La Misión entre los yanomami de la Amazonía: una debacle y una traición

Noviembre 07, 2019
Origen: fsspx.news
Un indígena yanomami.

FSSPX.Actualidad presenta a continuación un artículo publicado el 14 de marzo de 2019 en el sitio web panamazonsynodwatch. Escrito por José Antonio Ureta, un laico chileno miembro de la Fundación Roma, este artículo expone el deplorable estado de una misión entre los indígenas yanomami, al norte de Brasil. Las siguientes líneas describen el hundimiento espiritual de una misión que ya no tiene nada de católico. Asimismo, ilustran el declive actual de una Iglesia cuyo objetivo ya no es convertir, sino convertirse al mundo, a través del diálogo y la inculturación, incluso si eso significa abandonar las almas en manos de los espíritus chamánicos y del abominable paganismo.

El Instituto Misiones Consolata, originario de Turín y presente en 28 países, posee desde 1965 una misión entre los yanomamis, en Brasil, actualmente dirigida por el sacerdote italiano Corrado Dalmolego, quien es asistido por tres religiosas de la rama femenina de la misma congregación.

En una reciente entrevista concedida al portal de internet Periodista Digital, el misionero de la Consolata proporcionó algunos detalles bastante interesantes sobre su concepción de la misión y sus actividades misioneras, con la esperanza de que su ejemplo sirviese de modelo para el próximo Sínodo Panamazónico del Vaticano, en octubre. Sus asombrosas declaraciones fueron recogidas, y endosadas, por otro misionero, el sacerdote madrileño Luis Miguel Modino, que ejerce su ministerio en la diócesis de São Gabriel da Cachoeira, en el Estado del Amazonas (Brasil).

Para entender la trascendencia de las opiniones vertidas por el Padre Dalmolego, conviene situar previamente el contexto de la cultura yanomami, dentro de la cual ejerce su actividad misionera.

Una vida tribal

Los yanomami son un grupo étnico compuesto de 20 a 30 mil indígenas que viven en la selva tropical de forma muy primitiva, concentrándose en la zona de la cuenca del río Mavaca, en los afluentes del Orinoco, y en la sierra Parima. Esta región está situada al sur de Venezuela y, en Brasil, en los estados de Amazonas y Roraima. La Misión Catrimani de los Misioneros de la Consolata está ubicada junto al río del mismo nombre.

Los indígenas viven en aldeas pequeñas de 40 o 50 personas. En realidad, son nómadas, que practican la caza, utilizando arco y flecha, y cultivan la tierra durante dos o tres años. Cuando la tierra se agota, los aldeanos crean una nueva plantación en otro lugar.

Sus ropas se reducen a algunos ornamentos en las muñecas y tobillos, y un simple listón en torno a su cintura. Los hombres de la tribu tienen habitualmente varias mujeres, incluyendo adolescentes desde la entrada en la pubertad. Los hombres suelen consumir, en forma de polvo, una planta llamada "Epená" o virola, que contiene una sustancia alucinógena, también utilizada en rituales curativos por los chamanes como un medio para identificar enfermedades, comunicándose con los espíritus.

El problema más grande que enfrenta la comunidad yanomami es la salud, especialmente las enfermedades de tipo infeccioso y parasitario como la malaria y el paludismo. Este último es la principal causa de mortalidad entre los yanomami, seguida por la hepatitis, diarrea, tuberculosis, así como enfermedades del aparato respiratorio, como neumonías y bronquitis que sufren repetidas veces al año. El casi inexistente hábito de limpieza y cuidado dental (jamás se cepillan los dientes) provoca igualmente problemas sanitarios crónicos. 

El infanticidio, una tradición cultural

Una de las "tradiciones" más arraigadas entre los yanomami es el infanticidio, practicado por la propia madre que se aleja para dar a luz, luego de lo cual puede acoger o matar a su recién nacido, enterrándolo vivo.

