El Cardenal de Bélgica destrona a Nuestro Señor Jesucristo

Agosto 13, 2019
Origen: fsspx.news

El cardenal Jozef de Kesel, arzobispo de Malinas-Bruselas desde 2015 y obispo de las Fuerzas Armadas belgas desde 2016, concedió una entrevista al periódico New Europe, especializado en cubrir las actividades de la Unión Europea. Después de leer sus respuestas, las piedras tienen que gritar (Lucas 19:40).

En la primera pregunta se cuestionó al cardenal sobre el significado de ser cristiano en la Europa de hoy. Su Eminencia señaló primero que "Europa (...) es una sociedad pluralista, una sociedad laica, donde también hay otras creencias". Luego continuó diciendo: "Creo que ser católico en la Europa de hoy significa ser parte de este escenario. (...) La Iglesia no está aquí para 'reconquistar el terreno perdido'. Esta no es su misión. Ser católico (...) implica respeto por el ser humano y sus creencias".

¿Y, por lo tanto, aceptar la situación en la que Jesucristo es rechazado y el catolicismo se coloca al mismo nivel de otras religiones? La cuestión va mucho más allá de eso, como se muestra a continuación.

En defensa de la sociedad secularizada

Monseñor Kesel continúa: "También hay que señalar que existe una solidaridad interreligiosa y que esa es la misión de la Iglesia católica. (...) Si luchamos por el respeto de la libertad religiosa, es porque estamos de acuerdo con la sociedad secularizada (...). La Iglesia católica no se opone a una sociedad secularizada. Los ciudadanos tienen derecho a creer o no creer, y yo defiendo ese derecho".

El derecho a creer o no creer... Cuando se trata de Dios, ciertamente esto no aplica. Lo dice el Santo Evangelio con todas sus letras: "El que crea y sea bautizado será salvo; el que no crea será condenado" (Mc 16,16). Y también: "Quien cree en, Él, no es juzgado, mas quien no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios" (Jn 3:18).

Una cosa es la libertad con la que Dios quiere que creamos en Él, y otra muy distinta es la libertad (falsa) de alejarnos de Él. El que deliberadamente se aleja de Dios ya está juzgado.

En cuanto a la sociedad secularizada que el cardenal aprueba tan enérgicamente, esta le quita a Nuestro Señor Jesucristo su título de Rey. Esto lo explica Monseñor Kesel con más detalle en su respuesta a la segunda pregunta: "¿Cuáles son los desafíos que enfrenta la Iglesia católica hoy en día con respecto a su papel en Europa?"

Monseñor Kesel explica con mayor precisión lo que quiere decir con esta secularización: "El mayor desafío para la Iglesia en Europa, que también puede ser una oportunidad, porque nos ayuda a redescubrir nuestras raíces y nuestra misión, es quizá aceptar de todo corazón una sociedad secularizada. Es necesario comprender que el cristianismo ha sido durante mucho tiempo la religión cultural en Europa. (...) Sería riesgoso dar marcha atrás porque siempre es peligroso que haya una tradición religiosa que obtenga el monopolio. Esto es cierto para (...) todas las religiones.

La Iglesia ha cambiado desde Vaticano II

Esta respuesta no se limita a decir, como el arzobispo afirma un poco más adelante en la entrevista, que "las circunstancias históricas han cambiado", sino que el juicio de la Iglesia ha cambiado: "Para la Iglesia católica, el Concilio Vaticano II marcó un cambio fundamental en el tema de la apertura. Antes de Vaticano II, la Iglesia tenía problemas para aceptar la modernidad, pero Vaticano II dijo: "Se acabó, estamos en un punto muerto. Es inútil y no es la verdad".

Así, el reinado de Cristo Rey, del Hijo del Dios encarnado, del Verbo Eterno que lo ha creado todo "no es la verdad". En su lugar, es necesario aceptar la sociedad secularizada, la sociedad que pone en pie de igualdad a Jesús, Mahoma, Buda, o nada en absoluto. Y la situación en la que la religión católica pudiera tener un "monopolio" es peligrosa. Esta propuesta es condenada formalmente por el Papa Pío IX en el Syllabus, n ° 77: "En nuestro tiempo, ya no es apropiado que la religión católica sea considerada como la única religión del Estado, con exclusión de todos los otros cultos".

