Benedicto XVI rompe su silencio

Abril 24, 2019
Origen: fsspx.news

El 11 de abril de 2019, el Papa emérito Benedicto XVI publicó un texto de dieciocho páginas en la revista mensual alemana Klerusblatt, en el que habla acerca de los escándalos en la Iglesia, de la grave crisis provocada por ellos, y de los ataques regulares de los que la institución eclesiástica es objeto por parte de los medios de comunicación. Benedicto XVI especifica que la publicación de este documento tiene la autorización del Secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Pietro Parolin, y del Papa Francisco.

Los méritos de este texto son innegables, en muchos aspectos. En plena tormenta, su autor intenta aclarar algunas áreas oscuras y revelar profundas disfunciones, pasadas y presentes, en la Iglesia. Es preciso reconocer un cierto valor en esto que podría parecer una especie de mea culpa. ¿Será acaso que la cercanía a la eternidad tiene algo que ver con estas consideraciones?

Un discurso criticado por los medios de comunicación

De hecho, los medios de comunicación, en sintonía con los tiempos, no se dejaron engañar, y lanzaron desde todos los flancos críticas contra un análisis que resulta molesto. A fin de desacreditar el mensaje del ex prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF) se emplean los argumentos más inverosímiles.

Hay quienes afirman que Benedicto XVI está siendo “manipulado” por sus allegados, o dudan de que él sea el verdadero autor. La pertinencia de esta publicación ha sido sumamente cuestionada. Marco Politi, conocido vaticanista progresista, no teme hablar de un panfleto, y asegura: “El Papa emérito debería haber optado por el silencio”, porque “en los momentos de mayor gravedad, sólo una voz debe ser escuchada desde lo alto, de lo contrario se corre el riesgo de sembrar la confusión”. Asimismo, expresa sus sospechas acerca de que Benedicto XVI pueda estar “influenciado por los cardenales alemanes ultraconservadores Walter Brandmüller y Gerhard Müller”, ex prefecto de la CDF, a quien el Papa argentino no renovó su mandato en 2017; dos prelados que, según él, estarían “comprometidos en una amplia maniobra de diversión para achacar los pecados de pedofilia en la Iglesia a la cultura gay y a la pérdida de la fe.”  

Ante tales reacciones, las reflexiones del Papa emérito alemán merecen analizadas tranquilamente. Estas observaciones se dividen en tres partes: el contexto social; sus consecuencias sobre los hombres de Iglesia; la búsqueda de una solución adecuada.

Primera parte: las causas

El contexto social de la liberación de las costumbres

Benedicto XVI empieza recordando que “en la década de 1960, tuvo lugar un acontecimiento de una magnitud sin precedentes en la historia. Se puede decir que en el transcurso de veinte años, de 1960 a 1980, las normas sobre sexualidad colapsaron completamente.”

Estas son las profundas causas de los abusos: la revolución liberal de los años sesenta y la implementación agresiva de una educación sexual cada vez más desenfrenada, acompañada de la irrupción de la pornografía que invadió inmediatamente las pantallas de los cines y, posteriormente, las de la televisión. Desde entonces, los defensores de la pansexualidad empezaron a alabar y promover la pedofilia.

Este análisis ha sido fuertemente cuestionado por los creadores de opinión. Sin embargo, basta con consultar el artículo titulado Apologie de la pédophilie (Apología de la pedofilia) publicado en la enciclopedia virtual Wikipedia para instruirse sobre este tema. La introducción es bastante esclarecedora: “La apología de la pedofilia se refiere al conjunto de acciones, escritos y posturas encaminados a lograr la aceptación social de la pedofilia o elogiarla. Esta tendencia existió principalmente en la época de la llamada revolución sexual, sobre todo en los años inmediatamente posteriores a 1968, como consecuencia de que algunas personas se presentaban a sí mismas como pedófilas, pero también como "simpatizantes". Distintos grupos de personas e individuos aislados intentaron presentar la pedofilia como una atracción sexual aceptable, o cuestionar los principios de la mayoría sexual o de abuso sexual de un menor. Simultáneamente, en aquella época, la pedofilia fue objeto de diversas complacencias mediáticas, políticas e intelectuales. Este movimiento nunca alcanzó un nivel de reconocimiento sostenible e importante a pesar de que, en la década de 1970, recibió el apoyo de algunos medios de comunicación y políticos de alcance limitado.”

