La reforma de la Curia y las paradojas eclesiológicas del Padre Ghirlanda

Marzo 25, 2022
Origen: fsspx.news
El Padre Gianfranco Ghirlanda

El 19 de marzo de 2022, el Papa Francisco, con la constitución apostólica Praedicate evangelium, llevó a cabo una reorganización radical de la Curia romana, quizá la más profunda desde la época de Sixto V. El texto legislativo en cuestión fue presentado el 21 de marzo por el cardenal Marcello Semeraro, junto con monseñor Marco Mellino -actual secretario del Consejo de Cardenales- y el Padre Gianfranco Ghirlanda, jesuita y reconocido canonista.

La famosa reforma de la Curia, anunciada desde el inicio del pontificado del Papa Francisco, parece haber llegado a su meta, al menos en lo que se refiere a la reorganización de los órganos que la componen. Antes analizar minuciosamente los principios doctrinales que subyacen en este texto, merecen atención ciertos aspectos y el cortocircuito teológico involuntariamente destacado por el Padre Ghirlanda.

La creación de la Curia

Las congregaciones romanas fueron establecidas en 1588 por Sixto V, aunque la Sagrada Congregación de la Inquisición, es decir, el Santo Oficio, existía desde 1542. Dichas congregaciones tenían por objeto permitir que se tramitaran con mayor celeridad asuntos que, hasta entonces, eran examinados por los cardenales reunidos en consistorio con el Papa.

A medida que aumentaba el número de casos, Sixto V reunió a los cardenales en grupos de trabajo -congregaciones- con sus funcionarios y asesores, para tratar la mayoría de los problemas, remitiendo los casos más importantes al Papa. A estas congregaciones, profundamente reformadas bajo Pablo VI, se unieron luego comisiones pontificias para tratar cuestiones más específicas o de actualidad.

Hoy, el término "congregación" ha desaparecido para dar paso al término "dicasterio". Monseñor Semeraro explicó que el término congregación, que se remonta a la época de Sixto V, implicaba que solo los cardenales podían ejercer la presidencia. "Este ya no es el caso. El término 'dicasterio' sugiere que, en principio, todos los bautizados pueden ocupar este cargo: clérigos, consagrados, laicos".

"El término dicasterio", concluyó el cardenal, "es un término secular; congregación es un término clerical: un laico puede presidir un dicasterio, un laico, según los criterios indicados. El dicasterio no es un término genérico, sino que se ha convertido en un término específico".

Es difícil establecer hasta qué punto la congregación no concierne a los laicos. Pero más allá del vocabulario, la gran novedad de la constitución apostólica radica en que los dicasterios ya no son reuniones de cardenales con sus asistentes, que son todos clérigos, sino que se prevé que puedan participar laicos, e incluso ser prefectos.

Desde hace mucho tiempo, los laicos o las religiosas han formado parte del personal de las congregaciones, y ocupan puestos importantes como el de secretario, generalmente ocupado por un obispo. En teoría, solo la prefectura es el rol de un cardenal, pero Francisco ya había creado muchas excepciones, ya que ya no otorgaba la púrpura a varios prefectos de antiguas congregaciones.

La cuestión del origen del poder de jurisdicción en la Iglesia

El principal problema es que, en el fuero externo, muchas de estas funciones requieren el ejercicio de la jurisdicción eclesiástica delegada por el Papa. Sin embargo, la jurisdicción eclesiástica, por derecho divino, solo puede ser recibida por los clérigos, como lo recordaba el antiguo canon 118. No la reciben por la ordenación, sino por la concesión de un oficio de su superior. Solo el Papa recibe este poder directamente de Cristo, y en su plenitud.

Lumen Gentium modificó esta doctrina, afirmando que, para los obispos, la jurisdicción no se recibe del Papa sino del mismo sacramento del Orden Sagrado. Este error, condenado por la Iglesia hasta Pío XII inclusive, reiterado muchas veces en documentos posteriores y por el nuevo derecho canónico, fundamenta el otro error de la colegialidad y de la tan alabada praxis sinodal.

