50° aniversario de la Misa Nueva: la encíclica Mediator Dei de Pío XII (19)

Junio 02, 2020
Origen: fsspx.news

Esta encíclica es una de las más largas en la historia de la Santa Sede. Representa una verdadera "suma" litúrgica, y Pío XII aborda en ella todos los aspectos relacionados con el culto de la Iglesia.

El texto papal está fechado el 20 de noviembre de 1947. Su gran tamaño indica la importancia del tema, pero también las preocupaciones de Pío XII y los diversos objetivos que persigue. Por lo tanto, se pueden distinguir en ella varios aspectos.

Una enseñanza desarrollada sobre la base de la liturgia

Como era frecuente en su pontificado, el papa Pío XII quería responder a las dificultades de la actualidad recurriendo a su magisterio supremo. Porque el Papa estaba bien consciente de las cuestiones planteadas, particularmente en Francia, Bélgica o Alemania, por los cambios del Movimiento Litúrgico. La mejor manera de corregir los errores era afirmando la verdad clara y firmemente. Esto es lo que Pío XII busca en esta encíclica.

El esquema del texto revela su concepción amplia y profunda del tema. Se discuten en él todos los aspectos de la liturgia.

La introducción nos recuerda que Jesucristo es el Sumo Sacerdote de la nueva ley, y la ofrenda que hizo de sí mismo para la salvación del mundo. Su sacerdocio se prolonga en la Iglesia, que renueva el sacrificio de Cristo a través de las manos de los sacerdotes. La liturgia está totalmente centrada en este sacrificio.

En la primera parte, el papa Pío XII explica la naturaleza y el origen de la liturgia. Está última tiene su raíz en el deber de los individuos y las sociedades de honrar públicamente a Dios. Este culto rendido a Dios es el mismo que Cristo realizó aquí abajo, que continúa en el Cielo, y al cual la Iglesia se une. De ahí se deriva esta famosa definición de la liturgia:

"La sagrada liturgia es, por consiguiente, el culto público que nuestro Redentor tributa al Padre como Cabeza de la Iglesia, y el que la sociedad de los fieles tributa a su Fundador y, por medio de Él, al Eterno Padre: es, diciéndolo brevemente, el completo culto público del Cuerpo místico de Jesucristo, es decir, de la Cabeza y de sus miembros".

El Papa recuerda que este culto debe ser externo, pero también, y sobre todo, interno. Un culto puramente externo sería fariseísmo, y un culto puramente interno ignoraría su dimensión pública. Este culto externo debe ser regulado por la jerarquía de la Iglesia, por el Papa y los obispos, es decir, los únicos que tienen el poder de codificarlo. Pío XII también recuerda las saludables leyes del desarrollo litúrgico.

La segunda parte de la encíclica aborda el tema del culto eucarístico, parte central de toda la liturgia de la Iglesia. El Papa aprovecha esta oportunidad para recordar la naturaleza del sacrificio eucarístico, verdadera renovación del sacrificio de la cruz, porque el sacerdote es el mismo, la víctima también y los objetivos son idénticos. Lo realiza el único sacerdote, pero los fieles deben participar en él, desde su sitio.

Las explicaciones dadas por Pío XII son brillantes y esenciales, porque responden a las desviaciones que surgían sobre la naturaleza del sacerdocio de los fieles, y que se impusieron en el Concilio Vaticano II. Pío XII explica que los fieles, en unión con el sacerdote y Cristo, a quien el sacerdote representa, ofrecen el sacrificio litúrgico, pero que su acción no está al mismo nivel que la del sacerdote. También insiste en que los fieles deben ofrecerse a sí mismos como víctimas, purificando sus almas y reproduciendo en ellas la imagen de Jesucristo. Los consejos prácticos que proporciona a este respecto están llenos de sabiduría y prudencia, pero serían disipados por la ráfaga conciliar.

Esta parte termina con el tema de la comunión y la adoración de la Sagrada Eucaristía.

En la tercera parte, la encíclica habla sobre el oficio divino, es decir, la oración de alabanza que la Iglesia ofrece continuamente a Dios a través de los clérigos, religiosos y religiosas. En otras palabras, todos aquellos a los que la Iglesia ha encargado oficialmente realizar esta oración litúrgica, cuyos elementos están contenidos en el breviario.

Esta oración del oficio divino es tan antigua como la Iglesia misma; sustituyó al culto sinagogal. Los Apóstoles ya la practicaban y fue gradualmente codificada. El oficio divino es, por lo tanto, la continuación de la oración de Cristo aquí abajo. La Iglesia militante se une así a la Iglesia triunfante para dar gloria, honor y alabanza a Dios, en unión con Cristo, Cabeza de toda la Iglesia.

La encíclica agrega algunas consideraciones sobre el ciclo litúrgico, que celebra a lo largo de un año todos los misterios del Verbo Encarnado, desde el primer domingo de Adviento hasta el último domingo después de Pentecostés. A esto se suman las diversas fiestas de los santos repartidas a través del ciclo temporal.

