Coronavirus: entre la ciencia y la ficción

Marzo 16, 2020
Origen: fsspx.news

Cuento para los tiempos de epidemia

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Al principio, los hombres pensaron que podían afrontarlo. El virus, primero llamado coronavirus, y luego Covid-19 o SARS-CoV-2, parecía estar limitado a China. Los expertos advirtieron en televisión que solo los países con sistemas de salud precarios corrían el riesgo de sufrir una hecatombe. Además, al principio, el número de muertes era de algunos cientos. O unos pocos miles. Pero, en China, no había nada alarmante al respecto.

Europa cambió su actitud cuando se registraron los primeros muertos en Italia, luego en Francia, en España y en casi todo el continente. Entonces la Organización Mundial de la Salud empezó a hablar de una pandemia. Cuando la enfermedad llegó a todos los países y continentes, fue el colapso. Las bolsas de valores terminaron por suspenderse, ya que toda actividad económica había cesado. Todo se detuvo, con excepción de los sectores de la salud y la alimentación. Escuelas y universidades, clubes deportivos y museos, cerrados país por país. En Francia, incluso los chalecos amarillos terminaron evacuando las últimas rotondas. Una manifestante, que distribuía café a los conductores que tocaban la bocina para demostrar su apoyo, murió a causa de la enfermedad.

Las iglesias también fueron cerradas, y  las reuniones prohibidas. En ese momento, se creía que estas medidas serían suficientes, y tan pronto como se alcanzara un cierto pico en la epidemia, la parte más difícil habría terminado y todo volvería a la normalidad.

La democracia fue más fuerte que el virus

Ya en mayo de 2020, los analistas anunciaban una recuperación explosiva, un auge económico nunca visto por la humanidad. Los especuladores estaban desconcertados. Los gobiernos sacaron a la luz sus proyectos, ya que los parlamentos pronto podrían volver a reunirse para aprobar nuevas leyes.

Los ancianos, muchos de los cuales habían muerto en geriátricos cerrados a cal y canto y acordonados, sin haber podido ver a sus familias o recibir una visita del sacerdote, pronto podrían beneficiarse del uso de la eutanasia o el suicidio asistido sin restricciones. Una "píldora sin mañana" pronto estaría disponible, y garantizaría un final de vida tranquilo y cómodo para todos aquellos que así lo quisieran.

En cuanto a las mujeres, el derecho al aborto se consagraría en la constitución. La interrupción del embarazo hasta el noveno mes en caso de vulnerabilidad psicológica o social de la madre - o el padre - parecía ser un logro tanto necesario como valioso. Una ley de protección a las libertades individuales contemplaba el cese de toda asistencia social para los opositores. Se impondrían penas de prisión a quienes persistieran en defender el orden natural y divino.

El presidente francés, Emmanuel Macron, anunció el 14 de julio un gran resurgimiento europeo con sus aliados italianos, españoles, belgas y alemanes. A partir de ese momento, un sistema único de salud, pero también de seguridad y defensa, surgiría en la Unión. También empezó a contemplarse la posibilidad de un sistema impositivo europeo, así como un salario mínimo garantizado, independientemente de la nacionalidad u origen. Los jefes de estado europeos incluso anunciaron la inminente integración de Turquía en la Unión Europea. La fecha, fijada para el 24 de julio de 2023, correspondía al centenario del Tratado de Lausana. Pero a principios de septiembre de 2020 tuvo lugar el terrible colapso.

¿El virus de Malta?

El pico alcanzado en abril de 2020 no lo fue realmente. Es cierto que el número de personas infectadas parecía haberse detenido. También el de los muertos. Se creía que la parte más difícil había terminado. Los mercados bursátiles empezaban a reanudar actividades y los gobiernos trabajaban para reactivar la mayoría de los sectores económicos. El del turismo anunció un aumento drástico en las reservaciones. Las compañías de aviación, muchas de las cuales habían desaparecido en la tormenta, empezaban a mejorar.

Por otro lado, las residencias para ancianos habían expresado su preocupación debido a la gran cantidad de lugares vacantes. Afortunadamente, un congresista encontró la solución: toda persona mayor a 65 años que fuera ingresada en un hogar para ancianos recibiría la oferta de un cheque de solidaridad laboral que permitiría una reducción de impuestos durante diez años tanto para ellos como para la persona de su elección. Las residencias para jubilados (ya no se utilizaba la palabra ancianos) empezaron a recibir un sinfín de solicitudes. 

Pero el Covid-19 regresó. Debido a los cambios estacionales y a su propagación en el hemisferio sur, el virus mutó. El primero en percatarse de este hecho fue el Instituto Pasteur de París. Las esperanzas de conseguir una vacuna rápidamente desaparecieron con la misma velocidad. A decir verdad, nunca se supo la causa de esta mutación. Circulaban todo tipo de teorías. Un obispo inglés creía que se trataba de un complot del Mossad. Los estadounidenses denunciaron una operación del Partido Comunista chino. Se creyó, por un momento, que los eritreos que pasaron por la isla de Malta para ser recibidos en el Vaticano fueron la fuente del desastre. Pero el Papa intervino para denunciar el regreso de las ideologías populistas y descartar esta tesis racista y visiblemente conspirativa.

