Jesús y María en el exilio de Egipto

Enero 02, 2021
Origen: fsspx.news

Egipto representa la esclavitud del pecado, el poder del mundo, el dominio del diablo y la libertad de la carne. En las Sagradas Escrituras significaba lo que era contrario al único Dios verdadero y lo que se oponía a los hijos de Dios por medio de la persecución o la seducción.

Sin embargo, según el plan eterno de Dios, su Divino Hijo tenía que ir allá y ser llamado de regreso, siendo María el vehículo de su obediencia.

María sabía muy bien que Egipto, el enemigo perenne de los judíos, había perseguido a los hijos de Israel durante 400 años y posteriormente, como eventual aliado, ayudó a corromper su moral y a alejarlos de su Dios.

Y aún así, mientras llevaba a Jesús en sus brazos, reflexionaba sobre cómo Egipto iba a recibir la misericordia de Dios. Dios, que nos pide que amemos a nuestro enemigo, pidió a María que le ayudara a darnos el ejemplo.

En lugar de rechazar a Egipto, se le acercó. Al hacerlo, Cristo deseaba recibir la protección de ese pueblo, ser alimentado por sus granos, y albergado en sus suburbios. Más adelante, les retribuiría sus servicios con la predicación del Evangelio por parte de San Marcos.

Sin embargo, para los judíos, Egipto ofrecía poca simpatía y ningún bienestar. La vida diaria de María era muy dura pues ayudaba a San José a ganarse la vida en los suburbios donde vivían los judíos. La pobreza forzada, la imposibilidad de un buen trabajo para José, el paganismo del entorno y la falta del valioso apoyo de las ceremonias externas de la religión, hicieron la vida casi insoportable.

Para la mente ignorante, parecería que la vida de Cristo en Egipto no sirvió de nada. Pero María sabía que no era así.

En Egipto, Cristo dio a la humanidad el ejemplo, no sólo de amar al enemigo, sino el importantísimo ejemplo del mérito. Viviendo voluntariamente en el exilio entre sus enemigos y haciéndoles el bien, Cristo mereció la recompensa debida en justicia, a sus actos infinitamente valiosos.

Con estos méritos Cristo pagó por los pecados de Egipto y del mundo entero. María también obtuvo el mérito, en cooperación con Cristo, al sufrir voluntariamente por su Hijo las penurias de Egipto. En realidad, toda la salvación del hombre se basa enteramente en los méritos de Cristo, pero también se requiere méritos propios.

Si un hombre no tiene méritos obedeciendo voluntariamente la ley de Dios por amor a Dios, de ninguna manera puede ser salvo.

La vida de Cristo en Egipto nos enseña que por encima de todo, lo que cuenta es el mérito. Pero el fundamento del mérito es la Fe. Debemos creer realmente en Cristo, que en su divinidad está en todas partes, sosteniendo todas las cosas por su poder divino.

Con esto en mente, nos percatamos que nada ocurre que Él no quiera o permita. Lo que Él quiere o permite es lo que nosotros hemos de soportar y hacer fructificar con nuestros méritos. Para ello, necesitamos la devoción a María, Ella es la que mejor comprendió la sabiduría de su Hijo, incluso en los momentos más oscuros de su vida.

Recurramos a Ella para prepararnos para las próximas tribulaciones, comprendiendo que serán tiempos de grandes méritos para el Reino de los Cielos.