La FSSPX tiene un tesoro en sus manos : Entrevista con el Reverendo Padre Pagliarani

Octubre 12, 2018
De fsspx.news
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Entrevista con el Reverendo Padre Davide Pagliarani, Superior General de la Fraternidad San Pío X.

Reverendo Superior General, sucede usted a un obispo que ha estado al frente de la Fraternidad San Pío X durante veinticuatro años y que, además, lo ordenó sacerdote. ¿Cuáles son sus pensamientos al sucederle?

Se me planteó ya una pregunta equivalente cuando fui nombrado director del Seminario de La Reja donde dos obispos me habían precedido en el cargo. Digamos que esta vez ¡es un poco más complicado! Mons. Fellay es una personalidad importante en la historia de la Fraternidad, puesto que la ha dirigido durante un tiempo que corresponde a la mitad de su existencia. Durante este largo período, las pruebas no han faltado y sin embargo la Fraternidad sigue siempre ahí, llevando en alto el estandarte de la Tradición. Creo que esta fidelidad de la Fraternidad a su misión es de cierta manera el reflejo de la fidelidad de mi predecesor a la suya. Por ello me importa mucho darle las gracias en nombre de todos.

Algunos, sin embargo, han querido ver en usted una personalidad muy diferente de la de su predecesor. ¿Hay algún punto en que se sienta verdaderamente diferente?

Debo confesar – cum grano salis – que detesto irremediablemente todos los medios electrónicos sin excepción y sin posibilidad de cambiar de opinión, mientras que Mons. Fellay es un experto en la materia…

¿Cómo ve usted la Fraternidad San Pío X que tendrá que dirigir durante doce años?

La Fraternidad tiene en sus manos un tesoro. Se ha subrayado varias veces que este tesoro pertenece a la Iglesia, pero creo que puede decirse que nos pertenece también a nosotros de pleno derecho. Es nuestro y por ello la Fraternidad es perfectamente una obra de Iglesia. ¡Ya desde ahora!

La Tradición es un tesoro, pero, para guardarlo fielmente, debemos ser conscientes de que somos vasos de barro. La llave de nuestro porvenir se encuentra aquí: en la conciencia de nuestra debilidad y de la necesidad de estar vigilantes sobre nosotros mismos. No basta con profesar la fe en su integridad, si nuestras vidas no son expresión fiel y concreta de esta integridad de la fe. Vivir de la Tradición significa defenderla, luchar por ella, combatir a fin de que triunfe primero en nosotros mismos y nuestras familias, para que después pueda triunfar en la Iglesia entera.

Nuestro deseo más firme es que la Iglesia oficial no la considere ya como un pesado fardo o un conjunto de antiguallas, sino más bien como la única vía posible para regenerarse ella misma. Sin embargo las grandes discusiones doctrinales no serán suficientes para realizar esta obra: nos hacen falta primero almas dispuestas a toda suerte de sacrificios. Ello vale tanto para los consagrados como para los fieles.

Nosotros mismos debemos renovar sin cesar nuestra mirada sobre la Tradición, no de forma puramente teórica sino de manera verdaderamente sobrenatural, a la luz del sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz. Esto nos preservará de dos peligros opuestos que se alimentan a veces uno a otro, a saber: un cansancio pesimista, vale decir derrotista, y un cierto intelectualismo que deseca.

Estoy persuadido que de que tenemos la llave para hacer frente a las diferentes dificultades con que podemos encontrarnos.

 ¿Incluso al problema mayor de la crisis en la Iglesia?

¿Cuáles son hoy los asuntos importantes? Las vocaciones, la santificación de los sacerdotes, la preocupación por las almas. La situación dramática de la Iglesia no debe tener tal impacto psicológico sobre nuestras mentes que no seamos ya capaces de cumplir estos deberes. La lucidez no debe ser paralizante: cuando se hace tal, se transforma en tinieblas. Contemplar la crisis a la luz de la Cruz nos permite conservar la serenidad y ver las cosas con distancia, serenidad y distancia que son indispensables para garantizarnos un juicio seguro.

