En qué consiste la Consagración a la Santísima Virgen

Julio 05, 2019
Origen: fsspx.news

1º Esta verdadera Devoción consiste en darse a Jesús por María.

Darse no es solamente pedir, acudir a María sólo cuando nos encontramos en un apuro. Debemos rezar a María, cierto, pero no es sólo eso la verdadera devoción a María. Dar no es tampoco confiar en depósito. Lo que yo confío a alguien sigue siendo mío. Lo que doy ya no es mío. Muchos cristianos, por desgracia, comprenden así su consagración: «Pongo mi vida entera bajo la custodia y protección de María, para ser feliz en esta vida y en la otra». Eso es confiarse en depósito, pero no darse.

2º Consiste en darse por entero. Se lo damos todo a María: nuestro cuerpo y nuestra alma, nuestros sentidos y nuestras facultades, nuestros bienes interiores y exteriores, nuestro tiempo y nuestra eternidad.

Nuestra donación, pues, es total y universal: se extiende a todo cuanto somos, tenemos o hacemos; se extiende incluso a nuestras miserias y a nuestras deudas, que Ella hace suyas y se obliga a pagar y reparar. Por ello, no tenemos ya el derecho a usar de nosotros ni de nada de nosotros según nuestro capricho, sino sólo según la voluntad de María, la verdadera propietaria.

3º En darse para siempre. No darse para siempre es no darse por entero. La donación total de sí mismo exige que sea definitiva y eterna. El amor aspira, además, a una unión durable e indisoluble.

Somos, pues, siempre de María: en los momentos de gozo, y en los momentos de tristeza; en los de consuelo y en los de desolación; en los de triunfo y en los de humillación; en los de salud y en los de enfermedad; en la juventud y en la vejez; en la vida y en la muerte; en el tiempo y en la eternidad.

4º En darse por amor. Nuestra donación a María es, pues, una donación desinteresada; es un acto de la virtud más perfecta, que es la virtud teologal de caridad.

Por eso, cada vez que renovamos nuestra consagración, realizamos un acto de perfecto y puro amor a Jesús y a María; y cada acto de la vida mariana, cumplido con el espíritu de la Consagración, tiene el valor de un acto de caridad perfecta.

5º En darse a Jesús por María. Jesús es el fin de nuestra Consagración, y no podía ser de otro modo, porque Jesús es Dios, y Dios es nuestro fin. Pero nos damos a Jesús por María. María es el medio necesario para alcanzar ese fin.

Por supuesto, María es un medio absolutamente dispensable en relación a Dios, que podía haber hecho las cosas de otro modo; pero medio necesario e indispensable desde el momento en que Dios decidió venir a nosotros por Ella, y que por Ella vayamos también nosotros a El.

6º En darse en calidad de esclavo. La palabra esclavo expresa dos cosas: ante todo, nuestra condición de creaturas respecto de Jesús, nuestro Creador; y luego, la donación total de todo nuestro ser, y donación definitiva y para siempre.

Pero no somos esclavos forzados, sino esclavos de amor: nos entregamos a Jesús y a María, no sólo por nuestro estado de creaturas, sino libremente, voluntariamente, porque los amamos y queremos servirlos; por amor queremos depender total y definitivamente de Jesús y María, y vivir sólo para ellos. El amor hace dependiente al alma que ama: dependiente del objeto amado.

Nuestra esclavitud, pues, procede del amor; y por proceder del amor, nos conduce necesariamente al amor. El amor de Jesús y María será el alma de nuestra santa esclavitud, de nuestra Consagración, de nuestra perfecta Devoción a la Santísima Virgen.