El cardenal Hollerich también quiere cambiar la Iglesia

Noviembre 05, 2022
Origen: fsspx.news
El cardenal Jean-Claude Hollerich

El cardenal Mario Grech, secretario general del Sínodo de los Obispos, fue enérgicamente acusado por el cardenal Gerhard Müller, en una entrevista reciente, de querer cambiar la Iglesia. La misma acusación se puede hacer contra el cardenal Hollerich, relator general del Sínodo sobre la Sinodalidad.

Monseñor Jean-Claude Hollerich, cardenal arzobispo de Luxemburgo, es presidente de la Comisión de los Episcopados de la Comunidad Europea (COMECE) y vicepresidente del Consejo de Conferencias Episcopales Europeas (CCEE), y finalmente relator general del Sínodo sobre la Sinodalidad.

Recientemente concedió una entrevista a L'Osservatore Romano, reproducida en Vatican News. En dicha entrevista se le preguntó sobre el Sínodo y lo que, según él, se debe reformar en la Iglesia.

Anunciar el Evangelio...

El prelado comenzó con una observación: "Creo que en Europa hoy sufrimos una patología, a saber, que no podemos ver claramente cuál es la misión de la Iglesia". Eso es probablemente cierto, pero no por las razones que da el cardenal.

Según el porporato, el discurso actual habla demasiado de estructuras, pero, añade, "no se habla lo suficiente de la misión de la Iglesia, que es anunciar el Evangelio". Todavía tenemos que entender lo que eso quiere decir. Lo explica justo después:

"Anunciar, y especialmente dar testimonio, de la muerte y resurrección de Jesucristo. Un testimonio que el cristiano debe interpretar principalmente a través de su compromiso en el mundo por la protección de la creación, por la justicia, por la paz". En otras palabras, una misión puramente terrestre, horizontal, de la que la gracia está ausente. Una misión naturalista.

Como ejemplo del cumplimiento de esta misión, da las dos encíclicas del Papa Francisco, Laudato si' y Fratelli tutti, ambas bien entendidas por el mundo. Como prueba de ello, los políticos del Parlamento Europeo, con los que se codea, han leído estas dos encíclicas y "reconocen al Papa Francisco como el padre de un nuevo humanismo".

Sin embargo, a los Papas no se les pide que sean humanistas, sino que prediquen a Jesucristo, su Revelación, la Iglesia y la salvación eterna por la gracia, el arrepentimiento de los pecados y la penitencia.

Y el prelado concluye: "Nos toca a nosotros explicar que el humanismo de Francisco no es solo una propuesta política, sino que es un anuncio del Evangelio".

Pero, ¿cuál Evangelio es este? Un evangelio terrenal, ¿quién cree poder salvar a los hombres permaneciendo en un plano puramente humano?

Un cambio en el sacerdocio

El cardenal Hollerich ve la sinodalidad como un requisito de la colegialidad entre los obispos, y como un redescubrimiento del sacerdocio universal de los fieles: "Debemos ser conscientes de que el sacerdocio bautismal no disminuye en lo absoluto el sacerdocio ministerial. (…) No hay sacerdocio ministerial sin el sacerdocio universal de los cristianos, porque de él se deriva".

Por el contrario, el sacerdocio "ministerial" es primario, y de él se deriva el "sacerdocio universal" fundado en el bautismo: este sacerdocio en un sentido derivado, secundario, solo puede ejercerse bajo el impulso de la acción sacerdotal del sacerdote. Si ya no hubiera sacerdotes ni obispos en la tierra, la Iglesia tendría que desaparecer, porque ya no podría realizar el acto supremo de la religión: el santo sacrificio de la Misa. Y sin este sacrificio, la Iglesia ha perdido su principal razón de ser.

El cardenal Hollerich pronuncia poco después un nuevo error al negar una "diversidad ontológica" entre el sacerdocio del sacerdote y el de los fieles. Al decir esto, se opone a toda la Tradición, e incluso al Concilio Vaticano II que dice al respecto: "hay entre ellos una diferencia esencial y no solo de grado (...)" (Lumen Gentium, 10, 2). Por lo tanto, existe una "diversidad ontológica".

La autoridad en la Iglesia

En cuanto al lugar de los laicos, el arzobispo de Luxemburgo afirma: "Creo que, tanto por los resultados de este Sínodo como por la disminución de vocaciones, el equilibrio entre laicos y clérigos será muy diferente en el futuro de lo que es hoy". El prelado no describe este nuevo equilibrio, pero lamenta que la confrontación actual se base en términos de "poder".

Sobre este tema, critica el Camino sinodal que se centra en este problema. Y explica su forma de pensar al respecto: "La sinodalidad va mucho más allá del discurso del poder. Si la gente percibe la autoridad del obispo o del párroco como un "poder", entonces tenemos un problema. Porque somos ordenados para un ministerio, para un servicio. La autoridad no es poder".

El lector puede sumergirse en un abismo de perplejidad, o incluso pensar que el cardenal juega con las palabras. Sin embargo, es de temer que no es así. Decir que "la autoridad no es poder" solo puede tener sentido si la palabra "poder" se reduce a designar una desviación, un abuso. Porque es bastante evidente para todos, e incluso para el diccionario, que la autoridad es poder.

