La Iglesia y la peste - Los primeros siglos (Parte 2 de 4)

Abril 08, 2020
Origen: fsspx.news
Una de las primeras epidemias del mundo, una especie de viruela o sarampión, fue llevada por primera vez a Roma por los legionarios que regresaban de un asedio en el Iraq moderno. En su punto máximo, la enfermedad llegó a matar hasta 2,000 personas al día

La primera pandemia en la era cristiana fue la "Peste Antonina" de 165-180, probablemente una especie de viruela, que devastó el imperio romano y causó más de cinco millones de muertes. Poco después, en 249, estalló la llamada "Peste de Cipriano", en medio de una época ya de por si caótica en el imperio, y duró hasta bien entrado el año 271. Pudo haberse tratado de viruela, o tal vez alguna enfermedad similar al Ébola, pero en su punto máximo, llegó a causar hasta 5,000 muertes por día solo en Roma, y desencadenó la anarquía política del siglo III.

San Dionisio de Alejandría fue testigo de la reacción de los paganos a la plaga: "Desde el mismo inicio de la enfermedad, echaron a los que sufrían de entre ellos y huyeron de sus seres más queridos, arrojándolos a los caminos antes de que fallecieran y trataron los cuerpos insepultos como basura, esperando así evitar la propagación y el contagio de la fatal enfermedad; pero aun haciendo lo que podían les era muy difícil escapar".

En su opinión, la plaga fue una enseñanza y una prueba providencial para los cristianos. Y su respuesta estuvo a la altura de la prueba:

La mayoría de nuestros hermanos cristianos mostraron un amor y una lealtad sin límites, sin escatimar nada y pensando solo en los demás. Sin temer el peligro, se hicieron cargo de los enfermos, atendiendo a todas sus necesidades y sirviéndolos en Cristo, y con ellos partieron de esta vida serenamente felices; porque se vieron infectados por otros de la enfermedad. Atrajeron hacia sí mismos los males de sus vecinos y aceptaron jubilosamente sus dolores. Muchos, mientras cuidaban y atendían a otros, transfirieron las muertes de otros hacia sí mismos y murieron en su lugar.

Uno de sus primeros biógrafos nos dice que San Cipriano de Cártago alentaba a los fieles a cuidar de las necesidades de todos:

No hay nada extraordinario en dar cariño sólo a nuestra gente con las atenciones propias del amor, sino que el que tiende a la perfección debe hacer algo más que los paganos o los publicanos, a saber, vencer el mal con el bien y practicar un amor misericordioso como el de Dios, amando también a sus enemigos. Así, hará el bien a todos los hombres y no sólo a los que profesan la fe. 

Pero San Cipriano también señala el efecto providencial de estas calamidades:

Por los terrores de la mortalidad y de los tiempos, los hombres tibios se sienten alentados, los apáticos fortalecidos, los aletargados despiertos; los desertores se ven obligados a regresar; los paganos a creer; la congregación de creyentes es llamada a descansar; nuevos y numerosos paladines se agrupan para el conflicto en una fortaleza más vigorosa, y habiendo entrado en guerra en la temporada de la muerte, lucharán sin temor a la muerte, cuando llegue la batalla.

En el imperio pagano, la actitud cristiana hacia los enfermos y los moribundos, tanto creyentes como no creyentes, desencadenó un crecimiento explosivo del cristianismo. Debido a su compasión durante la plaga, las obras de los cristianos estaban en boca de todos, con admiración y gratitud, y tales acciones llevaron a muchos a la fe.

Incluso el último emperador pagano, Juliano el Apóstata, reprendió a los sacerdotes paganos por no cumplir con el ejemplo dado por los cristianos durante otra gran plaga, en el año 362. Además, reconoció que la compasión cristiana y el servicio sacrificial era una de las causas del ascenso de la Iglesia.

Más tarde, en el siglo VI, "La Peste de Justiniano", la peste bubónica, acompañada quizás de otras plagas, neumónicas y septicémicas, llegó a Constantinopla en 542. El brote duró cuatro meses, pero la peste continuó extendiéndose intermitentemente por todo el mundo Mediterráneo durante otros 225 años, con el último brote reportado en 750. Se estima que, durante la última mitad del siglo VI, la población del Imperio Bizantino y sus alrededores disminuyó hasta en un 40%. Después de esto, no habría más brotes a gran escala hasta la Peste Negra del siglo XIV. 

En el año 590, Roma fue devastada por "La Peste de Justiniano", la cual incluso cobró la vida del papa Pelagio II. Tan pronto como San Gregorio Magno fue elegido Papa, suplicó a la misericordia de Dios por el fin de la plaga organizando una procesión masiva alrededor de la ciudad, llevando una imagen de Nuestra Señora y cantando las letanías. Cuando la procesión llegó al Mausoleo de Adriano, "El Papa vio a un ángel del Señor de pie en la cima del castillo de Crescencio, limpiando una espada ensangrentada y enfundándola. San Gregorio comprendió que eso significaba el fin de la plaga, como, de hecho, sucedió". 

En acción de gracias, San Gregorio colocó una estatua de San Miguel sobre el castillo, como un recordatorio constante de la misericordia de Dios y de cómo respondió a las oraciones y súplicas de su pueblo.