El infanticidio es practicado para eliminar a los niños que nacen con malformaciones, pero también como una forma de seleccionar el sexo de los recién nacidos; prefieren los varones a las mujeres, y que el primer hijo sea varón; si nacen gemelos, solo uno de ellos tiene derecho a vivir, y si los dos son varones matan al más débil. 

Estas muertes se llevan a cabo simplemente para no tener que cuidar a dos niños simultáneamente, ya que las madres amamantan a sus hijos durante tres años en promedio.

El regreso a la barbarie

Los yanomami tienen un carácter altivo y guerrero. Cuando los guerreros matan adquieren el estatus social de "unokai". Aquellos que son más belicosos y consiguen matar más enemigos logran un mayor prestigio y más mujeres. Para atacar las aldeas de otras tribus, forman alianzas con extraños, en vez de parientes cercanos, y el botín de guerra consiste en casarse con las hermanas o hijas de sus aliados.

Una de las costumbres más primitivas de este grupo étnico es la práctica del canibalismo ritual: durante un servicio fúnebre colectivo de carácter sagrado, incineran el cadáver de un pariente muerto y se comen las cenizas de sus huesos, mezclándolas con la pasta del "pijiguao" (elaborada a partir del fruto de un tipo de palmera), porque creen que en los huesos reside la energía vital del fallecido, que de esa manera es reintegrado al grupo familiar. Igualmente, un yanomami que mata un adversario en territorio enemigo practica esa forma de canibalismo para purificarse.

De este breve relato se infiere que los yanomami están muy lejos de corresponder a los estándares del "bon sauvage" (buen salvaje) de Rousseau...

Misioneros en la escuela del paganismo sincretista

Sin embargo, para el Padre misionero Corrado Dalmonego, que vive en Catrimani hace 11 años y, por lo tanto, los conoce bien, los yanomami pueden "con la vivencia de la propia religiosidad, de la propia espiritualidad, ayudar a la misma Iglesia a purificarse, quizá de esquemas, de estructuras mentales, que pueden haber quedado obsoletas o inadecuadas".

En primer lugar, el Padre Dalmonego piensa que los yanomami pueden ayudar a la Iglesia a "defender este mundo" y a "construir una ecología integral" al "establecer puentes entre los conocimientos tradicionales y los conocimientos modernos y ecológicos de la sociedad occidental".

Además, "en las investigaciones que se realizan sobre chamanismo, sobre mitologías, sobre saberes diferentes, sobre visiones del mundo, sobre visiones acerca de Dios", la Iglesia se enriquece, pues los momentos fuertes de diálogo ayudan a los misioneros "a descubrir la esencia de nuestra fe, muchas veces encubierta por adornos, por tradiciones culturales".

El Padre Dalmonego explica que una de las formas que toma ese enriquecimiento espiritual es que los yanomami "tienden a juntar las cosas", es decir, que pueden invocar al Dios de los blancos sin renunciar a sus propias creencias. "No es necesario renunciar, simplemente se apropian de algo más. ¿Por qué no hacer ese ejercicio también como Iglesia?" se pregunta el misionero de la Consolata. "Esto, por un lado, puede ser acusado de sincretismo o relativismo", concede. Pero concluye afirmando que, en todo caso, "nosotros no somos dueños de la verdad".

Cuando el antropólogo traiciona al misionero

Esta nueva concepción reduce la acción evangelizadora de la Iglesia a un mero ejercicio de diálogo interreligioso. El Padre Corrado Dalmonego se vanagloria de un hecho asombroso, y que para cualquier misionero tradicional sería el cáliz más amargo: dirige "una misión de presencia y de diálogo" ¡en la cual ni una sola persona ha sido bautizada desde hace 53 años!

Y es precisamente en ese sentido que la Misión Catrimani podría servir como una referencia en vista del Sínodo Panamazónico, porque es considerada como "una presencia profética para la Iglesia, que se ha puesto a la escucha de los pueblos".