La situación presente de la Iglesia es la de un declive trágico: caída de las vocaciones, del número de sacerdotes, de la práctica religiosa, desaparición de las costumbres cristianas, del sentido más elemental de Dios, que hoy se manifiestan – ¡por desgracia! – en la destrucción de la moral natural…

Ahora bien, la Fraternidad posee todos los medios para guiar el movimiento de regreso a la Tradición. Más precisamente, tenemos que hacer frente a dos exigencias:

- por un lado, preservar nuestra identidad recordando la verdad y denunciando el error: “Praedica verbum: insta opportune, importune: argue, obsecra, increpa, predica la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta” (2 Tim. 4, 2);

- por otro lado, “in omni patientia, et doctrina, con una paciencia sin falla e instruyendo siempre” (ibídem): atraer a la Tradición a quienes caminan en esta dirección, animarles, introducirles poco a poco en el combate y en una actitud cada vez más valiente. Hay todavía almas auténticamente católicas que tienen sed de la verdad, y nosotros no tenemos derecho a negarles el vaso de agua fresca del Evangelio por una actitud indiferente o altiva. Esas almas terminan a menudo por animarnos a nosotros mismos gracias a su propio valor y determinación.  

Son éstas dos exigencias complementarias que no podemos disociar una de la otra, privilegiando sea la denuncia de los errores salidos del Vaticano II, sea la ayuda a quienes toman conciencia de la crisis y tienen necesidad de ser iluminados. Esta doble exigencia es profundamente una, puesto que es manifestación de la única caridad de la verdad.

Predicar la palabra, a tiempo y a destiempo, con paciencia sin falla e instruyendo siempre.

¿Cómo se traduce concretamente esta ayuda a las almas sedientas de verdad?

Creo que no hay que poner límites a la Providencia que nos dará caso a caso medios adaptados a las diferentes situaciones. Cada alma es un mundo por sí sola, tiene detrás suyo un recorrido personal, y hay que conocerla individualmente para estar en condiciones de ayudarla eficazmente. Se trata sobre todo de una actitud fundamental que debemos cultivar en nosotros, una disposición pronta para ayudar, y no una preocupación ilusoria por establecer un manual de instrucciones universal que se aplicaría a todos.

Para dar ejemplos concretos, nuestros seminaristas acogen actualmente a varios sacerdotes ajenos a la Fraternidad – tres en Zaitzkofen y dos en La Reja – que quieren ver claro en la situación de la Iglesia y que, sobre todo, desean vivir su sacerdocio integralmente.

Por la irradiación del sacerdocio y únicamente por él será como se hará regresar la Iglesia a la Tradición. Debemos imperativamente reavivar esta convicción. La Fraternidad San Pío X tendrá pronto cuarenta y ocho años de existencia. Por la gracia de Dios, ha conocido una expansión prodigiosa en el mundo entero: tiene obras que crecen por doquier, numerosos sacerdotes, distritos, prioratos, escuelas… La contraparte de esta expansión es que el espíritu de conquista inicial se ha debilitado inevitablemente. Sin quererlo, estamos cada vez más absorbidos por la gestión de los problemas cotidianos engendrados por este desarrollo: el espíritu apostólico puede sufrir por ello; los grandes ideales corren riesgo de marchitarse. Vamos ya por la tercera generación de sacerdotes desde la fundación de la Fraternidad en 1970… Nos hace falta recuperar el fervor misionero, el que nos insufló nuestro fundador.

En esta crisis que hace sufrir a tantos fieles que adhieren a la Tradición ¿cómo concebir las relaciones entre Roma y la Fraternidad?

También aquí debemos intentar conservar una mirada sobrenatural, evitando que esta cuestión se transforme en obsesión, pues toda obsesión asedia subjetivamente al espíritu y le impide alcanzar la verdad objetiva que es su fin.

Más especialmente hoy, debemos evitar la precipitación en nuestros juicios, a menudo favorecidos por los medios modernos de comunicación; no lanzarnos al comentario “definitivo” de un documento romano o de un asunto sensible: siete minutos para improvisarlo y un minuto para ponerlo en la red… Tener una primicia, estar en boca de todos son nuevas exigencias de los medios, pero de este modo proponen una información muy superficial y – lo que es peor – a largo plazo convierten en imposible toda reflexión seria y profunda. Los lectores, los oyentes, los espectadores se inquietan, se angustian… Esta ansiedad condiciona la recepción de la información. La Fraternidad ha sufrido demasiado por esta tendencia malsana y – en último término –  mundana, que debemos todos intentar corregir con urgencia. Cuanto menos estemos conectados a Internet, mejor reencontraremos la serenidad de espíritu y de juicio. Cuantas menos pantallas tengamos, mejor estaremos en condiciones de efectuar una apreciación objetiva de los hechos reales y de su alcance exacto.

