La Iglesia en estado de sínodo permanente (2)

Diciembre 01, 2022
Origen: fsspx.news

El 16 de octubre de 2022, al final del Ángelus dominical, el Papa Francisco anunció que la XVI Asamblea del Sínodo de los Obispos se realizará en el Vaticano en dos sesiones, con un año de diferencia: la primera tendrá lugar del 4 al 29 de octubre de 2023, y la segunda está prevista para octubre de 2024. La primera parte del artículo demostró que en realidad se trata de un concilio disfrazado.

Un cisma latente provocado por la reforma conciliar

El 1 de octubre en Res novæ, el Padre Claude Barthe muestra que esta ambigüedad es causada por la anfibología radical de la reforma deseada por Vaticano II. Y observa un efecto que hoy es patente: "Cuando la Iglesia se acercaba al siglo XXI, se pudo medir el fracaso fundamental de Vaticano II desde el punto de vista que para ella es el primero, el de la misión.

"No solo ya no convertía, sino que el número de sus fieles, de sus religiosos y de sus sacerdotes se reducía hasta tal punto que parecía en vías de extinción, al menos en Occidente. El Concilio Vaticano II, cuya única ambición era adaptar el mensaje a la sensibilidad de los hombres de entonces y atraerlos a una Iglesia rejuvenecida, transformada, modernizada, ni siquiera logró captar su interés".

La razón de este desastre, según el Padre Barthe: "el paso del tiempo ha demostrado que una ruptura, se podría decir un cisma latente, se produjo después del Concilio Vaticano II, dividiendo a la Iglesia entre dos corrientes, una y otra mixtas pero claramente identificables: para la primera, era necesario revertir el Concilio o al menos limitarlo;

"para la segunda, era un programa de partida. El proyecto de restablecer la unidad en torno a este Concilio que no pretendía ser el magisterio infalible, es decir, que no era un principio de fe en sentido estricto, fue la cruz de los papas posteriores al Vaticano II. Y allí fracasaron".

Según el sacerdote francés, es necesario volver a una verdadera reforma de la Iglesia, inspirada en los principios tradicionales, como fue el caso de la reforma gregoriana. Y opone esta reforma a la que introdujo el Concilio Vaticano II: la reforma gregoriana tuvo como levadura "la vida religiosa, especialmente la del monaquismo de Cluny".

"Es el orden natural de las cosas: el fin de la perfección evangélica de la vida religiosa era el modelo de las necesarias renovaciones de la Iglesia. Estas últimas estaban acompañadas y estimuladas por las reformas de las órdenes religiosas (entre muchas otras, la del Carmelo, en el siglo XVI), con un retorno a las exigencias de las Bienaventuranzas, una renovación espiritual y disciplinaria, un alejamiento de la corrupción del mundo pecador para convertirse y convertirlo (Jn 17, 16-18).

"Pero a partir del cristianismo de la Ilustración, en los países germánicos, en Francia, en Italia, el término reforma empezó a aplicarse también a otro proyecto, el de una adaptación de las instituciones eclesiásticas al mundo circundante, que empezaba entonces a sustraerse al cristianismo".

Y explica lo que constituye a sus ojos un cisma latente: "Desde entonces, dos tipos de reforma se encontrarían a menudo contrapuestos: el tradicional de una reforma de revitalización de la identidad de la Iglesia, y el de una reforma de ajuste de la Iglesia a la nueva sociedad en la que vive.

"Esta es esencialmente la idea tradicional de reforma que encontró su camino en movimientos como el renacimiento de las órdenes religiosas, especialmente benedictinas, en el siglo XIX después de la agitación revolucionaria, la restauración del tomismo de León XIII, las reformas litúrgicas y disciplinarias de San Pío X a principios del siglo XX, y los intentos de Pío XII de contención doctrinal y litúrgica de la gran convulsión de los años cincuenta.

"Por el contrario, la nueva idea de reforma, con su libro-programa, Verdadera y falsa reforma en la Iglesia, de Yves Congar (Cerf, 1950), se puede encontrar en la "nueva teología" de los años de posguerra, en el movimiento ecuménico y, en parte, en el movimiento litúrgico, y triunfó con el Concilio Vaticano II".

Este análisis coincide con el que ofrece el cardenal Robert Sarah en su último libro Para la Eternidad (Fayard, 2021), que citamos en un artículo de agosto de 2022. El prelado guineano escribe allí sobre la reforma gregoriana: "Esta reforma pretendía liberar a la Iglesia de las garras de las autoridades seculares.

Al interferir en el gobierno y en los nombramientos eclesiásticos, el poder político terminó por provocar una verdadera decadencia del clero. Se habían multiplicado los casos de sacerdotes que vivían en concubinato, dedicados a actividades comerciales o asuntos políticos.

La reforma gregoriana se caracterizó por el deseo de redescubrir la Iglesia de la época de los Hechos de los Apóstoles. Los principios de tal movimiento no se basaron principalmente en reformas institucionales, sino en la renovación de la santidad de los sacerdotes. ¿No hace falta hoy una reforma como esta?

El poder secular ha recuperado el control en la Iglesia. Esta vez, no se trata de un poder político, sino cultural. Asistimos a una nueva lucha entre el sacerdocio y el imperio. Pero el imperio es ahora la cultura relativista, hedonista y consumista que se infiltra por todas partes. Ahora es el momento de rechazarla, porque es irreconciliable con el Evangelio".