FÁTIMA - 13 de agosto 1917

Agosto 10, 2019
Origen: fsspx.news

El 13 de agosto se había reunido una multitud de más de 20.000 personas en Cova da Iría. En la mañana, el administrador del distrito Vila Nova da Ourem vino en su vehículo a la casa de Francisco y Jacinta junto con un sacerdote de una ciudad en los alrededores. Pretendió que creía en las apariciones y que venía por la seguridad de los niños. Así se llevó a los niños junto con el sacerdote a la oficina parroquial, donde el sacerdote, en presencia del administrador, interrogó a los niños nuevamente. Después del interrogatorio el administrador, declarando que ya estaba convencido, invitó a los niños a ser conducidos, para su propia seguridad, al lugar de las apariciones. Pero en lugar de llevarlos a Cova da Iría, retornó hacia su pueblo (Ourem). Cuando llegaron, el administrador los encerró en una habitación y declaró que no saldrían hasta que no hubiesen revelado el secreto.

Mientras tanto, la gente estaba esperando en vano en Cova da Iría la llegada de los niños. Alguien anunció que el administrador los había secuestrado.

La testigo Maria Carreira relató: “Yo no sé qué hubiese sucedido si no escuchábamos el golpe del trueno. Mucha gente estuvo horrorizada y algunos comenzaron a gritar que irían a morir. Todos comenzaron a dispersarse y alejarse del árbol (sobre el cual Nuestra Señora había aparecido tres veces), pero, por supuesto, nadie fue muerto. Después del golpe del trueno apareció un destello de luz y entonces pudimos ver una pequeña nube, muy delicada, muy blanca, que se detuvo por un instante sobre el árbol y que luego se elevó en el aire y desapareció.” La mayoría de los peregrinos confirmaron esta escena. La gente se decía una a la otra: “Ciertamente que Nuestra Señora vino, ¡qué pena que no pudo ver a los niños!”

Entretanto, los niños fueron sometidos a interrogatorios ininterrumpidos, nueve en total. Sólo el 14 de agosto fueron interrogados por separado y examinados por un doctor, sin resultado alguno. En consecuencia, el administrador decidió usar armas más duras y los puso en la prisión pública. Jacinta sufrió horriblemente por la separación de sus padres y Francisco estaba muy triste porque se había perdido el encuentro con Nuestra Señora. Los presos fueron muy buenos con los niños y trataban de consolarlos. Sor Lucía escribe en su diario: “A continuación decidimos rezar el Rosario. Jacinta se quitó la medalla que llevaba en el cuello y le pidió a un preso que lo colgara en un clavo de la pared. Arrodillados delante de esa medalla, comenzamos a rezar. Los presos rezaron con nosotros […] Luego, Jacinta, que ya no lloraba durante los interrogatorios, comenzó a sollozar cuando pensaba en su madre. ‘Jacinta’, le pregunté, ‘¿no quieres ofrecer este sacrificio a Nuestro Señor?’ ‘Sí quiero, pero sigo pensando en mi madre y no puedo dejar de llorar.’ […] De repente apareció un guardia que llamó a Jacinta con una voz amenazante: ‘El aceite está hirviendo ahora: ¡revélanos el secreto sino quieres ser quemada viva!’

‘No puedo’.

‘¿Que no puedes? ¡Entonces yo haré que puedas! ¡Ven!

Ella salió sin siquiera decir adiós. Entonces Francisco me confió con infinita alegría y paz: ‘Si nos matan como lo dicen, ¡entonces pronto estaremos en el Cielo! ¡Qué maravilloso! ¡Ya nada importa!’ Luego, después de un momento de silencio: ‘Que Dios le conceda a Jacinta no tener miedo. ¡Yo voy a rezar un Ave María por ella!’

Poco tiempo más tarde el guardia vino a llevarse a Francisco y posteriormente a Lucia–siempre la misma escena. El administrador les hizo una tercera amenaza: ¡los tres hervirían juntos! Aún así no obtuvo el secreto ni ningún tipo de confesión.

A la mañana siguiente luego del interrogatorio final, los niños fueron conducidos de regreso a Fátima. Todos estaban muy enfurecidos contra el administrador y contra el sacerdote párroco (los niños fueron secuestrados después de haber dejado la oficina parroquial). El párroco, discerniendo el truco del administrador, escribió una declaración pública que no tenía nada que ver con “el acto odioso y sacrílego que fue cometido al secuestrar repentinamente a los tres niños”. Gracias a esta carta pública, los eventos de Fátima fueron publicados por primera vez en la prensa católica.