El acto supremo del sacerdocio de Cristo: el sacrificio de la Cruz

Febrero 13, 2020
Origen: fsspx.news

El análisis del sacerdocio de Jesucristo presentado en un artículo anterior nos conduce naturalmente a la contemplación del acto supremo del Sumo Sacerdote de la Nueva Ley: el sacrificio de la Cruz.

Este análisis es importante en vista de las reacciones suscitadas por nuestra reseña del libro que Benedicto XVI coescribió con el cardenal Sarah, en la cual señalamos que Joseph Ratzinger se basó en una concepción errónea del sacerdocio y de la misa incompatible con las enseñanzas del Concilio de Trento y de Santo Tomás de Aquino.

¿Qué es un sacrificio?

Los teólogos suelen hacer una distinción entre el sacrificio en sentido amplio y en un sentido literal.

- En sentido amplio, el sacrificio es cualquier obra buena realizada en reverencia a Dios. Puede ser un acto puramente interno, de acuerdo con lo que dice el salmo 50: "el sacrificio a Dios es un espíritu quebrantado", o también externo: "el que hace misericordia, ofrece un sacrificio" (Eclo. 35, 4).

- En sentido literal, el sacrificio es definido por Santo Tomás como la oblación de una cosa sensible (1) hecha solo a Dios para atestiguar su dominio supremo y nuestra sumisión (2), mediante un cierto cambio operado en la ofrenda (3), y por un ministro legítimo que es propiamente sacerdote (4) (SummaTeológica, II-II pregunta 85, artículos 1 a 4).

Los diversos elementos del sacrificio

El sacrificio comprende una serie de elementos, todos necesarios para determinar lo que es un sacrificio en sentido literal.

Primero debe haber una oblación

Este elemento es común a cualquier sacrificio, tanto en sentido amplio como en sentido literal. Ciertamente, señala Santo Tomás de Aquino, no todas las oblaciones son un sacrificio. Sin embargo, en el sacrificio, la oblación interna es más importante que lo que se hace externamente, al grado de que este signo externo no tendría ningún valor religioso si se realizara sin una oblación interna.

La oblación concierne una cosa sensible

Como enseña Santo Tomás: "Conviene que el hombre se sirva de cosas sensibles para expresar algo, porque el conocimiento proviene de los sentidos. Y es la razón natural la que guía al hombre en el uso de ciertas cosas sensibles para ofrecerlas a Dios, como signo de sumisión y del honor que le debe, asemejándose con tal proceder a quienes ofrecen algo a sus señores en reconocimiento de su señorío". Por lo tanto, lo sensible es la causa material.  

De esto se deduce que el sacrificio externo, en su calidad de externo, es un signo, ya que el sacrificio interno es una acción moral que procede de la virtud de la religión. Santo Tomás retoma aquí las palabras de San Agustín en La Ciudad de Dios: "Todo sacrificio visible es el sacramento de un sacrificio invisible, es decir, es un signo sagrado". Por lo tanto, el signo externo solo es válido en la medida en que manifiesta o significa el acto interno. De lo contrario, querer apoyarse únicamente en signos externos equivale a fariseísmo, a una apariencia de religión.

La cosa sensible se ofrece solo a Dios

El sacrificio es un acto de adoración debido únicamente a Dios. "El sacrificio que se ofrece externamente entraña el sacrificio espiritual interno, por el cual el alma se ofrece a Dios. (...) El alma se ofrece a Dios en sacrificio, como al comienzo de su creación y al final de su beatificación. Ahora, según la verdadera fe, solo Dios es el creador de nuestras almas, y nuestra beatitud consiste solo en Dios. Así como debemos ofrecer un sacrificio espiritual solo a Dios, también debemos ofrecer sacrificios externos solo a Él" (Santo Tomás, op. cit., Artículo 2).

Se debe un honor especial de adoración a la excelencia suprema de Dios, y eso es lo que expresa el sacrificio. Por lo tanto, el sacrificio es eminentemente un acto de religión, cuyos fines expresados ​​en un rito consisten en:

- Manifestar el dominio soberano de Dios sobre todas las cosas;
- Manifestar la sumisión total del hombre a Dios;
- Manifestar nuevamente que Dios no necesita de las criaturas (el holocausto en particular);
- Expresar la solicitud de expiación por los pecados.