Por ejemplo, el Diccionario de la Lengua Española define autoridad, en su primer sentido: "Poder que gobierna o ejerce el mando". Y el Centro Nacional de Recursos Textuales y Léxicos, que hace referencia, dice, "Poder de actuar sobre los demás". En un sentido católico, la autoridad es precisamente el poder otorgado a quienes tienen la competencia para ello, para ayudar a los subordinados a lograr su fin.

¿Un cambio antropológico?

Luego de que el cardenal Hollerich menciona una "pastoral inadecuada para nuestro tiempo", se ve obligado a explicarse. Según sus declaraciones "todo está cambiando a una velocidad sin precedentes desde hace solo unas décadas". Y agrega: "Hoy no podemos ni imaginarlo, pero habrá transformaciones antropológicas muy, muy importantes".

Y para explicar mejor su punto, añade: "no estamos hablando de antropología cultural, sino de cambios que atañen también a la esfera biológica, natural". Esto es único. El arzobispo de Luxemburgo anuncia una evolución en la especie humana. ¿Hacia dónde? ¿Qué quiere decir? Sus siguientes palabras son esclarecedoras: "nuestra labor pastoral le habla a un hombre que ya no existe".

Tras constatar el desarraigo de las generaciones actuales, el relator general del Sínodo explica la necesidad de una adaptación pastoral a los cambios antropológicos. Según el prelado, "los jóvenes constantemente dejan de considerar el Evangelio, si sienten que los estamos discriminando".

La razón de esto es que "para los jóvenes de hoy, el valor más importante es la no discriminación. No solo de género, sino también de etnia, origen, clase social. ¡Están muy enojados contra la discriminación!" Y si entendemos bien su pensamiento, se supone que la Iglesia debe estar a la altura de este hecho contemporáneo, de lo contrario su mensaje no será recibido.

Hay elementos en esta lógica que se oponen profundamente a la doctrina católica. Porque esto lleva a decir que "todos son llamados. Nadie es excluido: incluso los divorciados vueltos a casar, incluso los homosexuales, todos". Esto es olvidar que no pueden ser llamados como divorciados vueltos a casar ni como homosexuales, sino como hombres que quieren hacer penitencia por sus pecados y buscan evitarlos para no caer en ellos.

Dios bendice el amor entre personas del mismo sexo, según el cardenal

Esta es sin duda una de las partes de la entrevista más seriamente opuestas a la doctrina de la Iglesia. Al hablar sobre la decisión de los obispos belgas de Flandes de bendecir las uniones del mismo sexo, el cardenal dice: "Si nos atenemos a la etimología [de bendición, benedicere en latín] 'hablar bien', ¿crees que Dios podría alguna vez 'hablar mal' de dos personas que se aman?"

¡Estupefacción total! ¿Ha leído el cardenal Hollerich el Evangelio que quiere proclamar? ¿O a San Pablo? Porque ahí no hay ambigüedad. En cuanto a los divorciados vueltos a casar, Nuestro Señor los condena firmemente. Citamos el pasaje:

"Entonces, algunos fariseos, queriendo tentarlo, se acercaron a Él y le dijeron: '¿Es permitido al hombre repudiar a su mujer por cualquier causa?' Él respondió, y dijo: '¿No habéis leído que el Creador, desde el principio, varón y mujer los hizo?', y dijo: 'Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne'".

"De modo que ya no son dos, sino una carne. ¡Pues bien! ¡Lo que Dios juntó, el hombre no lo separe!" (Mt. 19, 3-6). Y más adelante: "Más Yo os digo, quien repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio; y el que se casa con una mujer repudiada, comete adulterio" (Mt. 19, 9). ¿No es eso "hablar mal"?

En cuanto a San Pablo, en la Epístola a los Romanos (1, 26), condena severamente las "pasiones de ignominia" y concluye: "Sabemos que el juicio de Dios contra los que practican tales cosas, es según la verdad". ¿No es eso "hablar mal" también?

Un grave error filosófico

Detrás de los elementos de no discriminación, incluso de lo que está mal, y de aprobación de todo el "amor", sea como sea, surge un grave error filosófico que los permite: la justificación automática de un amor humano, por sí mismo. Pero tal amor solo es bueno si respeta la ley divina, porque solo Dios puede hacer que un objeto sea bueno por Su amor.

Y para demostrarlo, preguntamos al cardenal: "¿Qué decir cuando se trata de un amor incestuoso?" Como el que existe entre un hermano y una hermana, o entre un hijo y su suegra, por ejemplo. Según su razonamiento, puesto que se aman, Dios no puede "hablar mal". Pero, nuevamente, San Pablo ya ha zanjado el asunto en el caso del hombre incestuoso de Corinto (1 Cor 5, 1-13).

¿El relator del Sínodo quiere contradecir a San Pablo? ¿O quiere detenerse ante esta última consecuencia? 

Estamos, en efecto, ante el deseo de transformar la Iglesia de Jesucristo en... otra cosa. Una especie de ONG, teñida de espiritualidad, comprometida con las luchas sociales del momento, y con la ecología integral. Inmersa en el mundo de hoy, debe asumir todos sus colores y aceptar sus códigos y desviaciones. Incluso si se plantean ciertos límites.

Con un secretario y relator general de este tipo, el Sínodo, que ya prometía ser muy sombrío, ahora aparece únicamente como una máquina de guerra contra la Iglesia. Pero, aunque a veces el mal parezca triunfar, es Cristo quien dirige a su Iglesia, y no permitirá que su esposa sea desfigurada.