50° aniversario de la Misa Nueva: San Pío X y el movimiento litúrgico (7)

Enero 22, 2020
Origen: fsspx.news
San Pío X celebrando Misa en la Capilla Sixtina

Hace medio siglo, el Papa Pablo VI impuso a toda la Iglesia una reforma litúrgica en nombre del Concilio que acababa de terminar. Así nació la misa del Concilio Vaticano II. Esta última fue rechazada de inmediato por dos cardenales y, desde entonces, la oposición en su contra no ha disminuido. Este triste aniversario constituye una oportunidad para relatar su historia.

Después de Dom Prosper Guéranger, iniciador del movimiento litúrgico, este último debe su impulso y expansión a San Pío X, el Papa que lo ennobleció y le dio el apoyo de Roma, esencial para su difusión en toda la Iglesia.

Un historiador del movimiento litúrgico escribe: "Con el papa Pío X, el movimiento litúrgico entró en un período completamente nuevo. Hasta entonces, había sido una prerrogativa de las fuerzas individuales de la Iglesia. Se habían empezado a alzar algunas voces, manifestando una reacción común contra el laicismo generalizado, y abogaban por el retorno a las fuentes como un verdadero medio para la recristianización. (...) Sin embargo, estas quejas, que concernían a las prácticas diarias, golpearon sin previo aviso la indiferencia de toda una sección del clero, que no vio con buenos ojos el cambio en los hábitos de piedad y métodos de apostolado. A partir de que el papa San Pío X se convirtió en el propagador oficial de la restauración litúrgica, las cosas cambiaron. Sus numerosas intervenciones en la música religiosa, en el salterio y en la comunión frecuente fueron giros tan enérgicos que orientaron resueltamente a la Iglesia hacia una vida litúrgica impregnada de la piedad tradicional, la gracia sacramental y la belleza inspirada1".

La obra litúrgica del Santo Papa se distingue así por sus áreas de intervención: música religiosa, decretos sobre la santa comunión, reforma del breviario y del calendario litúrgico.

Antes de Roma 

El papa San Pío X, a diferencia de otros papas de su tiempo, fue ante todo un pastor. Joven vicario originario del humilde pueblo de Tómbolo, fundó en este lugar una pequeña escuela de canto gregoriano para ayudar a sus feligreses a participar en los cantos de la Misa. Convertido en párroco de Salzano, hizo lo mismo, llevando a cabo un ideal de esplendor litúrgico que fue admirado por el clero.

San Pío X recordó estos hechos de su pasado en una bendición enviada a Rassegna Gregoriana (revista sobre el canto gregoriano y la liturgia, publicada en Roma) el 27 de agosto de 1903, menos de un mes después de su elección como Papa: "No debemos cantar ni rezar durante la Misa, debemos cantar y rezar la Misa". Y añadió: "Gracias a una larga experiencia, me he convencido de que las armonías puras del canto eclesiástico, tal como lo requiere la santidad del templo y las ceremonias sagradas que se realizan allí, tienen una influencia admirable en la piedad y la devoción, y, por lo tanto, en el verdadero culto de Dios".

En Mantua, habiéndose ya convertido en obispo, él mismo enseñó canto gregoriano a sus seminaristas durante algún tiempo, así como las ceremonias litúrgicas. Finalmente, como Patriarca de Venecia, el 1 de mayo de 1895, publicó una carta pastoral sobre el canto y la música de la Iglesia: "El canto y la música sagrada deben, por su melodía, excitar a los fieles a la devoción, prepararlos para recibir más fácilmente los frutos de la gracia que acompañan a todos los santos misterios celebrados con solemnidad. Por lo tanto, la música sagrada estando tan estrechamente unida a la liturgia, debe, por lo mismo, armonizar con el texto y presentar las cualidades sin las cuales no sería más que un aperitivo, particularmente la santidad, la perfección del arte y la universalidad". Estas últimas palabras serían retomadas por el Santo Papa en sus decisiones sobre el canto religioso.

La restauración de la música religiosa

El Motu proprio Tra le sollecitudini sobre la música sagrada, data del 22 de noviembre de 1903, fiesta de Santa Cecilia, patrona de la música sagrada. La rapidez con la que intervino el nuevo Papa en este asunto muestra la importancia que le dio. Él mismo había sufrido a causa de la decadencia litúrgica y buscó un remedio adecuado. Después de ascender al trono de Pedro, inmediatamente se propuso promover las fuerzas del movimiento litúrgico que ya conocía, y dar un impulso vigoroso a todos aquellos que desearan realzar la belleza del culto.

