Actualidad de la crítica a Vaticano II por Monseñor Lefebvre

Febrero 26, 2021
Origen: fsspx.news

Durante el encuentro organizado el 30 de enero de 2021 por la Oficina de Catequesis de la Conferencia Episcopal de Italia (CEI), el Papa Francisco reafirmó que "el Concilio es el Magisterio de la Iglesia", y añadió: "o estás con la Iglesia y por tanto sigues el Concilio, o si no sigues el Concilio o si lo interpretas a tu manera, como quieras, no estás con la Iglesia". Lo que podría traducirse como: ¡fuera del Concilio, no hay salvación!

Basándose en una cita de Pablo VI, durante la primera asamblea de la CEI celebrada después del Concilio, el Papa Francisco llamó al Concilio Vaticano II el "gran catecismo de los nuevos tiempos".

Ciertamente, Francisco se refería a aquellos que, según Pablo VI, quieren "renegociar el Concilio para obtener más". Pero cabe suponer que quienes quieren abrir un debate teológico sobre Vaticano II para denunciar las fracturas doctrinales que ha causado, están también en la mira del Papa.

En esta perspectiva, el libro titulado L'altro Vaticano II [El Otro Vaticano II], publicado por el vaticanista Aldo Maria Valli con Chorabooks, seguramente no recibirá el imprimatur del Papa. Este trabajo colectivo ofrece una mirada a contracorriente del Concilio Vaticano II, "un tema esencial si queremos abordar la cuestión de la crisis de la Iglesia y de la fe misma", escribe el periodista italiano, recordando: "El Concilio Vaticano II provino de una Iglesia que quería agradar al mundo, como una madre cariñosa y amable, confiable y acogedora. Un deseo comprensible, pero que [en la práctica] abrió la puerta a la apostasía. Jesús jamás quiso agradar al mundo, ni ofrecer rebajas de ningún tipo para parecer comprensivo y dispuesto a dialogar".

En su blog del 30 de enero, Aldo Maria Valli subrayó la necesidad de "desdogmatizar" el Concilio Vaticano II: "un Concilio que no quiso ser dogmático [pero que] se ha convertido en dogma. Si, por el contrario, lo consideramos como un evento con múltiples rostros, con las esperanzas que nos ha dado, pero también con todos sus límites intrínsecos y los errores de perspectiva que lo marcaron, prestaremos un buen servicio a la Iglesia y a la calidad de nuestra fe. A menudo, mirar de frente los orígenes de la enfermedad provoca un sentimiento de tristeza, y puede surgir una insidiosa sensación de fracaso. No obstante, debe hacerse si queremos encontrar el camino hacia la curación".

La obra reúne en torno a este tema a personalidades sumamente diversas, incluso divergentes, como Enrico Maria Radaelli, el Padre Serafino Maria Lanzetta, el Padre Giovanni Cavalcoli, Fabio Scaffardi, Alessandro Martinetti, Roberto de Mattei, el Cardenal Joseph Zen Ze-kiun, Eric Sammons, Monseñor Carlo Maria Viganò, Monseñor Guido Pozzo, Giovanni Formicola, Don Alberto Strumia, Monseñor Athanasius Schneider.

Y Aldo Maria Valli advierte lo siguiente: "En este libro hay espacio para diferentes modulaciones. Si el Padre Giovanni Cavalcoli, por ejemplo, escribe que los resultados pastorales del Concilio pueden ser debatidos, pero que las doctrinas deben aceptarse, y si Monseñor Guido Pozzo propone un camino entre la renovación y la continuidad, algunos, como Eric Sammons, admiten que, si alguna vez defendieron el Concilio, ahora lo cuestionan abiertamente. Y si Don Alberto Strumia, admite que el Concilio tiene muchas fallas, pero sostiene que no debemos convertirlo en un chivo expiatorio, Monseñor Carlo Maria Viganò y Monseñor Athanasius Schneider explican por qué la enfermedad modernista debe ser diagnosticada en profundidad, a fin de proporcionar un remedio adecuado".

Aldo Maria Valli rinde homenaje a Monseñor Marcel Lefebvre quien, desde 1976, no dudó en publicar su libro "Yo Acuso al Concilio": "Medio siglo después del término del Concilio, es finalmente necesario profundizar la esencia de las preguntas formuladas por Monseñor Lefebvre, pero también por muchos otros observadores y representantes de la Iglesia, hasta las posiciones más recientes adoptadas por Monseñor Viganò y Monseñor Schneider".

La hermenéutica de la continuidad o el círculo cuadrado

En el caso de estos dos últimos prelados, la pregunta se centra en "la hermenéutica de la continuidad" promovida por Benedicto XVI en 2005. El vaticanista escribe muy acertadamente sobre este tema: "La hermenéutica de la continuidad no resiste la prueba de los hechos. Por ejemplo, con respecto a la realeza social de Cristo y a la falsedad objetiva de las religiones no cristianas, el Concilio Vaticano II marca una ruptura con las enseñanzas de los Papas anteriores y conduce al resultado objetivamente inaceptable de la Declaración de Abu Dabi firmada por Francisco".

