Carta del Padre Pagliarani sobre la importancia de la Tercera Orden de la FSSPX

Noviembre 16, 2020
Origen: fsspx.news

El Superior General de la Fraternidad San Pío X, el Padre Davide Pagliarani, escribe a los fieles y amigos de la FSSPX sobre la importancia de la Tercera Orden en la actualidad:

Queridos fieles y amigos de la Fraternidad San Pío X,

Esta carta está dirigida a todos aquellos que aspiran a la santidad; a todos aquellos que buscan un camino fácil y una ayuda eficaz para llegar al Cielo; a todos los católicos que aman sinceramente a la Fraternidad San Pío X y que quieren estar más unidos a ella. Sobre todo, está dirigida a todas las almas sinceras que aman a Nuestro Señor y que quieren demostrárselo dándole "algo más".

En este caso, no estoy hablando del sacerdocio, ni de la vida religiosa, sino de otro medio que la Iglesia da a los fieles para ayudarles: la Tercera Orden. Todas las grandes órdenes religiosas tienen una Tercera Orden, y si Monseñor Lefebvre quiso fundar una para la Fraternidad, fue porque lo consideraba un poderoso medio de santificación.

La Tercera Orden es una de las "ramas" de la Fraternidad. Por tanto, ser miembro de la Tercera Orden significa pertenecer a la familia de la Fraternidad, en la misma medida que los sacerdotes, hermanos u oblatas. Significa entrar en su vida, en su combate, en sus alegrías y preocupaciones; significa apoyar a todos los otros miembros a través de la propia fidelidad y, a su vez, ser ayudado por todos cuando la lucha se vuelve agotadora y falta el coraje. Este es, en definitiva, el dogma de la Comunión de los Santos, tan hermoso y consolador, ¡vivido todos los días!

Este 1 de noviembre de 2020, fiesta de Todos los Santos, se cumplen exactamente cuarenta años desde que nuestro fundador escribió la Regla de la Tercera Orden de San Pío X. Al igual que su vida, esta regla es discreta y concisa, pero sumamente rica y profunda; y si se sigue fiel y generosamente, traza un camino claro hacia la santidad.

Al leerla, descubrimos que no exige nada extraordinario, nada que sea muy difícil, nada que asuste: oración matutina y vespertina, rezo del rosario, asistencia a Misa, algunos días de ayuno y abstención de actividades de esparcimiento moralmente peligrosas. ¿No es esta la vida normal del cristiano, a la que se comprometió desde su bautismo?

Sin embargo, se podría objetar: ¿Una Tercera Orden no está reservada para una élite, para aquellos que están avanzados en la vida espiritual? Esto incluso podría hacernos llegar a pensar legítimamente: ¡La Tercera Orden no es para mí!

Si acaso la Tercera Orden está reservada para una élite, es una élite de amor. Lo que la hace tan grande y, al mismo tiempo, fácilmente accesible, es que el espíritu que la anima no es diferente del de la Iglesia misma, del Corazón de Nuestro Señor: un espíritu de amor por Dios y por las almas. Y la llama de este amor arde, se reaviva y se mantiene viva simplemente al pie del altar, por la asistencia al sacrificio de la Misa con un corazón ardiente, atento, generoso.

Por tanto, la Tercera Orden está abierta a todos, grandes y pequeños (a partir de los doce años, si los padres lo autorizan), fuertes y débiles, fieles y pecadores: siempre y cuando estén dispuestos a amar a Aquel que los ama con un amor tan grande que descendió del Cielo para subir al Calvario y morir en la Cruz.

Son muchos los beneficios de los que gozan los miembros de la Tercera Orden. El primer beneficio es su propia santificación: participando en el tesoro espiritual de la Fraternidad, en todas las riquezas sobrenaturales adquiridas por los miembros, reciben personalmente una mayor abundancia de gracias. Cada Misa celebrada diariamente en todo el mundo, cada oración recitada, los sacrificios y los méritos de todos; todo esto les pertenece y pueden beneficiarse libremente de ello.

Pero eso no es todo: cada terciario goza del inmenso consuelo de poder ayudar directamente a la Fraternidad en su apostolado, en su combate: a través de los esfuerzos realizados diariamente para cumplir sus compromisos, y mediante las oraciones y sacrificios que ofrece a Dios, aumenta este tesoro espiritual y sostiene poderosamente a la gran familia de la que forma parte.

¡Cuánto deben animarlos todas estas consideraciones, queridos fieles, a comprometerse con este humilde ejército de la Fraternidad tan querido al corazón de Dios! Su quincuagésimo aniversario, que hoy celebramos, es una magnífica oportunidad para dar el paso y decidir personalmente, o incluso en familia, alistarse ardientemente bajo la bandera de Cristo Rey. "Dominus Rex noster, ipse salvabit nos! El Señor es nuestro Rey, Él es quien nos salvará" (Antífona de las Vísperas de Cristo Rey). Consulten con los sacerdotes de sus prioratos: ellos les explicarán cómo inscribirse para convertirse en terciarios de la Fraternidad.

¡Qué alegría para el Corazón de Dios, qué apoyo para la Iglesia, qué honor para ustedes y qué ayuda para la Fraternidad, si este año llegaran muchos miembros nuevos, y si todos los miembros antiguos se volvieran más fervientes y más santos! Este es uno de mis deseos más encarecidos. Lo encomiendo al Corazón ardiente de Nuestro Señor Jesucristo, y les agradezco su generosidad.

Muy gustosamente los bendigo a todos

Menzingen, 1 de noviembre de 2020

Don Davide Pagliarani, Superior General

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