En nuestras relaciones con roma, no se trata de ser duros o laxistas, sino simplemente realistas

Tratándose de nuestras relaciones con Roma ¿cuáles son los hechos reales?

Desde las discusiones doctrinales con los teólogos romanos, se puede decir que tenemos ante nosotros dos fuentes de comunicación, dos tipos de relaciones que se establecen sobre dos planos que hay que distinguir bien:

  1. Una fuente pública, oficial, clara, que sigue siempre imponiéndonos declaraciones con – sustancialmente – los mismos contenidos doctrinales;
  2. Otra que emana de tal o cual miembro de la Curia, con intercambios privados interesantes que contienen elementos nuevos sobre el valor relativo del Concilio, sobre uno u otro punto de doctrina… Son discusiones inéditas e interesantes que ciertamente deben proseguirse, pero que no por ello dejan de ser discusiones informales, oficiosas, mientras que en el plano oficial – a pesar de cierta evolución del lenguaje – se reiteran siempre las mismas exigencias.

Ciertamente tomamos nota de lo que se dice en privado de forma positiva, pero ahí no es verdaderamente Roma la que habla, son Nicodemos benevolentes y tímidos, no son la jerarquía oficial. Hay pues que atenerse estrictamente a los documentos oficiales, y explicar por qué no podemos aceptarlos.

Los últimos documentos oficiales –por ejemplo, la carta del cardenal Müller de junio de 2017- manifiestan siempre la misma exigencia: el Concilio debe aceptarse previamente, y después será posible continuar discutiendo sobre lo que no está claro para la Fraternidad; al hacerlo así, se reducen nuestras objeciones a una dificultad subjetiva de lectura y de comprensión, y se nos promete ayuda para comprender bien lo que el Concilio quería verdaderamente decir. Las autoridades romanas hacen de esta aceptación preliminar una cuestión de fe y de principio; lo dicen explícitamente. Sus exigencias hoy son las mismas que hace treinta años. El concilio Vaticano II debe aceptarse en continuidad con la tradición eclesiástica, como una parte que ha de integrarse en esta tradición. Se nos concede que puede haber reservas por parte de la Fraternidad que merecen explicaciones, pero en ningún caso un rechazo de las enseñanzas del Concilio en tanto que tales: ¡es Magisterio, pura y simplemente!

Ahora bien, el problema está ahí, siempre en el mismo sitio, y no podemos desplazarlo a otro lugar: ¿cuál es la autoridad dogmática de un Concilio que se quiso pastoral? ¿Cuál es el valor de esos principios nuevos enseñados por el Concilio, que se han aplicado de manera sistemática, coherente y en perfecta continuidad con lo que se había enseñado por la jerarquía que fue responsable a la vez del Concilio y del post-Concilio? Este Concilio real, es el Concilio de la libertad religiosa, de la colegialidad, del ecumenismo, de la “tradición viva”…, y desgraciadamente no es el resultado de una mala interpretación. Prueba de ello es que este Concilio real no ha sido nunca rectificado ni corregido por la autoridad competente. Vehicula un espíritu, una doctrina, una forma de concebir la Iglesia que son un obstáculo a la santificación de las almas, y cuyos resultados dramáticos están a la vista de todos los hombres intelectualmente honrados, de toda la gente de buena voluntad. Este Concilio real, que corresponde a la vez a una doctrina enseñada y a una práctica vivida, impuesta al “Pueblo de Dios”, nosotros nos negamos a aceptarlo como un concilio semejante a los demás. Por ello discutimos su autoridad, pero siempre en un espíritu de caridad, pues no queremos otra cosa sino el bien de la Iglesia y la salvación de las almas. Nuestra discusión no es una simple justa teológica y, de hecho, tiene por objeto asuntos que no son “discutibles”: es la vida de la Iglesia la que está aquí en juego, indiscutiblemente. Y es sobre esto sobre lo que Dios nos juzgará.

