50° aniversario de la Misa Nueva: la encíclica Mystici Corporis de Pío XII (17)

Mayo 19, 2020
Origen: fsspx.news

El Papa Pío XII, Eugenio Pacelli, cuyo pontificado duró de 1939 a 1958, luchó vigorosamente contra los errores modernos que continuaban extendiéndose en la Iglesia durante su época, a pesar de las condenas de San Pío X.

La principal intervención del Papa Pacelli contra el modernismo es la encíclica Humani generis, del 12 de agosto de 1950. Esta última aborda tres cuestiones fundamentales que sacudieron al catolicismo en el período de la posguerra: la autoridad del Magisterio de la Iglesia para prescribir lo que se debe creer en la revelación divina; el valor y el papel de la razón; los problemas que la historia y las ciencias naturales o físicas modernas plantean a la Iglesia.

La encíclica enfrentó dos problemas que siguen siendo muy actuales: 1) las cuestiones que el progreso y los descubrimientos de la historia y las ciencias naturales plantean a la doctrina tradicional y las modificaciones que podrían imponer a la Iglesia ; 2) el relativismo en asuntos doctrinales para restaurar la unidad cristiana y responder a la aspiración de una gran parte de los cristianos, como lo demostraron los protestantes con la creación del Consejo Ecuménico de Iglesias en 1948.

Por lo tanto, la encíclica Humani generis se puede comparar con la encíclica Pascendi de San Pío X. En su encíclica, Pío XII retoma las condenas de su predecesor, al cual canonizaría cuatro años después.

Pero antes de esta condena de las "falsas opiniones que amenazan con destruir los cimientos de la doctrina católica", el Papa Pío XII ya había estigmatizado las nuevas tendencias doctrinales que estaban minando el catolicismo. Esto lo hizo mediante las encíclicas Mediator Dei que trata sobre la liturgia (20 de noviembre de 1947), Mystici corporis sobre la Iglesia (29 de junio de 1943) y Divino afflante spiritu que aborda el tema de la exégesis bíblica, uno de los brotes más peligrosos del modernismo (30 de septiembre de 1943).

La encíclica Mystici corporis

Hablando cronológicamente, esta es la primera de las grandes encíclicas de Pío XII. Está fechada el 29 de junio de 1943, en medio de la Segunda Guerra Mundial.

El trasfondo

Durante el período de entreguerras, la teología del Cuerpo Místico se desarrolló fuertemente, bajo la influencia del Concilio Vaticano I, que utilizó este concepto revelado para designar a la Iglesia, pero también de ciertos teólogos que se aprovecharon de él para alimentar su controversia contra la Iglesia como institución representada por el Papa y los obispos. Esta oposición, que puede describirse como dialéctica, fue claramente denunciada por San Pío X en Pascendi desde 1907.

Esta encíclica describe la tensión entre las creencias populares y la autoridad doctrinal y dogmática. Dicha tensión justificó el progreso necesario que debía realizarse en la autoridad de las experiencias de los creyentes. Esta idea deambulaba entre los teólogos que querían ver a la Iglesia evolucionar en todas las áreas, particularmente con respecto a su propia comprensión como Iglesia.

Las teorías condenadas

La encíclica condena los "errores graves" y las "opiniones inexactas o completamente erróneas". El primero consiste en un "supuesto racionalismo que considera absurdo todo lo que supera y domina las fuerzas de la mente humana" asociado con "un error similar llamado naturalismo común". El segundo es un "falso misticismo que falsifica las Sagradas Escrituras al tratar de eliminar los límites inmutables entre las criaturas y el Creador".

El segundo error tiende a reducir a la Iglesia a una sociedad espiritual e invisible, a la manera de los protestantes. El primero identifica en la Iglesia únicamente bienes sociales y legales. Así hace una distinción entre la "Iglesia Católica" y la "Iglesia de Cristo", negándose a identificarlas. La base del ecumenismo moderno se encuentra en esta negativa. El Papa Pío XII demostró en su encíclica que los dos términos deben ser identificados.

La liturgia en Mystici corporis

Con motivo de esta hermosa presentación de la Iglesia, la encíclica aborda varios puntos relacionados con la liturgia. Esto se entiende fácilmente, ya que un error en la Iglesia tiene consecuencias en muchos ámbitos: dogmático, espiritual, litúrgico, canónico.

El desprecio de la confesión frecuente

La base de este error es dogmática. Algunos innovadores, que malinterpretan la unión de Cristo y los fieles en el Cuerpo Místico, atribuyen "toda la vida espiritual de los cristianos a la acción del Espíritu Santo, excluyendo y descuidando la cooperación que debemos brindar".

Ciertamente, el Espíritu de Jesucristo es la única fuente de toda la vida que circula en el Cuerpo Místico. Sin embargo, se necesita la cooperación de la voluntad humana para la santificación que este Espíritu derrama en las almas. Al negar esto, caemos en el grave error del quietismo, que, según su etimología, consiste en la quietud, quies en latín, una quietud completa donde no tenemos que esforzarnos en lo absoluto por nuestra santificación. El papa Pío XII condenó enérgicamente este error.

Esto último implica un error litúrgico: "no deberíamos dar importancia a la confesión frecuente de las faltas veniales, ya que resta valor a la confesión general [pronunciada durante la misa] que la Esposa de Cristo, con sus hijos que están unidos a Él en el Señor, hacen diariamente a través de sus sacerdotes antes de subir al altar".

