltas al mismo tiempo que les da un sentimiento muy intenso de su pena?

"Entonces, ¿de qué servirían las penas si permitieran que se ignorara la falta?" Solo irritaría al culpable y lo conduciría a la demencia. ¿No tendría derecho a acusar a su juez, si fuera castigado sin tener conciencia de haber cometido la falta3?

Si bien pretendía resolver el problema del sufrimiento, la metempsicosis, como vemos, lo vuelve aún más oscuro e inaceptable. Además, esta falsa solución tiene un efecto todavía más desastroso: ataca directamente el misterio de la redención.

El sufrimiento, en efecto, es el fruto del pecado original que todo hombre hereda de generación en generación. Pero, por una sobreabundancia de amor, Dios quiso encarnarse, conocer el sufrimiento y la muerte, salir victorioso, santificarlos y hacerlos instrumentos de salvación. A través de la obra de la redención, el sufrimiento cambia de rostro, se vuelve redentor y un lugar de encuentro con Dios.

Rechazar el sufrimiento del inocente es, por tanto, rechazar al justo que sufre por excelencia, Nuestro Señor Jesucristo, el Altísimo, el Santo, el Verbo Eterno que viene a buscarnos en medio de la miseria y carga con los pecados del mundo.

A fin de preparar nuestros corazones para este desconcertante evento, Dios nos dio una prefiguración de ello en el santo hombre Job. Este hombre era "íntegro, recto, temeroso de Dios y alejado del mal" (Jb 1,1).

Dios permitió que el diablo lo afligiera con todos los males. Perdió a sus hijos, todas sus posesiones y se vio abrumado por las enfermedades más desagradables. No faltaron los amigos que le dijeran seriamente que todas esas plagas solo podían ser el precio de sus faltas ocultas.

Pero Job se mantuvo sereno ante estas nuevas humillaciones y puso su confianza en Dios que conoce lo más profundo de los corazones. Y Dios bendijo a Job por su constancia, "lo devolvió a su estado anterior y le dio el doble de lo que tenía" (Jb 42,10).

Para quien tiene fe, por tanto, el sufrimiento ya no es ocasión de caída, sino una colaboración en la obra de la salvación. Se puede buscar el sufrimiento voluntariamente para reparar, por amor, las ofensas hechas a Dios y unirse a Cristo sufriente. No está necesariamente ligado al demérito de las almas, sino que, por el contrario, puede ser un signo de predilección de Dios.

Una declaración de impotencia

Nos permitimos hacer una pregunta a los seguidores de la metempsicosis. ¿Qué medios concretos y eficaces ofrecen al hombre para salvarse? ¿Qué ayuda puede esperar para corregir su naturaleza herida por el pecado y perfeccionarse?

Las diversas versiones de esta doctrina elaboran varios sistemas de vidas terrenales, tiempos de pruebas, esperas, ejercicios de reminiscencia, olvido o destrucción del cuerpo. Pero un punto los une: en este largo camino hacia la felicidad, el hombre es dejado a su suerte, no tiene otra energía para avanzar que los principios internos de su naturaleza caída.

Es por su propio esfuerzo que debe elevarse hasta la perfección deseada. Por lo tanto, la metempsicosis no solo extiende indefinidamente el camino hacia la felicidad, sino que no proporciona la energía suficiente para recorrerlo.

En definitiva, lejos de ser una misericordia que eleva al hombre por encima de sí mismo, lo abandona a su debilidad. Es una cruel impotencia que hace relucir un maravilloso mañana en los ojos del hombre y luego le niega el acceso a él, encerrándolo en su fragilidad.

Las páginas del Evangelio dicen otra cosa. Qué dulce es escuchar a Nuestro Señor decirnos: "Misericordiam volo, quiero misericordia" (Mt 9,13), "no son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos" (Lc 5, 31), "si alguno tiene sed venga a Mí, y beba" (Jn 7, 37), "venid a Mí todos los agobiados y los cargados, y Yo os haré descansar" (Mt 11, 28), "el que cree en Mí tendrá vida eterna" (Jn 6,47), "mi gracia os basta" (2 Co 12: 9), "a los que creen en su nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios" (Jn 1, 12).

En vez de dejarnos solos, Dios viene a nosotros, por la gracia, para llevarnos a su cielo. "Dios es el que obra en vosotros tanto el querer como el hacer" (Fil 2, 13), nos dice San Pablo. Y el mismo apóstol resume magníficamente la obra de la salvación que Dios realiza en nosotros: "Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí" (Ga 2, 20).

El motor de la vida cristiana es la presencia de la Santísima Trinidad en el alma y su procesión de gracias sobrenaturales, virtudes y dones del Espíritu Santo. "Separados de Mí no podéis hacer nada" (Jn 15, 5).

Quizás nos encontremos con un adversario obstinado que insista en conciliar estas hermosas verdades con la reencarnación. Una simple observación bastará para responderle.

Para santificar al hombre de una manera que corresponda a su naturaleza (corporal y espiritual) y para asegurarse de que ha recibido la gracia, Dios instituyó ritos específicos, también compuestos por una realidad material (el rito propiamente dicho) y una realidad espiritual (la gracia conferida): estos son los siete sacramentos.

Ahora bien, entre estos, hay tres que no se limitan a transmitir la gracia, sino que imprimen en el alma una marca, un "carácter" indeleble. El alma es transformada profundamente en sí misma para la eternidad, por lo que estos sacramentos no se pueden repetir.

Si admitimos la teoría de la reencarnación, ¡entonces nos enfrentamos a una dificultad insoluble! ¿Qué pensar de ese bebé presentado en el bautismo? ¿Quién era él en sus supuestas vidas pasadas? ¿Era católico? En ese caso, sería un sacrilegio bautizarlo.

¿Y el sacerdocio? ¿No fue esta niña que juega con muñecas un sacerdote en una vida pasada? Podemos adivinar las inextricables situaciones y contradicciones a las que inevitablemente conduce la reencarnación.

Los principales agravios que hemos señalado contra la metempsicosis son suficientes para resaltar su oposición radical a la fe católica e incluso a cualquier intento de redención del hombre4.

Pero los argumentos de autoridad que hemos presentado no pueden convencer a la gran mayoría de los defensores de esta teoría, porque no son católicos. Por eso debemos ampliar nuestro estudio con una reflexión filosófica. ¿Es verdadera la transmigración de las almas, o incluso posible con respecto a la razón humana? ¿Los hechos que se aducen para defenderla no tienen otra explicación? Este es el propósito de la segunda parte.

  • 1. Albert Camus, La Peste, Gallimard, 1947, p. 199.
  • 2. Orígenes, De Principio, II, 9, 4 ; PG, t. 11, col. 231.
  • 3. Eneas de Gaza, Teofrasto, PG, t. 85, col. 871-1004.
  • 4. Nuestro estudio no pretende ser exhaustivo en absoluto. Por ejemplo, se puede argumentar contra la reencarnación la institución y el rito de la extremaunción.