El remedio corporativista al liberalismo económico

Abril 12, 2019
Origen: fsspx.news

En el mundo contemporáneo, particularmente en Occidente, suele ser común que tanto católicos como no católicos acepten que el liberalismo económico no solo es normativo, sino inevitable

Es decir, pocos pueden concebir un orden económico que no privilegie la adquisición, la usura y el llamado "mercado libre" por encima del bien común del hombre en la sociedad. Si bien el liberalismo económico puede aumentar o disminuir dependiendo de los temperamentos políticos, la "sabiduría recibida" de los economistas profesionales y los ideólogos liberales se ha basado en la idea de que la "interferencia" del estado en el mercado es mala per se y que solo se puede justificar en circunstancias limitadas, tales como evitar la monopolización de ciertas industrias o proteger recursos comunes como las vías fluviales. A pesar de que la mayoría de los estados occidentales han establecido complejos aparatos regulatorios dentro de sus respectivos sistemas legales, existe un llamado continuo a la desregulación de la industria y la reducción de las protecciones sociales para los trabajadores, como el derecho a sindicalizarse.

No es de extrañar entonces que el antagonismo de clase entre los propietarios y los trabajadores que alimentó tantos levantamientos socialistas en los siglos XIX y XX todavía prevalezca hoy en día. Además, la ideología del individualismo, una consecuencia perniciosa de la propia ideología liberal, contribuye a una situación socioeconómica en la que las profesiones se han atomizado y los trabajadores han perdido el sentido de solidaridad entre sí.

Aunque las economías postindustriales presentan sus propios desafíos y dificultades, los problemas más amplios asociados con el liberalismo económico se hicieron evidentes hace más de un siglo, cuando el Papa León XIII definió su encíclica Rerum novarum. Con la rápida propagación de la industrialización y la catástrofe económica mundial provocada por una avaricia sin control a principios del siglo XX, el Papa Pío XI, en su propia encíclica social Quadragesimo anno, exhortó al alejamiento del orden económico liberal para regresar a un sistema basado en el gremio más afín a lo que existía en la Edad Media. El sistema propuesto por Pío XI se conoce comúnmente como corporativismo.

Eileen Egan (centro) con polacos liberados de los campos de trabajo siberianos junto al autobús de los servicios de socorro de guerra de la Conferencia Nacional de Bienestar Católico, cerca del final de la Segunda Guerra Mundial.

¿Qué es el corporativismo?

Antes de continuar, es necesario definir qué es el corporativismo y por qué los líderes católicos como Pío XI y los escritores católicos laicos como la periodista Eileen Egan lo defendieron. En un folleto publicado en 1941 por Our Sunday Visitor Press, titulado "¿Qué es el sistema corporativo?", págs. 5-6, Egan proporciona la siguiente visión general:

El remedio corporativo parte de los males básicos. Aboga por un retorno a los estándares éticos en la conducción de todos los negocios. En lugar de mantener la ganancia individual como el todo y fin de la empresa, el bien común sería el criterio de acción.

 

Así se retomaría la idea de un salario justo para el trabajador, es decir, un salario que le proporcione a él y a su familia las condiciones físicas y culturales de una buena vida. Dado que es injusto limitar la posesión de una propiedad a unos pocos, una distribución más amplia de las propiedades sería una condición necesaria para un buen orden social.

Otro resultado de implementar los principios morales en la vida económica de la nación, sería el esfuerzo serio de crear seguridad para el asalariado ordinario. Dado que el asalariado es un hombre hecho a imagen y semejanza de Dios, tiene un derecho positivo a tener un salario justo, un mínimo de seguridad y la posesión de una parte de los bienes del mundo.

Si el tónico de tales principios morales se inyectara en el cuerpo enfermo de nuestro orden social, los efectos perversos de la guerra de clases cesarían. Como una maquinaria para alcanzar tan excelentes fines, los Obispos [católicos estadounidenses] apuntan hacia el sistema corporativo [en su publicación "La Iglesia y el Orden Social".] Este sistema es aplicable a muchos marcos políticos, por ejemplo, republicanos o monárquicos. En cada localidad, obreros y empleadores de la misma vocación formarían sindicatos en los que ambos grupos participarían activamente por el bien de todos. Estos se unirían con todos los demás trabajadores y empleadores del mismo campo en toda la nación.

Estas poderosas federaciones, que representan todos los intereses de las vocaciones, establecerían estándares de trabajo y producción para proteger al público, y promulgarían y aplicarían disposiciones justas de trabajo, salarios y bienestar general para el asalariado. Incluso las actividades agrícolas y culturales podrían organizarse de la misma manera, de modo que ningún trabajador quedara solo y desprotegido contra la injusticia. La mayor parte del trabajo para la justicia social y económica sería realizada por los sindicatos regionales de empleadores y empleados, pero el estado tendría que ser un guardián vigilante de los derechos de los débiles.

Una economía moral

Del esquema del corporativismo proporcionado anteriormente se desprende claramente que se trata de un sistema económico basado en principios morales, y no en la avaricia. El individualismo es reemplazado por la solidaridad y las asociaciones profesionales trabajan para superar la guerra de clases. Tal disposición puede ser difícil de comprender en un orden socioeconómico que alienta constantemente a los individuos a "avanzar" a expensas de otros, pero no importa. La Iglesia de Cristo, y la doctrina social católica que establece, está orientada a vencer al mundo, un mundo asediado por el pecado, en lugar de hacer las paces con sus principios ilegales. Si bien la avaricia y el materialismo seguirán siendo problemas perennes hasta la Segunda Venida, la Iglesia ha propuesto y mantiene enseñanzas que pueden dar lugar a una economía que trate al hombre con la dignidad adecuada.

¿Por qué tantos católicos han evitado el sistema corporativista como el remedio a nuestros males económicos siempre presentes? Si bien aquí no se puede proporcionar una respuesta completa, no hay duda de que el estado general de confusión doctrinal producido por el Concilio Vaticano II tiene gran parte de la culpa. Si bien es encomiable que ciertos escritos de los papas posteriores al Vaticano II hayan vuelto a los principios articulados por León XIII y Pío XI, otras declaraciones menos cuidadosas, como las que habitualmente hace el Papa Francisco, han llevado a algunos católicos a ver la doctrina social de la Iglesia como sugestiva más que vinculante. Igualmente problemático es el esfuerzo de algunas organizaciones y pensadores aparentemente católicos para promover el liberalismo económico como la única manera de avanzar, mientras que engañan a sus compañeros católicos para que crean que la Iglesia no tiene nada que decir sobre los asuntos económicos.

Sin embargo, para los católicos tradicionales en particular, el remedio corporativista merece estudio y reflexión. A pesar de que la sociedad contemporánea puede estar muy lejos de poner en práctica sus principios en términos generales, todos los católicos pueden poner fácilmente en práctica en su vida profesional  el énfasis del corporativismo en la solidaridad y el trato justo. Al hacerlo, no solo podrán mantenerse en armonía con las enseñanzas sociales de la Iglesia, sino también demostrar a los no católicos que existe un horizonte más allá del liberalismo económico.