La Madre Dolorosa

Septiembre 15, 2020
Origen: fsspx.news

Dios no puede sufrir, y mucho menos morir. Para adquirir este derecho a la muerte y a los dolores que son como el anuncio o preludio, El, que quería sufrir y morir por la gloria de su Padre y por nuestra salvación, tenía que adoptar un cuerpo similar al nuestro.

¿Pero de dónde tomó ese cuerpo de carne? Del casto vientre de la Virgen María. Al mismo tiempo quería comunicar a su Madre el instrumento que un día le torturaría el cuerpo hasta la muerte en la cruz: “Tu alma también será traspasada por una espada”. Desde ese momento su vida estará llena de amargura y sufrimiento que lo llevará a la cima de su vida: “El Hijo estaba en la Cruz y María estaba junto a la Cruz. El Hijo estaba atado a la Cruz, y la Cruz estaba atada al Corazón de María. Había sólo una Cruz, y había dos crucificados. Sólo había una Pasión, y había dos que la sufrían. Los clavos perforaron las manos del Hijo y el Corazón de la Madre; la corona desgarró la adorable cabeza de Jesús y el Sagrado Corazón de María. ¡Oh, compañera fiel! ¡Oh, preciosa ayudante!” (Santo Tomás de Villeneuve).

La lanza de Longino, que ya no podía torturar a Jesús, alcanzará al Corazón de su Madre: “Oh, mi Reina, ¿dónde ha estado? ¿No fue más bien en la Cruz, junto a su Hijo? Oh, sí, fue crucificada con El, mas con la diferencia de que El fue crucificado en su cuerpo, mientras que Usted fue crucificada con su Corazón clavado en la Cruz. Además de esta diferencia, que las heridas extendidas sobre el cuerpo de Jesús, se encontraban unidas en su Corazón. Es así, oh mi soberana, que su Corazón fue atravesado por una lanza, coronado de espinas y sumergido en hiel y vinagre. Oh, Corazón amante, ¿cómo puede ser que se ha convertido en un abismo de dolor? Oh mi Reina, cuando miro su Corazón en ese estado, no veo nada más que mirra, ajenjo y hiel... ¡Oh prodigio asombroso! Usted se encuentra totalmente inmersa en las heridas de su divino Hijo y a El lo veo crucificado en lo más íntimo de su Corazón” (San Buenaventura).

Aún más profundamente: no sólo tomó Jesús del Corazón de María el cuerpo humano que permitió sus sufrimientos y su muerte, no sólo contempló en el Corazón de su Madre todos sus sufrimientos reproducidos fielmente como en un espejo, sino que también tomó de él una renovación del sufrimiento: “Uno de los mayores tormentos que nuestro Salvador sufrió en la Cruz, y al cual era más sensible que sus dolores corporales, fue ver a su Santísima Madre sumergida en un mar de dolor, por quien sentía más amor que por todas las criaturas unidas. Oh, ¡qué aflicción siente la Madre que ve ante sus ojos al Hijo tan injustamente atormentado y destrozado en un océano de dolor, sin poder darle ninguna ayuda” (San Juan Eudes).

“Me parece que la Santísima Virgen María que está junto a la Cruz, Nuestra Señora de la Compasión, Nuestra Corredentora, invita a cada uno de nosotros, a cada criatura humana que nace en este mundo. Nos toma de la mano de alguna forma para conducirnos al Calvario, para hacernos partícipes de los méritos de Nuestro Señor Jesucristo” (Arzobispo Marcel Lefebvre).