Debe operarse un cierto cambio en la ofrenda

Santo Tomás emplea palabras generales ya que habla de todo tipo de sacrificios, incluso no sangrientos. Para mostrar que el sacrificio es un acto especial de la virtud de la religión, distinto de la simple oblación, dice: "Llamamos propiamente sacrificios a las ofrendas hechas a Dios cuando sobre ellas recae alguna acción: como matar los animales, partir el pan, comerlo o bendecirlo. Esto es lo que significa la palabra sacrificio, pues sacrificar, etimológicamente, es hacer algo sagrado (sacrum-facere). En cambio, al acto de ofrecer alguna cosa a Dios, sin practicar sobre ella acción alguna, es lo que llamamos directamente oblación. En este sentido, se habla de ofrecer sobre el altar dinero o panes sin ningún rito especial. De esto se deduce que todo sacrificio es oblación; pero no toda oblación es sacrificio. Es necesario que las ofrendas hechas sufran un cambio, y es este cambio lo que caracteriza el sacrificio cultual".

El sacrificio debe ser realizado por un ministro legítimo

El sacrificio es un acto especial de la religión, no solo interno y externo, sino público, es decir, ofrecido no solo para el oferente sino para el pueblo. También debe ser ofrecido por un ministro público, representante de este cargo, que actúe en nombre de todos: "Todo pontífice tomado de entre los hombres es constituido en bien de los hombres, en lo concerniente a Dios, para que ofrezca dones y sacrificios por los pecados" (Heb. 5:1). Este sacrificio externo es lo que ofrecen los fieles con el sacerdote, adjuntando su propia oblación interna.

El sacrificio del Calvario

Estos conceptos se encuentran reunidos en el sacrificio de Cristo en la Pasión: acto de religión del oferente, oblación e inmolación (estos son los elementos esenciales), consagración de la víctima, reconciliación y unión con Dios... El sacrificio es todo esto bajo diversos aspectos.

Como acto de religión, la pasión de Cristo es el sacrificio por excelencia

Santo Tomás escribe: "De todos los dones que Dios hizo a la humanidad caída en el pecado, el principal es el de su propio Hijo. Por eso se dice en San Juan (3:16): 'Dios amó tanto al mundo que le dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna'. Entonces el sacrificio soberano es aquel por el cual Cristo 'se entregó por nosotros como oblación y víctima a Dios cual (incienso de) olor suavísimo' (Ef. 5,2)" (Suma teológica, I.II, 102, 3).

Los dos elementos esenciales de todo sacrificio, ofrenda e inmolación, se encuentran en el Calvario

En primer lugar, la ofrenda: "Cristo se ofreció voluntariamente a la pasión, y desde este punto de vista, realmente fue hostia" (III, 22, 2, ad 2). En segundo lugar, la inmolación: "Cristo, como dice San Agustín en La Ciudad de Dios (libro X, cap. VI), se ofreció Él mismo en la Pasión por nosotros" (III, 48, 3). Y agrega: "El hecho de que Cristo haya sufrido voluntariamente la pasión fue sumamente agradable a Dios, porque lo hizo movido por la caridad. Por lo tanto, es evidente que la pasión de Cristo fue un verdadero sacrificio".

Un pasaje del Compendio de Teología explica claramente el pensamiento del santo Doctor, pues este último afirma enérgicamente el carácter voluntario de la muerte de Cristo: "Cristo murió, no por necesidad, sino por su poder y su propia voluntad; así lo dice Él mismo en San Juan (10:18): 'Tengo poder para ofrecer mi vida y tengo poder para volver a tomarla'" (cap. 230).

La razón es que "todo lo que era natural en Cristo, por razón de su naturaleza humana, dependía de su voluntad debido al poder de su divinidad, a la cual está sujeta toda la naturaleza. Por lo tanto, estaba en el poder de Cristo que, mientras Él así lo quisiera, su alma permaneciera unida a su cuerpo, y tan pronto como así lo quisiera, su alma se separara de su cuerpo" (Ibid.).

Santo Tomás también dice en otra parte: "Cristo no puede ser acusado de suicidio; porque (...) si el alma tiene el poder de abandonar el cuerpo o volver a él cuando lo desee, no habría más culpa en que lo abandone, de la que hay en un dueño que sale de la casa en la que vive" (Quodlibet I).