El hecho es que el virus resultó ser mucho más mortal. Ahora toda la población estaba infectada. La tasa de mortalidad seguía siendo mayor entre los ancianos, pero las personas de todas las edades estaban preocupadas. Los niños también. No había una sola familia que no estuviera de luto.

Mucho más que en marzo, todo cayó en un colapso total. La policía, cuyas filas fueron diezmadas por la enfermedad, dejó de salvaguardar el orden fuera de las grandes ciudades y las instancias estatales. La desolación se extendía por todas partes, y las primeras hambrunas aparecieron en continentes que no las habían vivido desde las grandes guerras.

El gobierno chino, que había celebrado oficialmente la victoria sobre el virus el 4 de mayo, durante el Día de la Juventud, aceptó la realidad al final del verano, después del monzón. La reanudación del comercio había vuelto a importar la enfermedad que, esta vez, dejaba tras de sí millones de víctimas. El 1 de octubre, Día Nacional de la República Popular de China, se registraron 11,237 muertes solo en la ciudad de Beijing. Una cifra récord.

La catástrofe

El mundo estaba paralizado. La humanidad agonizaba. Escenarios considerados cosa del pasado y dignos de los siglos del oscurantismo medieval tenían lugar por todas partes, esta vez reales. Los convoyes de alimentos, incluso escoltados por el ejército, eran asaltados. Las farmacias y los hospitales, incluso custodiados por guardias armados, eran atacados diariamente. Hubo saqueos y disturbios.

Los levantamientos más sangrientos estallaron en Francia. Al menos fueron los más mediatizados alrededor del mundo. Comenzaron en el instante en que el rector de la gran mezquita de París declaró, durante una predicación el viernes, que los bienes de los infieles pertenecían de derecho a los musulmanes piadosos y misericordiosos. El Vicario General de la diócesis de París, a su pesar, atizó el fuego al invitar a los fieles católicos a compartir sus propiedades "abriendo sus corazones a los extranjeros". Causó una gran conmoción cuando apareció en la televisión, pregonando, con una voz completamente inexpresiva: "¿Haremos en nuestra mesa un poco de espacio para el extranjero?" ¿Encontrará, cuando venga a nosotros, un poco de pan y de amistad?" Esa misma noche, hordas furiosas saquearon el arzobispado.

Ampliamente difundidos por los medios de comunicación, estos terribles días - hubo dos semanas de disturbios en la capital francesa, que causaron varias decenas de miles de muertes - provocaron episodios igualmente violentos en la mayoría de las ciudades europeas. Desde Berlín hasta Nápoles, desde Lisboa hasta Viena, todas las ciudades experimentaron revueltas y escenas terribles. Bruselas ardió durante tres días. Incluso hoy, es imposible calcular una cifra exacta de los millones de víctimas de la pandemia global, afectadas por ella directa o indirectamente. Cabe señalar que los periodistas, quienes a causa de sus viajes propagaban el virus, pagaron un alto precio y murieron masivamente, a veces infectados, a veces linchados por la población indignada. Sin ellos, el mundo se volvió ciego y sordo.

El Papa Francisco partió al exilió en Navidad y, como un nuevo Papa Clemente, fue recibido en África ecuatorial, la única región protegida de la epidemia. Instaló la sede de Pedro en Yamoussoukro, Costa de Marfil. A pesar de la canonización de Félix Houphouët-Boigny, las autoridades políticas se negaron a aceptar a los millones de refugiados que intentaban cruzar el mar Mediterráneo desde Europa. Por unanimidad, la Unión Africana denunció un neocolonialismo inaceptable. El mariscal Haftar, maestre de Libia, comenzó los bombardeos desde Trípoli para hundir las embarcaciones procedentes de Marsella, Lampedusa y Creta. El expresidente Sarkozy declaró que los pueblos negros finalmente habían logrado hacer historia.

El colapso

Fue necesario esperar dos largos años. Las ciudades terminaron por vaciarse. El regreso a la tierra había sido particularmente caótico, ya que todos querían aislarse en sus propias granjas. Al menos la gente ya no se moría de hambre. Pero la escasez abundaba.

Circulaban todo tipo de rumores. Se decía que América del Sur era solo un cementerio al aire libre. El virus había desarrollado una forma singularmente maligna que mataba a los infectados en unas pocas horas. Las víctimas morían asfixiadas, postradas y retorciéndose por el dolor.

Irán había perdido la mitad de su población. El régimen de los mulás se había derrumbado. Moscú era ahora responsable del orden público en Teherán, pero el presidente turco, Recep Erdogan, aprovechó la oportunidad para invadir Siria y masacrar a los kurdos. Israel ocupó nuevamente el sur del Líbano y todo el Golán hasta la llanura de Damasco.