En Francia, por ejemplo, el diario Libération ha abogado durante mucho tiempo por la flexibilización de la legislación en materia de corrupción de menores, contando con el apoyo de peticiones firmadas por personalidades como Aragon, Roland Barthes, Simone de Beauvoir, François Chatelet, Patrice Chéreau, Jacques Derrida, Françoise Dolto, Michel Foucault, André Glucksmann, Félix Guattari, Bernard Kouchner, Jack Lang, Alain Robbe-Grillet, Jean-Paul Sartre, Philippe Sollers… Daniel Cohn-Bendit, figura importante de la revolución de mayo de 1968, elogió la pedofilia, incluso con una niña de cinco años.

Benedicto XVI identifica en esta corriente nauseabunda que considera a la pedofilia como “permitida y apropiada” una de las explicaciones de la corrupción de la juventud, incluso entre toda una generación de sacerdotes, muchos de los cuales desertaron masivamente.

La revolución de la teología moral

Paralelamente tuvo lugar un “colapso” de la teología moral y de la enseñanza de la Iglesia en materia de costumbres, fruto de una verdadera revolución, nacida del desprecio consciente de la ley natural

Benedicto XVI escribe: "Hasta antes del Concilio Vaticano II, la teología moral católica se basaba en gran medida en la ley natural, mientras que las Sagradas Escrituras solo se citaban como contexto o fundamento. En la lucha del Concilio por una nueva comprensión de la Revelación, se abandonó en gran parte la opción de la ley natural, y se reclamó una teología moral completamente basada en la Biblia."

Esta confesión es importante: es un hecho que es el Concilio el que aparece como responsable del abandono de la ley natural. El análisis de Benedicto XVI reconoce este abandono, sin medir que parece constituir una ruptura con la tradición. Porque la teología moral no puede prescindir de la ley natural o apartarse de ella: la gracia no destruye la naturaleza, sino que la presupone. Querer construir una moralidad sin ella es un completo disparate (ver Nouvelles de Chrétienté, núm. 176, marzo-abril de 2019, págs. 5-9). Además, pretender contraponer la ley natural y la Revelación es una ilusión. Porque la ley natural está contenida en las Sagradas Escrituras, fuente de la Revelación, como lo muestra claramente el Decálogo. Esta ley ha sido inscrita en el corazón del hombre por Dios mismo, Autor de la naturaleza.

De esto se derivan los innumerables excesos de la nueva teología, y especialmente el relativismo moral, que Benedicto XVI denuncia justamente. De aquí se desprende también la reivindicación de independencia por parte de los teólogos frente al Magisterio, percibido como enemigo de la libertad y freno al progreso de la teología y de la humanidad. Benedicto XVI menciona varios episodios de esta disputa.

El Papa emérito intenta defenderse, y junto con él a Juan Pablo II, destacando su labor cuando era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Fue bajo su dirección que se publicó el nuevo Catecismo de la Iglesia católica, mientras que la encíclica Veritatis Splendor, a pesar de sus limitaciones, reafirmó la existencia de los fundamentos intangibles de la moral.

Los ataques contra el Magisterio de la Iglesia

Benedicto XVI menciona también la "hipótesis según la cual el Magisterio de la Iglesia  debería tener la competencia final ("infalibilidad") únicamente en cuestiones de fe". Esta hipótesis, ampliamente difundida y aceptada, tuvo como consecuencia que "las cuestiones sobre la moral no deberían incluirse en el ámbito de las decisiones infalibles del Magisterio de la Iglesia".

Si bien Joseph Ratzinger ve en esta hipótesis "probablemente algo justo", lo que le daría consistencia, defiende la existencia de una "moral mínima indisolublemente ligada al principio fundamental de la fe", sin la cual no podría existir la infalibilidad de la Iglesia y del Papa en materia de fe y de moral. Los opositores más radicales, ignorando este hecho, afirman lógicamente que "la Iglesia no tiene y no puede tener su propia moral".

La respuesta del Papa emérito es la clara afirmación de que el fundamento de toda moral es la revelación de que el hombre ha sido creado a imagen de Dios, la fe en el único Dios, y el aspecto peregrino de la vida cristiana. Viajamos hacia la patria, y la Iglesia debe proteger a los fieles del mundo.