He aquí, pues, en qué perspectiva nos atenemos a los textos oficiales de Roma, con respeto pero también con realismo; no se trata de ser de derechas o de izquierdas, duro o laxista: se trata simplemente de ser realista.

¿Qué hacer mientras tanto?

No puedo responder sino evocando algunas prioridades. Primero, tener confianza en la Providencia que no puede abandonarnos y que nos ha dado siempre signos de su protección y de su benevolencia. Dudar, vacilar, pedir otras garantías por su parte constituiría una grave falta de gratitud. Nuestra estabilidad y nuestra fuerza dependen de nuestra confianza en Dios: creo que deberíamos examinarnos todos a este respecto.

Además, hay que redescubrir cada día el tesoro que tenemos en nuestras manos, recordar que este tesoro nos viene de Nuestro Señor mismo y que le costó su Sangre. Volviendo a situarnos regularmente ante la grandeza de estas realidades sublimes es como nuestras almas permanecerán en adoración de manera habitual, y se fortificarán como hace falta para el día de la prueba.

Debemos tener también una preocupación creciente por la educación de los niños. Hay que mantener bien claro el objetivo que queremos alcanzar y no tener miedo a hablarles de la Cruz, de la pasión de Nuestro Señor, de su amor por los pequeños, del sacrificio. Es absolutamente necesario que las almas de los niños sean cautivadas ya desde su más tierna edad por el amor de Nuestro Señor, antes de que el espíritu del mundo pueda seducirlos y captarlos. Esta cuestión es absolutamente prioritaria y si no llegamos a transmitir lo que hemos recibido, es signo de que no estamos suficientemente convencidos.

Finalmente, debemos luchar contra cierta pereza intelectual: es ciertamente la doctrina la que da razón de ser a nuestro combate por la Iglesia y por las almas. Hay que hacer un esfuerzo para actualizar nuestro análisis de los grandes acontecimientos actuales, a la luz de la doctrina perenne, sin contentarnos con un “copiar y pegar” perezoso que Internet –una vez más – desgraciadamente favorece. La sabiduría pone y vuelve a poner todo en orden, en cada momento, y cada cosa encuentra su lugar exacto.

La cruzada de la misa querida por Mons. Lefebvre es más actual que nunca.

¿Qué pueden hacer los fieles más en particular?

En la misa los fieles descubren el eco del ephpheta, “ábrete” pronunciado por el sacerdote en el bautismo. Su alma se abre una vez más a la gracia del Santo Sacrificio. Incluso hasta los más pequeños, los niños que asisten a la misa, son sensibles al sentido sagrado que manifiesta la liturgia tradicional. Sobre todo, la asistencia a la misa hace fecunda la vida de los esposos, con todas sus pruebas, y le da un sentido profundamente sobrenatural, pues las gracias del sacramento del matrimonio derivan del sacrificio de Nuestro Señor. Es la asistencia a misa la que les recuerda que Dios quiere servirse de ellos como cooperadores de la más hermosa de sus obras: santificar y proteger el alma de sus hijos.

Con ocasión de su jubileo de 1979, Mons. Lefebvre nos había invitado a una cruzada de la misa, porque Dios quiere restaurar el sacerdocio y, por él, la familia, atacada hoy por todas partes. Su visión era entonces profética; en nuestros días, se ha convertido en una constatación que cada cual puede hacer. Lo que él preveía, nosotros lo tenemos hoy delante de nuestros ojos.

“¿Qué nos queda pues por hacer, mis queridos hermanos? Si profundizamos en este gran misterio de la misa, creo poder decir que debemos hacer una cruzada, apoyada sobre el Santo Sacrificio de la misa, sobre la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo; apoyada sobre esta roca invencible y sobre esta fuente inagotable de gracias que es el Santo Sacrificio de la misa. Y esto lo vemos todos los días. Vosotros estáis aquí porque amáis el Santo Sacrificio de la misa. Estos jóvenes seminaristas, que están en Écône, en los Estados Unidos, en Alemania, han venido a nuestros seminarios precisamente por la santa misa, por la santa misa de siempre, que es la fuente de las gracias, la fuente del Espíritu Santo, la fuente de la civilización cristiana. Esto es el sacerdote. Nos hace falta entonces hacer una cruzada, una cruzada apoyada precisamente sobre esta noción de siempre, del sacrificio, a fin de recrear la cristiandad, rehacer una cristiandad tal como la Iglesia la desea, tal como la Iglesia la hizo siempre con los mismos principios, el mismo sacrificio de la misa, los mismos sacramentos, el mismo catecismo, la misma Sagrada Escritura” (Sermón de Mons. Lefebvre con ocasión de su jubileo sacerdotal, el 23 de septiembre de 1979 en París, Puerta de Versalles).

