El fuego del Inmaculado Corazón de María

Agosto 28, 2021
Origen: fsspx.news

La Iglesia celebra a San Juan Eudes como el primer bardo del Purísimo Corazón de María y el autor de su culto litúrgico. He aquí algunas meditaciones sobre el fuego del amor en el Corazón de María.

“Mientras los Serafines ardían en el cielo, el Corazón de la Virgen Madre ardía en la tierra con un fuego mucho más ardiente que el de los Serafines. ‘Sus antorchas son antorchas de fuego y de llamas.’ O, según la dicción hebrea, ‘Sus antorchas son antorchas de fuego y llama’. Es la llama de Dios.”

Así es llamada la caridad que arde en el Corazón de la Madre del Amor, es decir, es una caridad muy ardiente, y un Corazón extremadamente abrasado por el fuego celestial del amor divino.

“Es un fuego tan ardiente, que todas sus llamas son como rayos que infunden terror a los poderes infernales, que los ahuyentan y que los expulsan bien lejos.

“Sí -dice San Bernardino de Siena-, la ardentísima caridad del divino Corazón de María era terriblemente grandiosa para los demonios, y los mantenía tan alejados de ella que no se atrevían a mirarla.

“Es, pues, con razón que nuestra gloriosa Virgen está vestida de sol, es decir, está revestida de las llamas y los ardores de la caridad, no habiendo en ella nada tenebroso, ni oscuro, ni tibio, sino estando toda envuelta, penetrada y llena de las luces y del fervor del amor celestial.

“La caridad tiene sus flechas -dice San Agustín- y también tiene sus heridas, y son heridas que no dan muerte, sino vida y una vida muy dulce; que no matan, sino que resucitan a los muertos.

“‘Vulnerata charitate ego sum: Estoy herida de amor’; así habla la Santísima Virgen, en cuyo Corazón el amor divino ha agotado y desatado de tal manera todas sus flechas que no ha dejado en este pecho virginal la más mínima parcela, dice San Bernardo, que no esté completamente cicatrizada por sus divinas heridas. ‘Tal es la vida de cada uno, dice San Agustín, cuál es su amor’.

“El amor divino, dice San Dionisio Areopagita, pone a los amantes divinos en un continuo éxtasis, no permitiéndoles permanecer en sí mismos, sino transportándolos hacia su amado, y haciéndoles vivir su vida, de modo que puedan decir con San Pablo: ‘No vivo yo, sino es Jesucristo quien vive en mí’.

“Si los verdaderos amantes de Jesús no son suyos, ni en ellos, ni están vivos por ellos, sino que están vivos en Jesús, por Jesús y de la vida de Jesús, ¿qué se ha de decir y pensar de la Madre de Jesús, cuyo Corazón estaba más inflamado de su amor que todos los corazones de los ángeles y de los santos?”