Los abusos en la música sagrada

El Papa, que deseaba sacar del templo santo todo "aquello que perturba o incluso disminuye la piedad y la devoción de los fieles, [o] que suscita un motivo razonable de disgusto o escándalo, [o] que ofende directamente el honor y la santidad de las funciones sagradas", se decidió a restaurar la música sagrada que más o menos había caído en decadencia.

Las causas de lo anterior eran múltiples: "Ya sea por la naturaleza de este arte, en sí mismo fluctuante y variable; como resultado de la alteración sucesiva del gusto y los hábitos a lo largo del tiempo; a causa de la funesta influencia que ejerce el arte profano y teatral en el arte sagrado; debido al placer que la música produce directamente, y que no siempre se logra contener dentro de límites justos; o, finalmente, como resultado de los muchos prejuicios sobre el asunto, tan levemente introducidos y tan tenazmente mantenidos incluso entre las personas responsables y piadosas, existe una tendencia continua a desviarse de la norma correcta, prescrita de acuerdo con el fin para el cual el arte es admitido al servicio del culto".

Esta norma, especifica San Pío X, está "muy claramente indicada en los cánones eclesiásticos, en las ordenanzas de los concilios generales y provinciales, y en las prescripciones de las congregaciones romanas sagradas y de nuestros predecesores los soberanos pontífices".

Una intervención necesaria

Ante esta observación, San Pío X declara: "nuestro primer deber es levantar la voz sin más dilaciones en reprobación y condenación de cuanto en las solemnidades del culto y los oficios sagrados resulte disconforme con la recta norma indicada".

Luego agrega una frase capital que desempeñará un papel decisivo en la evolución del Movimiento Litúrgico: "Nuestro vivísimo deseo es que el verdadero espíritu cristiano vuelva a florecer en todo y que en todos los fieles se mantenga, lo primero es proveer a la santidad y dignidad del templo, donde los fieles se juntan precisamente para adquirir ese espíritu en su primer e insustituible manantial, que es la participación activa en los sacrosantos misterios y en la pública y solemne oración de la Iglesia".

En este punto hay una observación fundamental. La expresión "participación activa" —la partecipazione attiva en el italiano original— se repetirá y se convertirá en un leitmotiv del movimiento litúrgico tardío.

Es por eso que esta expresión se encuentra once veces en la constitución Sacrosanctum concilium de Vaticano II sobre la liturgia. Servirá para justificar las innovaciones más atrevidas y la conmoción litúrgica posconciliar. Es evidente que este nuevo concepto de la participación de los fieles es una profunda distorsión de los pensamientos del Santo Papa. Además, el texto en latín del Motu proprio de San Pío X específica en este punto: "participatio divinorum mysteriorum" ("participación en los misterios divinos"), mientras que el Concilio Vaticano II habla de participatio actuosa ("participación activa", término repetido en los números 14, 19, 26, 27, 30, 41, 50, 79, 114, 121, 124).

San Pío X presentó las normas que acababa de promulgar como "el código legal de la música sagrada" e impuso la observación más escrupulosa.

Principios generales de la música sagrada

El principio rector para juzgar la música sagrada es que esta debe "poseer en el grado más alto las cualidades propias de la liturgia: la santidad y la excelencia de las formas de la que nace espontáneamente su otro carácter, la universalidad".

Por santidad, se refiere a "excluir todo lo que la vuelva profana, no solo en sí misma, sino también en la forma en que es presentada por quienes la ejecutan".

Por la excelencia de las formas, se refiere a un "verdadero arte: si no fuera así, no podría tener en la mente de los oyentes la feliz influencia que la Iglesia intenta obtener al admitir en su liturgia el arte de los sonidos musicales".

La universalidad requiere que las formas musicales de la música religiosa estén "subordinadas a las características generales de la música sagrada, de modo que ninguna persona de cualquier otra nación pueda, al escucharla, experimentar una impresión negativa".

Es fácil entender cómo estos principios se oponen fuertemente a la inculturación litúrgica, en particular la inculturación musical, tal como se concibió desde el Concilio Vaticano II y se lleva a cabo actualmente. Porque la universalidad está ausente en la mayoría de los casos, y ni hablar del verdadero arte o la santidad...