Esta cristiandad debe rehacerse en lo cotidiano, por el cumplimiento fiel de nuestro deber de estado, allí donde Dios nos ha puesto. Algunos deploran, a justo título, que la Iglesia y la Fraternidad no sean lo que deberían ser. Olvidan que ellos tienen los medios para remediarlo, en su lugar, por su santificación personal. Allí, cada cual es Superior General… No hace falta ningún Capítulo para ser elegido, hay que santificar cada día esta porción de la Iglesia de la cual se es dueño absoluto: ¡su alma!

Mons. Lefebvre proseguía: “Debemos recrear esta cristiandad, y es a vosotros, mis queridos hermanos, vosotros, que sois la sal de la tierra, vosotros, que sois la luz del mundo (Mt 5, 13-14), a quienes Nuestro Señor Jesucristo se dirige, diciéndoos: “No perdáis el fruto de mi Sangre, no abandonéis mi Calvario, no abandonéis mi sacrificio”. Y la Virgen María, que está al pie de la Cruz, os lo dice también. Ella, que tiene el corazón traspasado, lleno de sufrimientos y de dolores pero también lleno del gozo de unirse al sacrificio de su divino Hijo, os lo dice también. ¡Seamos cristianos, seamos católicos! No nos dejemos arrastrar por todas esas ideas mundanas, por todas esas corrientes que están en el mundo y que nos arrastran hacia el pecado, hacia el infierno. Si queremos ir al Cielo, debemos seguir a Nuestro Señor Jesucristo; llevar nuestra cruz y seguir a Nuestro Señor Jesucristo; imitarle en su Cruz, en su sufrimiento y en su sacrificio”.

Y el fundador de la Fraternidad San Pío X lanzaba una cruzada de los jóvenes, de las familias cristianas, de los jefes de familia, de los sacerdotes. Insistía con una elocuencia que sigue conmoviéndonos, cuarenta años después, pues vemos cuánto se aplica este remedio a los males presentes:

“La herencia que Jesucristo nos ha dado, es su sacrificio, es su Sangre, es su Cruz. Y esto es el fermento de toda la civilización cristiana y de lo que debe llevarnos al Cielo. (…) ¡Guardad este testamento de Nuestro Señor Jesucristo! ¡Guardad el sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo! ¡Guardad la misa de siempre! Y entonces veréis reflorecer la civilización cristiana”.

Cuarenta años después no podemos eludir esta cruzada; ella nos reclama un ardor todavía más exigente y un entusiasmo aún más ardiente en el servicio de la Iglesia y de las almas. Como decía al comienzo de esta entrevista, la Tradición es nuestra, plenamente, pero este honor crea una grave responsabilidad: seremos juzgados sobre nuestra fidelidad en transmitir lo que hemos recibido.

Reverendo Superior General, antes de terminar, permítanos una pregunta más personal. ¿Le asustó la carga que cayó sobre sus hombros el pasado 11 de julio?

Sí, debo reconocer que tuve un poco de miedo y que incluso vacilé en mi corazón antes de aceptarla. Somos todos vasos de barro y esto vale también para quien es elegido Superior General: incluso aunque se trate de un vaso un poco más visible y un poco más grande, no por ello es menos frágil.

Fue solamente el pensamiento de la Santísima Virgen María el que me permitió vencer el temor: sólo en ella pongo mi confianza, y lo hago totalmente. Ella no es de barro porque es de marfil, no es un vaso frágil porque es una torre inexpugnable: turris eburnea. Es como un ejército en orden de batalla, terribilis ut castrorum acies ordinata, y que sabe de antemano que la victoria es el único resultado posible de todos sus combates: “Al final, mi Corazón inmaculado triunfará”.