Estos misioneros no se preocupan en lo más mínimo al ver incumplido el mandato dado por Cristo de ir y evangelizar a todos los pueblos, "bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt. 28, 19). No solo se niegan a llevarlo a cabo, sino que asumen esta situación al justificarla. Hacen suyas estas palabras de David Kopenawa, un líder yanomami, quien afirma que la Misión Catrimani hace bien en no desafiar la cultura yanomami ni condenar el chamanismo.

De ahí, para el misionero italiano, la importancia del próximo Sínodo, "en el que en toda la Iglesia, y también quizá fuera de ella, los ojos estarán dirigidos a la Amazonía", porque "si hubiera más experiencias como estas la Iglesia se enriquecería fuertemente".

¡Un nuevo camino para toda la Iglesia!

Ese anhelo parece enteramente conforme con los planes de los organizadores del Sínodo. El cardenal Lorenzo Baldisseri, secretario general del Sínodo de los Obispos, declaró en la conferencia de prensa de la presentación del Documento Preparatorio ante la Asamblea especial del próximo mes de octubre, que su objetivo es "encontrar nuevos caminos pastorales para una Iglesia con rostro amazónico, con una dimensión profética en la búsqueda de ministerios y líneas de acción más adecuadas en un contexto de ecología verdaderamente integral" (sic).

Consciente del carácter bastante enigmático de su frase, el cardenal Baldisseri agregó: "Es el Papa Francisco quien nos indica el camino para entender la expresión ‘rostro amazónico’". De hecho, afirmó en Puerto Maldonado: "Quienes no habitamos estas tierras necesitamos de su sabiduría y conocimiento para poder adentrarnos, sin destruir, el tesoro que encierra esta región, haciendo eco de las palabras del Señor a Moisés: 'Quita el calzado de tus pies, porque el lugar en que estás, es tierra santa'." (Éxodo 3: 5).

El cardenal Baldisseri explicó: "Como ha dicho el Papa Francisco, la tarea de la nueva evangelización de las culturas tradicionales que viven en el territorio amazónico y en otros territorios exige prestar a los pobres ‘nuestra voz para sus causas, pero también ser sus amigos, escucharlos, interpretarlos y recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos’ (Evangeli Gaudium, n° 198)".

Cuando los espíritus infernales hacen buenas migas con la ecología

Más concretamente, esa comunicación con Dios se da a través de los chamanes, porque en la subsección titulada "Espiritualidad y Sabiduría", el Documento Preparatorio afirma que las "diversas espiritualidades y creencias" de los pueblos indígenas, "los motivan a vivir en comunión con la tierra, el agua, los árboles, los animales, con el día y la noche" y que "los ancianos sabios, llamados indistintamente brujos, mestres, wayanga o chamanes – entre otros – promueven la armonía de las personas entre sí y con el cosmos".

El cuidado del medio ambiente, asegura el mismo Documento, es una de las principales áreas donde debe efectuarse este aprendizaje eclesial: "La conversión ecológica consiste en asumir la mística de la interconexión y la interdependencia de toda la creación (...) Esto es algo que las culturas occidentales pueden, y quizá deben, aprender de las culturas tradicionales amazónicas, y de otros territorios y comunidades en el planeta. Estos pueblos, ‘tienen mucho que enseñarnos’ (EG n. 198). Ellos, en su amor por la tierra y su relación con los ecosistemas, conocen al Dios Creador, fuente de vida. (...) De allí que el Papa Francisco haya señalado que ‘es necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos’ y por sus culturas".

Los misioneros de la Consolata de la Misión Catrimani pueden dormir con la conciencia en paz: el Papa Francisco no los reprobará por no haber celebrado ni un solo bautismo entre los yanomami en 53 años de presencia. Tal vez sean ellos mismos los que debieran hacerse iniciar como chamanes, aprendiendo los rituales de los yanomami y tomando un curso sobre los rituales de David Kopenawa...

José Antonio Ureta