Doctrina cristiana: el significado de la Iglesia (2)

Septiembre 20, 2019
Origen: fsspx.news

Debemos creer en la Iglesia

La Iglesia, a la que hemos sido incorporados por el bautismo como miembros de Cristo, es un objeto de fe que no puede reducirse a un análisis superficial, estadístico o sociológico.

El elemento cuantitativo no puede explicar la profunda realidad de la Iglesia. Del mismo modo, un enfoque demasiado jurídico de una sociedad gobernada por leyes y ritos no puede reflejar su naturaleza espiritual, ya que la Iglesia, como el Cuerpo Místico de Cristo, se basa en este vínculo misterioso que une personalmente a cada alma con Cristo y reúne en Él, como miembros de un mismo cuerpo, a todos los hijos de Dios.

Una sociedad visible cuya realidad es espiritual

La Iglesia es esencialmente una realidad espiritual. Sin duda, se concreta ante nuestros ojos mediante realidades visibles. La jerarquía eclesiástica, los sacramentos, las formas dogmáticas, las leyes e instituciones eclesiásticas, todo este conjunto de realidades visibles son una parte integral de la constitución de la Iglesia de Cristo. Donde están estas realidades, está la Iglesia de Cristo, idéntica a la Iglesia católica. A través de ella se propaga la acción de Dios y de Cristo, su cabeza, su jefe invisible.

No debemos soñar con una Iglesia puramente espiritual e incorpórea que ignora estas realidades carnales. Quedando así deshumanizada, se volatilizaría. Porque Cristo fundó su Iglesia sobre Pedro y sus sucesores. Puso a la cabeza de su Iglesia a los Doce, quienes se continúan en la jerarquía actual. Fue Cristo quien concedió a los Doce y a sus sucesores el poder de enseñar y gobernar su Iglesia. Fue Él quien instituyó los sacramentos a través de los cuales santifica a los miembros de su Iglesia y los une.

El Padre jesuita Yves de Montcheuil explica cómo únicamente por la fe podemos comprender las realidades invisibles y espirituales que pasan a través de las realidades visibles a las que están vinculadas:

"Los judíos incrédulos vieron a Cristo, lo escucharon, es decir, comprobaron la existencia de lo que había de visible en Él. Sin embargo, no se puede decir que creyeron en Cristo, que conocieron a Cristo, que realmente sabían quién era Él: porque vieron en Él solo un hombre entre el resto de los hombres. Solo los discípulos fieles que creyeron que Cristo era el Verbo hecho carne, el Hijo de Dios encarnado, lo conocieron verdaderamente; solo ellos tenían derecho a decir que sabían quién era Él.

"Del mismo modo, los no creyentes pueden comprobar la existencia de esta sociedad llamada Iglesia católica: al verla únicamente como una sociedad humana, no la conocen. Porque no la consideran una realidad sobrenatural que, aunque tiene un cuerpo, no se reduce a este cuerpo. Los que tenemos fe, debemos acostumbrarnos a ver siempre a la Iglesia como una realidad espiritual y sobrenatural que se manifiesta a través de un cuerpo. Este cuerpo, este elemento visible forma parte de ella misma: es indispensable para su existencia y su acción, así como el Cuerpo de Cristo fue esencial e indispensable para Él. Pero la Iglesia no es solo eso. Además, así como aquello que le da su sentido a la humanidad de Cristo es su unión con el Verbo, de modo que no se puede decir que aquel que conoce a Cristo solo como hombre lo conoce realmente, ni siquiera en parte, sino que lo desconoce por completo; igualmente, quien ve a la Iglesia únicamente como aquello que puede definirse como su realidad sociológica o jurídica, es decir, la organización externa por la cual se asemeja en cierto modo a otras sociedades humanas, no la conoce, ni siquiera en parte, sino que la desconoce por completo" (Padre Yves de Montcheuil, Aspects de l'Eglise, Cerf 1949, pp. 17-18).

Por lo tanto, así como los judíos incrédulos no comprendieron la realidad de Cristo, Dios verdadero y Hombre verdadero, y desconocieron al Hijo de Dios, a pesar de que sabían de su existencia, de igual forma, reducir a la Iglesia únicamente a sus aspectos puramente visibles y elementos humanos es desconocerla completamente.

Ignorar el aspecto espiritual e invisible de la Iglesia es convertirla en un cadáver, en un cuerpo sin alma, desfigurarla, y hacer a un lado el remedio y el antídoto contra el desánimo o las reacciones muy humanas ante las insuficiencias del hombre y la traición de los clérigos.

Padre Gaston Courtois, Le Sens de l'Eglise, Fleurus, París, 1950.