  • 1. Dom Olivier Rousseau, Historia del Movimiento Litúrgico, París, Cerf, 1945. La cita está tomada de Dom A. Stoelen, El Papado y la Renovación Litúrgica a Principios del Siglo XX, enciclopedia Tu es Petrus, París, Bloud y Gay, 1930.

Los tipos de música sagrada aceptados por el Motu proprio


Una vez establecidos los principios, San Pío X pasa a la aplicación concreta. Describe tres géneros musicales que poseen las cualidades necesarias para ser permitidos en el santuario.

Primero está el canto gregoriano, que "las posee en el grado más alto". Por eso es "el canto propio de la Iglesia romana". Esta es la primera vez que se hace tal afirmación bajo la pluma de un Papa. El texto agrega: "El canto gregoriano siempre ha sido considerado el modelo más perfecto de la música sagrada". De ahí la regla general: "Una composición religiosa será más sagrada y litúrgica cuanto más se acerque en aire, inspiración y sabor a la melodía gregoriana, y será tanto menos digna del templo cuanto diste más de este modelo soberano".

Esta es la razón por la cual el santo pontífice exige "un cuidado muy particular [para] restaurar el uso del canto gregoriano entre la gente, para que los fieles retomen, como en el pasado, una parte más activa en la celebración de los oficios".

La "polifonía clásica" también posee en un grado eminente "las cualidades anteriores". San Pío X cita como ejemplo la música del siglo XVI con "las obras de Pierluigi de Palestrina". Este tipo de música está muy cerca del canto gregoriano, por lo cual ha sido introducida en las "funciones" más solemnes de la Iglesia "como las de la Capilla Pontificia", en otras palabras, las ceremonias papales. Por lo tanto, también debe "restablecerse en gran medida en las ceremonias eclesiásticas, especialmente en las basílicas más insignes, en las iglesias catedralicias, en los seminarios".

Finalmente, se puede admitir "música más moderna", siempre que proporcione composiciones valiosas, con la seriedad y gravedad necesarias para la dignidad de las funciones litúrgicas. Eso supone mucho discernimiento, en particular para no admitir piezas cuya forma exterior reproduzca el estilo de la música profana, y para evitar "el estilo teatral".

El Papa señala ciertas producciones del siglo XIX, que dieron un lugar de honor a los solistas e hicieron que las ceremonias se parecieran más a piezas de ópera que a funciones sagradas.

Algunas reglas prácticas

San Pío X recuerda que "la lengua propia de la Iglesia romana es el latín. Por lo tanto, está prohibido cantar en lengua vernácula durante las funciones solemnes de la liturgia". Pío XII suavizó esta regla permitiendo cantos en lengua vernácula.

El Papa Sarto también proporciona las normas para fijar las formas externas que ciertas partes deben tener; la exclusión de las mujeres del coro o la scola, porque no pueden llevar a cabo las ceremonias sagradas de las cuales el canto es una parte integral; la consagración de la primacía del órgano y la prohibición de ciertos instrumentos como el piano, así como instrumentos ruidosos y sonoros: el tambor, el bombo, los platillos o las bandas de música.

San Pío X finalmente pide a los obispos tomar las medidas necesarias para cumplir sus prescripciones, estableciendo comisiones diocesanas de música sacra, cuidando la formación y la práctica del canto sagrado en los seminarios, entre otras cosas.

El obispo de Roma estableció un ejemplo en su diócesis a través de su vicario, el cardenal Pietro Respighi, a quien dirigió una carta el 8 de diciembre de 1903. Se celebró una Misa gregoriana cantada por 1,200 seminaristas en la basílica de San Pedro, con motivo del decimotercer centenario de San Gregorio Magno, cuyo nombre permanece estrechamente unido a ese canto propio de la Iglesia.

Además, estableció una comisión especial para revisar los libros de cantos gregorianos, cuya labor dio sus primeros frutos bajo su pontificado, con los benedictinos de Solesmes. Finalmente, en 1911, fundó en Roma el Pontificio Instituto de Música Sacra.

Estas medidas producirían los efectos esperados. Muy pronto todos los católicos empezaron a participar en los cantos de la Iglesia. El canto gregoriano recuperó su lugar de honor, demostrando así su universalidad y restaurando la belleza de las ceremonias litúrgicas.

Continuará...