De un error a otro

¿Cómo entonces, desde un punto de vista modernista, se puede resolver la atribución sistemática de jurisdicción a los laicos? El Padre Ghirlanda, uno de los canonistas romanos más importantes, lo explicó sorprendentemente durante la presentación de Praedicate Evangelium.

El prefecto de un dicasterio, precisó el jesuita, "no tiene autoridad por el rango jerárquico del que está investido", sino por el "poder" que recibe del Papa. "Si el prefecto y el secretario de un dicasterio son obispos, esto no debe conducir a la creencia errónea de que su autoridad proviene del rango jerárquico que reciben, como si actuaran con un poder propio.

"El poder vicario para ejercer una función es el mismo, ya sea que se reciba de un obispo, un sacerdote, un hombre o una mujer consagrados, o un laico".

En términos muy claros, el Padre Ghirlanda concluye: "El poder de gobierno en la Iglesia no proviene del sacramento del Orden Sagrado, sino de la misión canónica". Con esta sentencia, el jesuita Ghirlanda anula el error de Lumen gentium en un abrir y cerrar de ojos, como si nada... pero con el objetivo de incluir a los laicos en el ejercicio del poder de gobierno –lo cual es contrario a la ley divina.

Juan XXIII inició sus reformas consagrando obispos a los cardenales de la Curia que no lo eran. Los canonistas explican que la Curia debe estar compuesta mayoritariamente por obispos, para mostrar la participación en la "solicitud de todas las iglesias" que dependen de cada una de ellos por su ordenación y su pertenencia al colegio episcopal.

Por lo tanto, la jurisdicción ya no debe considerarse derivada del Papa, sino del orden episcopal, que participa, a través de la curia y los sínodos, en el cuidado de la Iglesia universal.

Hoy, por un vuelco repentino, la participación de los laicos en la delegación del poder de jurisdicción anula un aspecto esencial de la constitución divina de la Iglesia, en la que solo el clero tiene derecho a todo poder público.

Esta novedad parece un eco de la entrevista que Welby, "arzobispo" de Canterbury, concedió a los medios vaticanos el pasado 6 de octubre, donde habló de la sinodalidad: "En el anglicanismo, la sinodalidad, la mayoría de los sínodos […] tienen tres cámaras o por lo menos dos. En la Iglesia de Inglaterra, por ejemplo, tenemos tres cámaras: obispos, clérigos y laicos".

Hace algunos años, el Sínodo sobre la Familia fue precedido y eludido por el documento de reforma de los procesos matrimoniales: anular matrimonios en un mes, basándose únicamente en la declaración de los cónyuges, es mucho más sencillo que averiguar cómo dar la comunión a los divorciados vueltos a casar.

El Sínodo sobre la Sinodalidad está a punto de comenzar, habiendo sido ya eludido por el documento sobre la reforma de la Curia, el problema ya no es cómo involucrar al colegio de obispos en el gobierno de la Iglesia universal, sino cómo dar a todos –clero, laicos y obispos– la posibilidad de ocupar todas las funciones.

Aunque el error modernista aún no ha anulado por completo la jerarquía derivada del sacramento del Orden Sagrado -aunque la ha disminuido y vaciado con la nueva liturgia-, ahora simplemente elimina la distinción entre laicos y clérigos de la otra jerarquía, la del gobierno, por un error igualmente pernicioso. (*)

Parece extraño que, para lograr este resultado, un hombre tan bien formado como el Padre Ghirlanda esté dispuesto a modificar Lumen gentium sin siquiera mencionar el problema.

 

(*) Hay, en la Iglesia, una doble jerarquía que corresponde a los mismos sujetos: la jerarquía de Orden, fundada en el sacramento del mismo nombre, y que comprende al menos tres grados – obispo, presbítero y diácono; y la jerarquía de jurisdicción, que se fundamenta en el Papa para toda la Iglesia, y en los obispos en sus diócesis, sin perjuicio de la del Papa. Los sacerdotes, particularmente los párrocos, reciben la jurisdicción de su obispo o directamente del Papa. Solo los clérigos pueden pertenecer a la jerarquía de jurisdicción.