Segunda parte: los efectos

La segunda parte de las reflexiones de Benedicto XVI muestra los estragos causados por la doble disolución de la moral cristiana y la autoridad de la Iglesia en materia de moral. Es aquí donde se esfuerza para denunciar los efectos y, al mismo tiempo, proteger al Concilio y sus reformas. Sin embargo, reconoce la insuficiencia de los medios de sanción, y de curación, que la Iglesia se dio a sí misma después del Concilio.

Ruptura de la formación en los seminarios

El ex prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que conoce a fondo el tema, aborda primero la cuestión de la formación sacerdotal, admitiendo abiertamente que "con respecto al problema de la preparación al ministerio sacerdotal en los seminarios, hay ciertamente una ruptura profunda con la forma anterior de esta preparación.” Esta ruptura en la formación permitió que, “en muchos seminarios”, se formaran clanes homosexuales, que actuando de manera más o menos abierta han transformado significativamente el ambiente de los seminarios. En un seminario del sur de Alemania, los candidatos al sacerdocio y los candidatos al ministerio laico de asistente pastoral vivían juntos. Durante las comidas comunitarias, los seminaristas y estos candidatos comían juntos, (...) estos últimos a veces acompañados de sus esposas y sus hijos, o incluso de sus novias. Era imposible que el ambiente de este seminario garantizara la preparación para la vocación sacerdotal.”

La Santa Sede estaba informada acerca de estos problemas, propagados especialmente en los Estados Unidos. Se organizaron visitas apostólicas. Esta es la única mención acerca de la homosexualidad en los seminarios. En un documento que trata sobre la pedofilia, es más de lo que pueden soportar los medios de comunicación y creadores de opinión…

Ruptura en el reclutamiento de obispos

En esta atmósfera de colapso moral, Joseph Ratzinger admite también que la aplicación del Concilio tuvo como consecuencia la elevación a la jerarquía de la Iglesia de pastores insuficientemente formados en sus tareas.

"Dado que los criterios para la selección y nombramiento de obispos también sufrieron modificaciones después del Concilio Vaticano II, las relaciones de los obispos con sus seminarios también se modificaron en gran medida. A partir de entonces, uno de los principales criterios para el nombramiento de nuevos obispos era su "conciliaridad", un término que podía tener significados muy distintos. En numerosos sectores de la Iglesia, las actitudes conciliares se entendieron como una actitud crítica o negativa hacia la tradición existente, que ahora debía ser reemplazada por una nueva relación, radicalmente abierta, con el mundo. Un obispo, que anteriormente había sido rector de un seminario, organizó la proyección de películas pornográficas a los seminaristas, para hacerlos resistentes a los comportamientos contrarios a la fe. Por todas partes, no sólo en Estados Unidos, había obispos que rechazaban la tradición católica en su conjunto y buscaban crear una especie de nueva "catolicidad", moderna, en sus diócesis.”

Detrás de esta observación se oculta la verdadera "depuración" de la que fueron víctimas los obispos apegados a la tradición, quienes fueron sistemáticamente hechos a un lado o reemplazados por un episcopado progresista comprometido con las nuevas ideas, las del Concilio y el aggiornamento, que permitían prácticamente cualquier cosa. Lo que está en juego aquí es la aplicación de Vaticano II por el Papa Pablo VI a través del nombramiento de los obispos. Un tema que merece ser profundizado.

Ruptura en la legislación canónica

Finalmente, Benedicto XVI aborda directamente el problema de la pedofilia y de la insuficiencia de los medios de represión provistos por el nuevo Código de Derecho Canónico. Este pasaje es particularmente instructivo.

"La cuestión de la pedofilia (...) se planteó hasta la segunda mitad de los años ochenta". Los obispos de Estados Unidos, donde el problema ya se había vuelto público", pidieron ayuda porque el derecho canónico, consignado en el nuevo Código (1983), parecía insuficiente para tomar las medidas necesarias. (...) Muy lentamente empezó a tomar forma una renovación y profundización del deliberadamente poco estructurado derecho penal del nuevo Código.”