¿Cuál debe ser, entonces, la misión de la Iglesia en el mundo moderno? se pregunta el cardenal. Y responde: "La Iglesia debe, en nuestro mundo moderno, luchar por el respeto al ser humano, por su libertad y por defender la solidaridad. (...) La misión de la Iglesia es trabajar juntos por una sociedad más humana y justa".

El cardenal se coloca en un nivel completamente horizontal. Según él, la Iglesia tiene un solo objetivo temporal: los derechos del hombre. No se hace absolutamente ninguna referencia a los derechos de Dios. Y además, estos ya han sido rechazados al negarle a Jesucristo su título de Rey.

Una espiritualidad ambigua en lugar de la fe divina

No obstante, el cardenal aborda el tema de la espiritualidad. La palabra alma aparece tres veces en la entrevista. Incluso se habla de la "dimensión espiritual". Pero esta última se define así: "La dimensión espiritual del hombre es aquello que defienden las religiones. Hasta ahora, he hablado de libertad y solidaridad, pero la espiritualidad también es un valor fundamental".

Hay que preguntarse qué significado tiene este término, porque, de hecho, la única espiritualidad para un católico es el ejercicio de la fe, la esperanza y la caridad, las tres virtudes teologales que Dios nos da a través de la obra redentora de Nuestro Señor Jesucristo. Por lo demás, la palabra "espiritual" es equívoca e indica solo un ambiguo sentimiento religioso. Porque solo la fe animada por la caridad vincula al hombre realmente con Dios.

El cardenal continúa en esta ambigüedad: "Necesitamos apertura y diálogo interreligioso. (...) En este diálogo, el objetivo nunca es convencer al otro para que se convierta. El objetivo es interactuar (...). El objetivo es la riqueza del encuentro, del conocimiento del otro. Por ejemplo, en una ocasión visité un centro de Cientología y fue interesante conocernos, descubrir al otro en su alteridad".

Dejemos a un lado la Cientología, porque esta merece un artículo aparte, y destaquemos que Monseñor Kesel afirma que "el objetivo nunca es convencer al otro para que se convierta". Esto es la destrucción de todo el esfuerzo misionero de la Iglesia desde su creación por su divino Fundador: "Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a conservar todo cuanto os he mandado." (Mt 28, 19-20). Sin duda este mandato, este mandamiento del Salvador, ya no es válido hoy en día, porque esa no es la verdad adaptada al mundo moderno.

El cardenal de Malinas-Bruselas responde a una última pregunta: "¿Cuál sería su mensaje para las generaciones más jóvenes con respecto a Bélgica y Europa?" El inicio de la respuesta parece alentador: "Les diría que conozcan el pasado". ¿Sin duda el pasado cristiano de Bélgica y Europa? No, porque luego añade: "No debemos olvidar lo que sucedió en Europa, por ejemplo, durante la Segunda Guerra Mundial. Debemos saber lo que sucedió en Bélgica con respecto a la persecución de los judíos". Sin comentarios.

El prelado concluye: "La vida es muy hermosa, pero hay que hacer algo al respecto. No debemos vivir solo para nosotros mismos. (...) Hay muchos compromisos posibles para una sociedad más justa, para la belleza, el arte, el medio ambiente. Y esas son las cosas que importan en la vida".

Durante toda esta entrevista hecha al cardenal acerca del "significado de ser católico" no menciona ni una sola vez a Dios y el amor que le debemos, ni a Jesucristo nuestro Salvador, la gracia, la fe, el Credo, la virtud, los sacramentos, ni nada específicamente católico. 

Nuestro Señor Jesucristo es nuevamente destronado y despojado de su corona por un alto prelado. Desafortunadamente, deberíamos hablar más bien de un rechazo. Porque "las cosas importantes en la vida" son salvarnos a nosotros mismos y hacer todo lo posible para que otros puedan obtener los bienes divinos, la vida eterna: esto es amar al prójimo como a nosotros mismos. Y no dedicarnos a los ámbitos terrenales limitados, incluso si debemos participar en algunos de ellos para obtener la vida eterna. Predicar otra cosa distinta a esta es darle la espalda a Jesucristo.