La Presentación de la Virgen María en el Templo - 21 de noviembre

Noviembre 21, 2020
Origen: fsspx.news

La Fiesta de la Presentación era muy importante para el Padre Olier, fundador del seminario y de la compañía de los sacerdotes de San Sulpicio. A continuación, presentamos una hermosa meditación sobre este misterio tomada de sus obras.

La ofrenda que María había hecho de sí misma a Dios desde el momento de su Inmaculada Concepción fue secreta; pero como la virtud de la religión, además de los deberes interiores y ocultos, incluye los deberes exteriores y públicos, Dios quiso que ella renovara su ofrenda en el templo de Jerusalén, único santuario de toda la religión verdadera que había entonces en el mundo. Así que Él mismo le inspiró el pensamiento de ofrecerse a Él en este lugar santo. Esta niña bendita, santificada en su carne, y plenamente penetrada y llena de la divinidad en su alma, fue dirigida en todo por el Espíritu Santo: no habiendo en ella ninguna admisión a la sabiduría humana, sólo podía actuar según Dios, en Dios, para Dios, y por la misma dirección de Dios.

Tan pronto como Dios la inspiró para separarse de la casa de sus padres, ella dejó este mundo vulgar y corrupto sin mirar atrás. No se detuvo a analizar si, en el servicio de Dios, tendría alguna necesidad; si este gran Dios sería suficiente para ella en todas las cosas o no. No pensó en su casa, en sus padres: se abandonó por completo a Él con una confianza maravillosa, sin pensar en ella, ni en nada de lo que pudiera pasar. Poseída por el Espíritu de Dios, todopoderoso, todo ardiente, todo amor, fue conducida al templo por este Espíritu divino, que la elevó por encima de su edad y de las fuerzas de la naturaleza. Aunque solo tenía tres años, subió sola los escalones del templo; y Dios quiso que ella caminara así, sola, sin apoyarse en su madre, para mostrar que solo el Espíritu divino la guiaba; y también para enseñarnos que, operando en nuestras almas por su poder, Él verdaderamente suple nuestras flaquezas y debilidades. Sin embargo, la acompañaba Santa Ana, su madre, porque, por muy llenos que estemos del Espíritu Santo, debemos vivir siempre bajo la guía externa de aquellos que Él nos ha dado para que ocupen su lugar. Él mismo, bajo el exterior de estas personas, nos asegura su dirección.

Separada así de la casa de sus padres, a tan tierna edad, esta santísima niña se abandonó a Dios, en el olvido del mundo y en la muerte de sí misma, con un fervor y un celo incomprensibles. Renovó sus votos de hostia y sierva, con un amor todavía más grande, más puro, más excelente, más admirable que el que había manifestado en el templo sagrado del vientre de Santa Ana. Este amor, que aumentaba en ella a cada instante, sin interrupción ni descanso, era lo que la hacía tan grande.

Completamente consumida por este amor, no quería tener vida, movimiento, libertad, espíritu, cuerpo, más que en Dios. La ofrenda que hizo de sí misma fue tan viva, tan ardiente y tan apremiante, que su alma tenía una disposición actual y perpetua de entregarse sin cesar a Dios, y ser suya cada vez más, creyendo, por así decirlo, que nunca podría ser suficiente y queriendo pertenecerle todavía más, si le era posible. Finalmente, al ofrecerse como hostia viva, enteramente consagrada a Dios en sí misma y en todo lo que un día sería, renovó la consagración que ya le había hecho de toda la Iglesia, en el momento de su concepción; especialmente de las almas que, siguiendo su ejemplo, se consagrarían a su servicio divino en tantas comunidades santas.

En este día, la ley antigua vio cumplirse una de sus figuras; el templo de Jerusalén presenció el cumplimiento de algo que esperaba: recibió en su recinto uno de los templos de los que era imagen, la Santísima Virgen María, templo vivo de Jesucristo, como Jesucristo debía ser el templo perfecto y verdadero de la Divinidad.

Jean-Jacques Olier, Vie intérieure de la Très Sainte Vierge