En el origen de esta debilidad deliberadamente deseada, "había un problema fundamental en la percepción del derecho penal. Solo el garantismo1, fue considerado "conciliar". Por encima de todo, los derechos del acusado tenían que garantizarse, en un grado que excluyera cualquier condena. (...) El derecho a la defensa por medio de la garantía se extendió a un punto tal que las condenas eran difícilmente posibles.”  

El papa emérito justifica su labor, explicando la conducta sostenida: "Un derecho canónico equilibrado (...) no solo debe proteger al acusado (...). También debe proteger la fe (...). Pero hoy nadie acepta que la protección de la fe sea un bien jurídico.”

Debido a este garantismo, fue necesario sortear la dificultad transfiriendo las competencias de la Congregación del Clero, normalmente responsable del tratamiento de los crímenes cometidos por los sacerdotes, a la Congregación para la Doctrina de la Fe bajo el cargo de "Crímenes Mayores contra la fe". Esto permitió "imponer la pena máxima, es decir, la expulsión, que no podría haber sido impuesta en virtud de otras disposiciones legales. Para proteger la fe, fue necesario establecer un verdadero procedimiento penal, con la posibilidad de apelar a Roma.

Así, la implacable lógica del personalismo, que antepone el individuo a la sociedad y al bien común, hizo que la justicia de la Iglesia fuera prácticamente inoperante con el Código de Derecho Canónico de 1983. Desde entonces, la curia romana ha intentado sortear el obstáculo, a costa de contorsiones legales y con resultados desiguales. Un verdadero desastre…

  • 1. Obligación de garantizar a una persona el goce de sus derechos.

Tercera parte: las perspectivas

Benedicto XVI finaliza sus reflexiones intentando proporcionar algunas perspectivas de solución.

Recordar la existencia de Dios, porque una sociedad sin Dios elimina la distinción entre el bien y el mal

Dirigiéndose en este texto principalmente a los sacerdotes, los exhorta a confiar en el amor de Dios, pero también a reafirmar enérgicamente la existencia de Dios ante la faz del mundo. Hay que reconocer la intervención divina en la historia de los hombres, porque el rechazo de Dios implica la destrucción de la libertad:

"Una sociedad sin Dios, una sociedad que no lo conoce y lo trata como si no existiera, es una sociedad que pierde su sentido. Hoy en día, hemos inventado el eslogan de la muerte de Dios. Nos han asegurado que cuando Dios muere en una sociedad, ésta se vuelve libre. En realidad, la muerte de Dios en una sociedad significa también el fin de la libertad, porque Aquel que muere es la meta que nos proporciona orientación. Y porque desaparece la brújula que nos indica la dirección correcta enseñándonos a distinguir entre el bien y el mal. La sociedad occidental es una sociedad en la que Dios está ausente del ámbito público y ya no tiene nada que ofrecerle. Y es por eso que es una sociedad en la que el sentido de la humanidad se pierde cada vez más.”

Es debido a la ausencia de Dios que hay quienes han propagado la laxitud llegando hasta la pedofilia.

Benedicto XVI aprovecha también para señalar que el clero no habla lo suficiente de Dios en el ámbito público. Parece lamentar el hecho de que la Constitución europea ignore a Dios como "el principio rector de la comunidad en su conjunto". ¿Quién es el culpable de esto, si desde Vaticano II las autoridades de la Iglesia se han dedicado a destruir los Estados católicos al suprimir la invocación a Dios único y trino al principio de sus constituciones?

La cuestión litúrgica

El papa emérito continúa: no basta con recordar la existencia de Dios, sigue siendo necesario que vivamos de la Encarnación, especialmente a través de la Sagrada Eucaristía. Fiel a sus enseñanzas pasadas, hace una observación preocupante:

"Nuestra celebración de la Eucaristía no puede sino suscitar inquietud. El Concilio Vaticano II deseaba que este sacramento de la Presencia del Cuerpo y la Sangre de Cristo, de la Presencia de su Persona, de su Pasión, de su Muerte y Resurrección, retomara su lugar central en la vida cristiana y en la existencia misma de la Iglesia. (...) Sin embargo, prevalece una actitud bastante diferente. Lo que predomina no es una reverencia renovada hacia la presencia de la muerte y la resurrección de Cristo, sino una manera de tratar con Él que destruye la grandeza del Misterio. La disminución de la participación en la celebración eucarística dominical muestra lo poco que nosotros, los cristianos de hoy, sabemos acerca de la grandeza del don de su presencia real. La Eucaristía se devalúa a un simple gesto ceremonial cuando se da por sentado que la cortesía (sic) requiere que se ofrezca a todos los invitados (...).”