"Ante la acusación de que los críticos siguen apegados a un pasado que hay que superar, se afirma implícitamente la necesidad de 'trascender' la enseñanza de todos los Papas hasta Pío XII". Pero "tal posición teológica", observa Monseñor Athanasius Schneider, "es en última instancia protestante y herética, ya que la fe católica implica una tradición ininterrumpida, una continuidad ininterrumpida, sin ruptura doctrinal y litúrgica perceptible".

Aldo Maria Valli enumera los documentos romanos recientes que es importante estudiar con lucidez: "Con la declaración de Abu Dabi, son Amoris lætitia, Laudato si' y Fratelli tutti los que deberían animarnos a reflexionar sobre el alcance de la ruptura. Y aquí basta ver que la encíclica sobre la fraternidad [Fratelli tutti] carece de un horizonte claramente sobrenatural y de la proclamación de la verdad según la cual Cristo es la fuente indispensable de la verdadera fraternidad.

"La destrucción de la fe católica y de la Santa Misa, no solo tolerada sino muchas veces promovida por las máximas autoridades de la Santa Sede, no puede dejar inertes a los bautizados. Reconocer las raíces de la enfermedad es un deber. Es necesaria una resistencia. Esta resistencia debe ser tanto más explícita y coherente cuanto más se opone a la dogmatización del Concilio".

Una vez más, el periodista italiano menciona a Monseñor Lefebvre: "Los problemas llegaron muy rápido y algunos no los ocultaron. Prueba de ello es el dramático enfrentamiento que tuvo lugar en Castel Gandolfo el 11 de septiembre de 1976 entre Pablo VI y Monseñor Marcel Lefebvre. '¡Usted está en una posición terrible! Es un antipapa', exclamó Montini. 'Eso no es verdad. Yo solo busco formar sacerdotes según la fe y en la fe', respondió el fundador de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X.

"Al releer el contenido de este durísimo enfrentamiento (gracias a la transcripción elaborada por Monseñor Giovanni Benelli, entonces sustituto de la Secretaría de Estado), comprendemos que las preguntas llevan mucho tiempo sobre la mesa.

"En cierto momento, Pablo VI exclamó: 'Le ha dicho al mundo entero que el Papa no tiene fe, que no cree, que es un modernista, etc. Desde luego, debo mantener una actitud humilde. Pero usted se ha puesto a sí mismo en una situación terrible. Ha realizado acciones extremadamente graves frente al mundo entero".

Y Monseñor Lefebvre respondió: "No he sido yo quien creó este movimiento, sino los fieles que están destrozados y no aceptan algunas situaciones. Yo no soy el líder de los tradicionalistas. Soy un obispo que, destrozado por los hechos actuales, ha tratado de formar sacerdotes como lo hacía antes del Concilio. Me comporto exactamente igual a como lo hacía antes del Concilio. Por tanto, no puedo entender por qué se me condena de pronto cuando lo único que hago es formar sacerdotes en obediencia a la sana Tradición de la Santa Iglesia".

Rechazando el intento de Benedicto XVI de "salvar" el Concilio mediante "la hermenéutica de la continuidad", Aldo Maria Valli retoma el debate de Monseñor Lefebvre con Pablo VI, hace 45 años: "Hoy, en el año 2021, sería el momento de dejar de lado el lamentable método de 'cuadrar el círculo', es decir, el intento de justificar lo injustificable. La expresión 'hermenéutica de la continuidad' no puede utilizarse como una fórmula mágica para ocultar la realidad, y la realidad es que el Concilio llevaba dentro de sí el germen de la catástrofe que hoy tenemos ante nuestros ojos.

"La paradoja radica en que la demanda de muchos laicos de que se establezca finalmente la claridad, que se reconozcan y corrijan los errores y que la enseñanza vuelva a la tradición, es despreciada por aquello que Monseñor Athanasius Schneider llama 'la nomenclatura eclesiástica'. Precisamente los clérigos que, durante décadas, predicaron y pidieron, en nombre del Concilio, un papel protagónico para los laicos, ahora recaen en el clericalismo más vil e instan a los laicos a doblegarse, a callar. "Pero los fieles laicos", dice Monseñor Schneider, "deben responder a estos clérigos arrogantes". […]

"La verdad, como sostiene Monseñor Schneider, es que, durante el Concilio Vaticano II, 'la Iglesia comenzó a ofrecerse al mundo, a coquetear con el mundo, a manifestar un complejo de inferioridad frente al mundo". Si antes del Concilio los clérigos mostraban al mundo a Cristo y no a sí mismos, a partir del Concilio la Iglesia católica comenzó a 'implorar la simpatía del mundo' y hoy lo hace más que nunca, pero 'esto es indigno de ella y no le ganará el respeto de quienes verdaderamente buscan a Dios'".