Por lo tanto, la Cruz es un verdadero sacrificio. En ella está el Sumo Sacerdote, la Víctima divina y la realización ritual del sacrificio por la separación voluntaria del alma y el cuerpo de Cristo. El sacrificio es por lo tanto interno y externo; es público, llevado a cabo por aquel que es designado Sacerdote por Dios. La Cruz es verdaderamente un culto en el sentido completo del término, es incluso EL culto del Nuevo Testamento, la Alianza concluida por Cristo en su Sangre.

El hecho de que los verdugos romanos no tuvieran ninguna intención cultual no afecta en nada el asunto. Los verdugos desempeñan el papel de instrumentos utilizados por Dios para disponer a la víctima para su inmolación, sin lograrlo. Porque es por su propia voluntad que Cristo separa su alma de su cuerpo, como Santo Tomás enseña con toda la Tradición. Entonces, si la Cruz no es un acto de culto, como escribe el expapa Ratzinger, tampoco es un sacrificio en el sentido completo. 

El fin del sacrificio de la Cruz

Lo que caracteriza el sacrificio del Calvario es que el oferente es idéntico a la ofrenda: Cristo es tanto sacerdote como víctima, ya que es Él mismo quien se ofrece a su Padre. Cristo desempeña el papel de víctima por el pecado, porque ha obtenido para nosotros el perdón de nuestras faltas; una víctima pacífica, porque Él nos da la gracia que nos salva; y de holocausto, al merecernos la gloria, que lleva a cabo la unión perfecta del hombre con Dios (III, 22, 1 y 2; 48, 3).

La oblación de Cristo en el Calvario

Queda por aclarar cómo se manifiesta la oblación sensible y ritual realizada por Cristo como sacerdote y que le da a su inmolación el valor de sacrificio. El padre jesuita Maurice de la Taille identificó esta oblación sensible y ritual en la Última Cena que, según las palabras de la consagración, representa de antemano la inmolación de la Cruz, y constituye la oblación real y presente de la víctima del día siguiente1. En consecuencia, la Última Cena y la inmolación del Calvario formarían un solo sacrificio: en la Última Cena se habría realizado la oblación no sangrienta de la inmolación sangrienta que se llevaría a cabo en el Calvario2.

Esta interpretación no solo choca con la opinión común de los teólogos, sino que ignora la doctrina del Concilio de Trento que aplica el término de sacrificio tanto a la Misa como a la inmolación del Calvario: "Si alguno dijera que el sacrificio de la misa inflige una blasfemia o socava el santísimo sacrificio de Cristo realizado en la Cruz, ¡sea anatema!" (Denzinger, n° 1754). El Concilio de Trento distingue claramente dos sacrificios. Igualmente, enseña que la Última Cena también es un verdadero sacrificio.

Además, el Concilio habla de una doble oblación, una sobre el altar de la Cruz, la otra en el momento de la Última Cena (Denzinger, n° 1739-1741). Por lo tanto, no es posible unir la Última Cena y la Cruz para formar un solo sacrificio.

Por consiguiente, debemos sostener que en el Calvario hubo una oblación real: pero ¿cómo se manifestó esta oblación, que debe ser sensible? Por las palabras de Cristo durante su Pasión y por las circunstancias que la acompañan. Él mismo había dicho: "Nadie me quita la vida, sino que Yo mismo la doy" (Jn 10:18). Sin embargo, en la cruz, Cristo grita: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc 23:46); este grito es la expresión de la oblación que Cristo testifica durante su Pasión al aceptar voluntariamente los golpes y la crucifixión.

Por lo tanto, es imposible afirmar una causalidad de la Última Cena en relación con la Cruz. La Última Cena es una verdadera representación anticipada de la Cruz, así como la misa es una representación posterior de ella. Por lo tanto, es necesario señalar que la Última Cena es un sacrificio en la medida en que la Cruz también lo es, de la misma manera que la Misa es un sacrificio en la medida en que la Cruz lo es.

La Última Cena instituyó el marco ritual para la perpetuación del sacrificio de la Cruz a través del sacrificio sagrado de la Misa, un sacrificio ofrecido por los sacerdotes constituidos por Cristo el Jueves Santo para cumplir este oficio.

  • 1. M. de la Taille, S. J., Mysterium Fidei, Paris, Beauchesne, 1924, p. 36.
  • 2. Ibid., p. 101