Estas consideraciones son realmente asombrosas, y muestran muy claramente las limitaciones del análisis del Papa emérito, que mantiene su adhesión a la reforma de Pablo VI mientras se lamenta por una liturgia que se ha vuelto banal debido a su desacralización. Más adelante volveremos a tratar este tema.

La fe en la iglesia

Finalmente, el ex Soberano Pontífice aborda el misterio de la Iglesia. Se pregunta y se lamenta acerca de los (seudo) renacimientos que no han visto un mañana. Así como acaba de explicar que Vaticano II deseaba "un retorno" del sacramento de la Eucaristía, cuyo resultado final fue prácticamente nulo, también explica que Vaticano II quería hacer de la Iglesia una realidad ya no externa, sino destinada a "despertarse en las almas". Cincuenta años más tarde, "al reconsiderar este proceso y al observar lo que sucedió", dice sin rodeos: "La Iglesia se está muriendo en las almas”. Esta declaración de un claro fracaso debería llevar a un cuestionamiento de los principios eclesiológicos del Concilio Vaticano II. Lamentablemente este no es el caso. Benedicto XVI encuentra otra explicación:

"La Iglesia hoy en día es considerada como una especie de maquinaria política [más bien habría que decir sociológica]. Se habla de ella casi exclusivamente en categorías políticas, y esto aplica incluso para los obispos, que formulan su concepción de la Iglesia del mañana prácticamente en términos políticos. La crisis, provocada por tantos casos de abuso clerical, nos obliga a considerar a la Iglesia como algo casi inaceptable, cuyas riendas hay que tomar para reconfigurarla. Pero una Iglesia hecha a sí misma no puede constituir una esperanza.”

Siempre habrá cizaña entre el trigo bueno en el campo del Señor, y peces malos junto a los buenos en las redes de pesca de la Iglesia. Y concluye con una hermosa aplicación de un pasaje del Apocalipsis (12, 10) donde se presenta al diablo como "el acusador de nuestros hermanos", como lo hizo con Job acusándolo ante Dios.

"El Dios creador se enfrenta al diablo que habla mal de toda la humanidad y de toda la creación. Le dice, no solo a Dios, sino especialmente al mundo: Miren lo que este Dios ha hecho. Supuestamente una buena creación, pero en realidad está llena de miseria y disgusto. (...) El demonio quiere probar que Dios mismo no es bueno, y así alejarnos de Él. (...) Hoy, la acusación contra Dios radica principalmente en describir a su Iglesia como totalmente mala, alejándonos de ella. La idea de una Iglesia mejor, creada por nosotros mismos, es en realidad una propuesta del diablo, con la que busca alejarnos del Dios vivo, a través de una lógica embaucadora por la cual somos engañados fácilmente. No, ni siquiera hoy en día la iglesia está compuesta únicamente de peces malos y hierbas malas. La Iglesia de Dios también existe hoy, y sigue siendo el instrumento por el cual Dios nos salva. Es muy importante oponerse a las mentiras y verdades a medias del demonio con toda la verdad: sí, hay pecado y mal en la Iglesia. Pero incluso hoy en día, sigue existiendo la Santa Iglesia, que es indestructible.”

Aunque este hermoso pasaje es muy consolador, no debe ocultar la realidad de la crisis provocada por las doctrinas nocivas que son propagadas a diestra y siniestra por los malos pastores.

Comentario

Un análisis limitado

El diagnóstico realizado por Benedicto XVI, aunque severo y aparentemente lúcido, permanece, sin embargo, en la línea sintomática: describe la enfermedad por aquello que la manifiesta, se remonta a algunas de sus causas, pero es incapaz de identificar las causas profundas y verdaderas, o de nombrar la enfermedad misma. La consecuencia de esto es que solo puede ofrecer cuidados paliativos, que, como todos sabemos, solo alivian los síntomas de una enfermedad sin actuar sobre su causa.