La hermenéutica de la continuidad y la roca de Sísifo

Aldo Maria Valli habla de "cuadrar el círculo" cuando se refiere a la hermenéutica de la continuidad, y en un estudio publicado en el sitio estadounidense One Peter Five, el 21 de septiembre de 2020, Monseñor Carlo Maria Viganò -coautor de L'altro Vaticano II- la compara con la "roca de Sísifo":

"El objetivo de los defensores públicos de Vaticano II parece ser igual a la prueba impuesta a Sísifo: apenas logran, a costa de mil esfuerzos y mil distinciones, formular una solución aparentemente razonable que no afecte directamente a su pequeño ídolo, y entonces sus palabras son inmediatamente desautorizadas por las declaraciones contrarias de un teólogo progresista, de un prelado alemán, del mismo Francisco. Y así, la roca conciliar rueda nuevamente hacia el valle, donde la ley de la gravedad la atrae, allí donde es su lugar natural".

Y el prelado romano añade: "Es evidente que, para el católico, un concilio tiene de forma automática tal autoridad e importancia que acepta espontáneamente sus enseñanzas con filial devoción. Pero es igualmente evidente que la autoridad de un concilio, de los padres conciliares que aprueban sus decretos y de los Papas que los promulgan, no hace menos problemática la aceptación de los documentos que estén en flagrante contradicción con el Magisterio, o de aquellos que lo debilitan.

"Y si este problema persiste después de sesenta años -en perfecta consonancia con la voluntad deliberada de los innovadores que elaboraron los documentos e influyeron en los protagonistas- debemos preguntarnos cuál es el óbex, el obstáculo insuperable que nos obliga, contra viento y marea, a considerar por la fuerza como católico lo que no es, en nombre de un criterio que se aplica única y exclusivamente a lo ciertamente católico.

"Debe quedar claro que la analogia fidei se aplica a las verdades de la Fe, precisamente, y no al error, ya que la unidad armoniosa de la Verdad en todas sus articulaciones no puede buscar coherencia con lo opuesto. Si un texto conciliar formula un concepto herético o cercano a la herejía, no existe ningún criterio hermenéutico que pueda hacerlo ortodoxo, simplemente porque ese texto forma parte de las actas de un concilio.

"Conocemos muy bien los engaños y las hábiles maniobras que han llevado a cabo los consejeros y teólogos ultra progresistas, con la complicidad del ala modernista de los Padres conciliares. Y sabemos bien con qué complicidad Juan XXIII y Pablo VI aprobaron estas manos amigas, en violación de las normas que ellos mismos habían adoptado.

"El vicio sustancial consiste, por tanto, en haber inducido fraudulentamente a los Padres conciliares a aprobar textos equívocos -que consideraron suficientemente católicos para merecer su placet- y luego en utilizar esta misma ambigüedad para hacerles decir exactamente lo que los innovadores querían. […]

"Cabe señalar que este mecanismo inaugurado por Vaticano II ha experimentado un recrudecimiento, una aceleración, incluso un auge sin precedentes con el Papa Bergoglio, quien deliberadamente recurre a expresiones imprecisas, hábilmente formuladas fuera del lenguaje teológico, precisamente con la intención de desmantelar pieza a pieza lo que queda de la doctrina, en nombre de la aplicación del Concilio. Es cierto que para él la herejía y la heterogeneidad respecto al Magisterio son evidentes y casi descaradas; pero es igualmente cierto que la Declaración de Abu Dabi no sería concebible sin la premisa de Lumen gentium. […]

"Concluiré recordando un hecho que me parece muy significativo: si los Pastores se hubieran comprometido con la misma fuerza que la desplegada durante décadas para defender Vaticano II y 'la Iglesia conciliar', para reafirmar y defender toda la doctrina católica, o aunque solo fuera para promover el conocimiento del Catecismo de San Pío X entre los fieles, la situación del cuerpo eclesial sería radicalmente diferente. Pero también es cierto que los fieles educados en la fidelidad a la doctrina se habrían armado de horquillas para recibir las falsificaciones de los innovadores y de sus protectores".

Tal es el debate sobre el Concilio que Monseñor Brunero Gherardini (1925-2017) consideró, con justa razón, que debía abrirse necesariamente [El Concilio Vaticano II: un debate por hacer, Casa Mariana Editrice, 2009], y por lo cual se lamentó de que no se hubiera llevado a cabo [El Concilio Vaticano II: un debate que no tuvo lugar, Editions du Courrier de Rome, 2011]. Las autoridades romanas no podrán eludir este debate indefinidamente.