Finalmente, en la cuarta parte, el Papa Pío XII proporciona algunas directrices pastorales sobre las formas de piedad que no son estrictamente litúrgicas, así como sobre el espíritu y el apostolado litúrgicos. De este modo, desde la teología hasta las artes, pasando por la piedad, no se omite ninguno de los campos relacionados con la liturgia. Por esta razón es que podemos decir que se trata de una verdadera suma o síntesis litúrgica.

Rechazar y condenar los errores

La encíclica también procura explícitamente denunciar y condenar los errores que circulaban en ese entonces. El Papa los denuncia desde la introducción de manera general, afirmando que algunos "a menudo involucran principios que, en teoría o en la práctica, comprometen" la liturgia y, a veces, la contaminan con errores. Estos últimos se discuten a lo largo del documento.

El primer error consiste en disminuir el valor de la piedad subjetiva, es decir, no tener suficientemente en cuenta la buena disposición de las almas para aprovechar la liturgia. Este error se convierte en desprecio hacia la piedad no litúrgica. Este desprecio se manifiesta por la incomprensión de la verdadera participación litúrgica, subvertida por la famosa participación "activa" y obligatoria que ahuyentaría a los fieles de las iglesias después de Vaticano II.

El Papa Pío XII condena además "la temeraria osadía de quienes introducen intencionadamente nuevas costumbres litúrgicas o hacen renacer ritos ya desusados y que no están de acuerdo con las leyes y rúbricas vigentes", y en particular el uso "de la lengua vulgar" en "la celebración del augusto sacrificio eucarístico"; a quienes "trasladan fiestas —fijadas ya por estimables razones— a una fecha diversa; y finalmente "a quienes excluyen de los libros aprobados para las operaciones públicas las Sagradas Escrituras del Antiguo Testamento, teniéndolas por poco apropiadas y oportunas para nuestros días". Se trata particularmente de los pasajes donde el Dios terrible se reserva el derecho de venganza contra los impíos.

El Papa agrega que "con la misma medida deben ser juzgados los conatos de algunos, enderezados a resucitar ciertos antiguos ritos y ceremonias". La razón es que estos ritos desaparecidos no pueden, solo por su antigüedad, considerarse más adecuados y mejores. Además, los ritos más recientes "son dignos de ser honrados y observados puesto que nacieron bajo la inspiración del Espíritu Santo". Esta condena del arqueologismo causaría furor en el Concilio Vaticano II y después de él. El Papa desarrolla este tema extensamente.

También se reprime otro error: aquel que tiende a reducir el sacerdocio del sacerdote o, por el contrario, a exaltar el sacerdocio común de los fieles. El Papa recuerda que es "absolutamente necesario" que los obispos expliquen claramente a los fieles la diferencia radical entre el sacerdocio ordenado que realiza el sacrificio, y la participación de los fieles en el sacrificio eucarístico en virtud de su bautismo.

El Papa condena a quienes "afirman que el pueblo tiene verdadero poder sacerdotal, y que los sacerdotes obran solamente en virtud de una delegación de la comunidad". Algunos incluso hablaban de concelebración, como lo hizo Jungmann. Pío XII insiste firmemente en este lugar del sacerdote "ministro de Cristo, inferior a Cristo, pero superior al pueblo". Termina diciendo: "El pueblo, que de ninguna manera representa la persona del divino Redentor, ni es mediador entre sí mismo y Dios, y de ningún modo puede gozar del derecho sacerdotal".

En esta línea, condena también a quienes rechazan las misas privadas y sin asistencia. Las misas de este tipo son celebradas por toda la Iglesia, ya sea que los fieles asistan a ellas o no. Este error también resurgiría con fuerza después del Concilio. Fue lo que allanó el camino para la concelebración.

Finalmente se rechaza un último error, aquel que pretende separar al Cristo histórico del Cristo litúrgico o incluso "neumático y glorificado". Esta distinción es gravemente errónea, ya que niega que el Cristo presente en la Sagrada Eucaristía sea idéntico al que se encarnó, vivió entre nosotros, murió, resucitó y subió al Cielo. No puede haber distinción aquí sin negar la realidad de la Encarnación.

Recepción de la encíclica

Los comentarios en las publicaciones litúrgicas de la época fueron innumerables y entusiastas. Los promotores del Movimiento Litúrgico que fueron atacados no se quedaron de brazos cruzados, pero evitaron cuidadosamente hacer hincapié en aquello que los había condenado.

Desafortunadamente, fueron apoyados secretamente por personajes en las altas esferas, como Monseñor Annibal Bugnini, que pronto se convertiría en secretario de la Congregación de Ritos, y que en una ocasión respondió a uno de ellos: "Admiro lo que hacen, pero el mejor servicio que puedo hacer por usted es no decir nunca una palabra a Roma sobre todo lo que acabo de escuchar". Ya había comenzado su obra de demolición de la liturgia traicionando a las autoridades de la Iglesia.