Es cierto que la revolución liberal ha afectado profundamente  la sociedad en la que vivimos, y ha dañado las conciencias. Pero esta revolución fue concomitante al Concilio, que se había dado a sí mismo la misión de "escudriñar los signos de los tiempos" para responder a las aspiraciones del mundo. Al hacerlo, la Iglesia se embarcó en una vorágine de reformas que arrastró tanto a los fieles como a los pastores.

Mientras que el lema del movimiento de mayo del 68 decía “dejemos atrás el pasado, y hagamos borrón y cuenta nueva", el Concilio Vaticano II ya había adoptado este espíritu buscando hacer “borrón y cuenta nueva” a la tradición. Este espíritu está muy presente en varios textos del Concilio, como Dignitatis Humanae, Unitatis Redintegratio, Gaudium et Spes, así como en las diversas declaraciones de clausura. Esta revolución se ha manifestado de muchas maneras, especialmente en los seminarios. La juventud clerical y religiosa ha sido contaminada por el ambiente de un mundo materialista, ateo y licencioso.

Asimismo, la revolución de mayo del 68 afirmaba "Está prohibido prohibir". La socavada teología moral ha repetido este eslogan abogando por el relativismo y rechazando la regulación por parte del magisterio.

Los síntomas son evidentes. Pero Benedicto XVI se niega a encontrar las causas en el Concilio y sus reformas, en nombre de esta interpretación parcial propugnada por él: la famosa "hermenéutica de la ruptura" a la que opuso una "hermenéutica de la continuidad" que pretendía exonerar a Vaticano II y al subsiguiente magisterio de toda responsabilidad.

Responsabilidades abrumadoras

En estos tiempos tan turbulentos, desde los años sesenta hasta hoy, es preciso afirmar que la autoridad no ha actuado de manera efectiva, lo cual es un signo de debilidad trágica o de complicidad. Pero ¿no fue acaso “San” Pablo VI quien dirigió la barca de Pedro en ese momento? ¿Este “santo” fue débil a tal grado, o fue cómplice?

Cuando un efecto se observa con regularidad, manifiesta una causa. Querer limitarla a una hermenéutica es insuficiente. La inducción debe llevarse a cabo hasta el final y hay que tener el valor de remontarse a los gérmenes que se encuentran en el Concilio, so pena de renunciar al principio de causalidad.

Más aún cuando las medidas tomadas para tratar de resolver el problema manifiestan, a su vez, esta causa que prospera, como un foco infeccioso. El Papa emérito se ve obligado a reconocer la insuficiencia del nuevo Derecho Canónico y su incapacidad para resolver problemas. ¿Pero quién promulgó este Código? ¿Y quién se vio forzado posteriormente a elaborar soluciones de emergencia en sí mismas insuficientes? ¿No fue acaso "San" Juan Pablo II?

¿Y de dónde proviene esta insuficiencia? Del principio de libertad moderna, aplicado a través del personalismo a toda la legislación de la Iglesia, volviéndola inefectiva. Fue la autoridad misma la que se ató las las manos al proclamar que ya no quería condenar, como lo demuestran los discursos de Juan XXIII en la apertura del Concilio y de Pablo VI en su clausura.

La ceguera respecto al carácter nocivo de la reforma litúrgica es casi caricaturesca. El Papa emérito defiende las buenas intenciones del Concilio y sus hermosos logros. Pero, en seguida, reconoce que el resultado es catastrófico, aunque tiene mucho cuidado de no llegar a la conclusión que se impone. El hecho de que los obispos vean a la Iglesia únicamente de manera política o sociológica no lo hace cuestionar la calidad de la nueva eclesiología transmitida por Lumen Gentium.

Es por esto que sus propuestas de corrección, a pesar de tener un cierto valor paliativo, no podrán erradicar la enfermedad. Como dijo Monseñor Lefebvre, el modernismo es una especie de SIDA espiritual propagado en la Iglesia, que debilita el organismo al privarlo de sus defensas. Aquellos que se ven afectados por esto ya no tienen la fuerza necesaria para reconocer al agresor y poner en práctica los medios apropiados para eliminarlo. Solo la restauración de todas las cosas en Cristo, a través de la fidelidad de la Iglesia a su propia tradición, a sus ritos sacrosantos, a su doctrina revelada, a su moral perfecta y a su disciplina centenaria, podrá enderezar la barca de Pedro y limpiar a nuestra Santa Madre de las afrentas que la desfiguran desde hace tanto tiempo.