En otras palabras, dado que los sacerdotes -y los fieles que asisten a las misas celebradas por ellos- confiesan sus pecados todos los días en nombre de los miembros de la Iglesia, no es necesario confesarse frecuentemente, en especial si solo hay pecados veniales que acusar. Pío XII quiso refutar este error de origen litúrgico, un error que volvería a encontrarse después del Concilio Vaticano II:

"Para progresar cada día con mayor fervor en el camino de la virtud, queremos recomendar con mucho encarecimiento el piadoso uso de la confesión frecuente, introducido por la Iglesia no sin una inspiración del Espíritu Santo: con él se aumenta el justo conocimiento propio, crece la humildad cristiana, se hace frente a la tibieza e indolencia espiritual, se purifica la conciencia, se robustece la voluntad, se lleva a cabo la saludable dirección de las conciencias y aumenta la gracia en virtud del sacramento mismo. Adviertan, pues, los que disminuyen y rebajan el aprecio de la confesión frecuente entre los seminaristas, que acometen empresa extraña al Espíritu de Cristo y funestísima para el Cuerpo místico de nuestro Salvador".

El desprecio de la oración personal

Hay quienes afirman que solo la oración litúrgica pública tiene un valor real. Así es como Pío XII describe este error:

"Hay, además, algunos que niegan a nuestras oraciones toda eficacia propiamente impetratoria o que se esfuerzan por insinuar entre las gentes que las oraciones dirigidas a Dios en privado son de poca monta, mientras las que valen de hecho son más bien las públicas, hechas en nombre de la Iglesia, pues brotan del Cuerpo místico de Jesucristo".

Este error reaparecería agravado después del Concilio Vaticano II, atreviéndose incluso a afirmar que el sacerdote no debe celebrar la misa sin la presencia de los fieles. Pero el papa Pío XII ya había respondido a esta afirmación:

"Eso es, ciertamente, erróneo: porque el divino Redentor tiene estrechamente unidas a sí no sólo a su Iglesia, como a Esposa que es amadísima, sino en ella también a las almas de cada uno de los fieles, con quienes ansía conversar muy íntimamente, sobre todo después que se acercaren a la Santa Comunión. Y aunque la oración común y pública, como procedente de la misma Madre Iglesia, aventaja a todas las otras por razón de la dignidad de la Esposa de Cristo, sin embargo, todas las plegarias, aun las dichas muy en privado, lejos de carecer de dignidad y virtud, contribuyen muchísimo a la utilidad del mismo Cuerpo místico en general, ya que en él todo lo bueno y justo que obra cada uno de los miembros redunda, por la comunión de los Santos, en bien de todos".

"Y nada impide a cada uno de los hombres, por el hecho de ser miembros de este Cuerpo, el que pidan para sí mismos gracias especiales, aun de orden terrenal, mas guardando la sumisión a la voluntad divina, pues son personas libres y sujetas a sus propias necesidades individuales1. Y cuán grande aprecio han de tener todos de la meditación de las cosas celestiales se demuestra no sólo por las enseñanzas de la Iglesia, sino también por el uso y ejemplo de todos los santos".

El rechazo de la oración directa a Cristo

Un error final, que pertenece también a la liturgia, es no dirigir nuestras oraciones directamente a Cristo, sino al Padre a través de Cristo, como lo hace habitualmente la Iglesia en las oraciones, "ya que nuestro Salvador, como Jefe de su Cuerpo místico, debe ser considerado solamente como un mediador entre Dios y los hombres (1 Tim 2, 5)". El papa Pío XII responde:

"Esto no sólo se opone a la mente de la Iglesia y a la costumbre de los cristianos, sino que contraría aún a la verdad. Porque, hablando con propiedad y exactitud, Cristo es a la vez, según su doble naturaleza divina y humana2 Cabeza de toda la Iglesia. Además, Él mismo aseguró solemnemente: 'Si algo me pidiereis en mi nombre, lo haré' (Jn 14,14). 

"Y aunque principalmente en el Sacrificio Eucarístico -en el cual Cristo es a un tiempo sacerdote y hostia y desempeña de una manera peculiar el oficio de conciliador- las oraciones se dirigen con frecuencia al Eterno Padre por medio de su Unigénito, sin embargo, no es raro que aun en este mismo sacrificio se eleven también preces al mismo divino Redentor, ya que todos los cristianos deben conocer y entender claramente que el hombre Cristo Jesús es el mismo Hijo de Dios, y el mismo Dios. Aún más: mientras la Iglesia militante adora y ruega al Cordero sin mancha y a la sagrada Hostia, en cierta manera parece responder a la voz de la Iglesia triunfante que perpetuamente canta: 'Al que está sentado en el trono y al Cordero: bendición y honor y gloria e imperio por los siglos de los siglos' (Ap 5,13).

Los neo-liturgistas intentaron voltear esta condena a su favor. Proclamaron, aun en contra de la evidencia misma, que la encíclica era "una gran confirmación de los logros del Movimiento Litúrgico" (Ferdinand Kolbe, El Movimiento Litúrgico). Hicieron lo mismo con la encíclica Divino afflante.

Estaban profundamente inmersos en las desviaciones denunciadas por San Pío X: representaban el futuro de la Iglesia, y la jerarquía terminaría aprobándolos tarde o temprano. Lo que desafortunadamente sucedió en el Concilio Vaticano II.

  • 1. 1 Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, II-II, 83, 5 y 6.
  • 2. Santo Tomás de Aquino, De Veritate, q. 29, a. 4 4