En los Estados Unidos, la epidemia, que durante un tiempo parecía estar contenida, golpeó al país con toda su fuerza en el verano de 2021. Una parte de la opinión pública culpaba de esto al nuevo presidente, Joe Biden. Su decisión de abrir las fronteras con México y destruir "el muro de la vergüenza" había provocado una gran conmoción. Sin embargo, parece ser que el final del embargo impuesto a Cuba, donde el virus se propagó rápidamente a pesar de las negaciones oficiales, fue la verdadera causa del resurgimiento de la epidemia.

Bernie Sanders, candidato a las elecciones primarias demócratas no electo, contrajo la enfermedad durante una visita a Varadero. Llevó la enfermedad a su ciudad natal, Burlington, donde, después de una agonía rápida, murió en un lúgubre estertor. Este fue el origen de la epidemia, que fue particularmente virulenta en Vermont. De ahí se extendió a Montreal. El primer ministro Justin Trudeau, que acababa de perder a su esposa, no quiso cerrar las fronteras.

La esperanza

El rumor más descabellado comenzó a extenderse en la primavera de 2022. Para sorpresa de todos, por fin se había encontrado un remedio. Los grandes laboratorios farmacéuticos, lanzados en una carrera frenética, no habían logrado encontrar una vacuna apropiada. Pero se informó que, en Oriente, un investigador aislado disponía de un tratamiento verdaderamente efectivo, no solo capaz de inmunizar a los enfermos mediante la producción de anticuerpos, sino también de eliminar los agentes patógenos. Tenía la intención de compartirlo con todos los que acudieran a él.

A pesar de los riesgos (la inseguridad reinaba en todas partes) y las imprecisiones sobre dónde encontrar exactamente a este brillante investigador, todos los que pudieron se pusieron en marcha de inmediato. No faltaron las burlas. Las prohibiciones de realizar viajes y reuniones desanimaron a más de uno. Entusiasmados, los "peregrinos de la salud", así los habían apodado, acudieron en grandes multitudes a Oriente, con el corazón oprimido y lleno de esperanza. No quedaron decepcionados. El remedio, sumamente simple, producía la curación instantánea de los enfermos y la protección inmediata para aquellos que aún estaban sanos.

Bastó con regresar a casa, tocando a tantas personas como fuera posible, a través de una especie de contaminación inversa, una epidemia sagrada que brindaba salud a los cuerpos y consuelo para todos. La humanidad estaba emergiendo de la pesadilla. La epidemia del Covid-19 o SARS-CoV-2 había terminado. El mundo había sido salvado.

Epílogo: regreso a la realidad

El coronavirus es infinitesimalmente más pequeño que un grano de arena. Pero es suficiente para poner de rodillas a toda la humanidad. Invisible y engañoso, representa una amenaza tan terrible como las guerras. Universal, es capaz de provocar el colapso de las economías, la interrupción de las actividades y las comunicaciones, sin mencionar el pánico y el desenfreno de las pasiones. Puede precipitar a la raza humana en el caos y la guerra de todos contra todos. La solución es encontrar una vacuna. Ante la epidemia, el remedio es absolutamente necesario para la salvación de la humanidad.

¿Qué pasa con las almas y su salvación eterna?

Dios creó al hombre para conocerlo, amarlo y servirlo. Abandonada a sí misma, la humanidad está hoy monopolizada por los bienes terrenales y se considera todopoderosa para superar los límites y cambiar, si es posible, hasta la misma naturaleza humana.

Cual gigantes de barro, los hombres vacilan. Quieren legalizar a toda costa la eutanasia para deshacerse de los ancianos y los enfermos, y helos aquí obligados a tomar medidas para proteger a los ancianos y a las personas más vulnerables. Atacan a los más débiles, a los bebés en los vientres de sus madres, así como a los niños a quienes les inculcan mentiras ideológicas desde una edad muy temprana, y resulta que el coronavirus respeta precisamente a los más pequeños.

¿Quién proporcionará a los hombres el remedio a su falta de fe, ceguera espiritual y endurecimiento del corazón?

La Imitación de Cristo señala cuál es este remedio y cómo puede recuperarse la humanidad ciega y pecadora: en la Misa, el Salvador de los hombres ofrece incesantemente el precio de nuestra redención. Jesús Hostia, es Dios encarnado, inmolado y resucitado para nuestra salvación:

"Si este sacramento santísimo fuera celebrado solamente en un determinado lugar y por un solo sacerdote en todo el mundo, ¡piensa qué gran deseo tendría toda la gente en acudir a aquel lugar y a aquel sacerdote, para verlo celebrar los divinos misterios! Pero, hoy, son muchos los sacerdotes y Cristo es inmolado en muchos lugares, para que, cuanto más se halla difundida en el mundo la sagrada comunión, tanto mayores aparezcan la gracia y el amor de Dios hacia la humanidad. Gracias, buen Jesús, Pastor eterno, porque, con tu precioso Cuerpo y con tu Sangre, te dignaste alimentarnos a nosotros, pobres y desterrados; gracias por habernos invitado a recibir estos misterios con las palabras salidas de tus labios: 'Venid a mí todos los que estáis cansados y oprimidos, y yo os aliviaré'" (Imitación de Cristo IV, 1).

Padre Christian Thouvenot