La Sagrada Eucaristía y la comunión en la boca

Abril 26, 2021
Origen: fsspx.news
El Padre Pío recibiendo la Sagrada Comunión

Con motivo de la crisis sanitaria muchos obispos han promovido fuertemente la comunión en la mano, prohibiendo incluso en ocasiones la comunión en la boca. Las siguientes líneas intentarán explicar el significado del rito litúrgico.

El hecho de colocar la hostia en la mano de un bautizado no es un mal en sí mismo, ya que era una práctica bastante común en los primeros días de la Iglesia. Sin embargo, como señala San Pablo, "todo me es lícito, pero no todo conviene" (1 Co. 6, 12).

No porque algo sea en sí mismo posible, intelectualmente concebible, ni porque se haya realizado en el pasado, en circunstancias sustancialmente diferentes de las que conocemos ahora, se vuelve oportuno o deseable.

Existen razones objetivas, fundamentadas y válidas que explican por qué, desde hace más de un milenio, la Iglesia ha optado definitivamente por una determinada forma de distribuir la comunión, estableciendo que la Sagrada Eucaristía sea tocada únicamente por las manos de los ministros consagrados.

Asegurar el respeto al Santísimo Sacramento

La primera motivación que se puede atribuir al establecimiento de esta forma de distribución de la comunión es de carácter práctico, es decir, asegurar el respeto al Santísimo Sacramento.

Los textos de los Padres, de los concilios y de los escritores eclesiásticos, en la época en que aún se podía dar la comunión en la mano, insisten con mucha fuerza en la necesidad de cuidar hasta la más mínima partícula (como pepitas de oro, según una imagen común), para evitar cualquier sacrilegio involuntario (a causa de una devoción mal informada) y más aún, los sacrilegios voluntarios.

Cuidar hasta la más mínima partícula

Si, como enseña la fe de la Iglesia, y retomando las palabras de Santo Tomás de Aquino en Lauda Sion, "Cristo está completamente entero en cada fragmento como en toda la hostia", es necesario ejercer un cuidado absoluto, tanto como sea humanamente posible, para que ninguna partícula, ningún fragmento se pierda, caiga al suelo o sea pisoteado.

Sin embargo, colocar la hostia en la mano de cada uno de los fieles, con todas las manipulaciones que esto conlleva, obviamente aumenta el riesgo de pérdida involuntaria de fragmentos de la hostia. Especialmente porque los fieles pueden no ser muy diestros, tal vez no tienen las manos limpias o no siempre están lo suficientemente capacitados para manejar el Santísimo Sacramento con respeto y atención.

Para reducir al máximo estos riesgos en la práctica, la Iglesia optó por un rito que elimina la fuente misma de las dificultades, suprimiendo la manipulación de las sagradas especies por parte de los fieles. Desde entonces, la Sagrada Eucaristía pasa directamente de la mano del ministro consagrado a la boca del comulgante. El respeto por la más mínima partícula queda bajo la responsabilidad inmediata del ministro consagrado, que está capacitado y facultado para ello.

Evidentemente, el establecimiento paulatino, en Oriente, de la práctica de la comunión por intinción (humedecer la hostia en la preciosa Sangre) hizo que esta evolución fuera estrictamente obligatoria, pues el riesgo de perder un fragmento adquirió una gran importancia. 

Evitar cualquier tipo de profanación

El segundo peligro señalado por los textos antiguos es el sacrilegio, ya sea involuntario por efecto de una devoción mal inspirada, o voluntario.

En efecto, existe un riesgo inimaginable de que el comulgante lleve consigo las sagradas especies para un uso no controlado, desde la veneración personal en su casa, usarlas como amuleto, hasta la profanación sacrílega y satánica. Los textos de la época abundan en insistentes advertencias sobre este punto, prueba de que, lamentablemente, tales prácticas eran numerosas. Especialmente tras el fin de las persecuciones, cuando los cristianos, algunos de los cuales eran conversos imperfectos de los ritos paganos, habían aumentado en número.

Este riesgo de sacrilegio sigue siendo relevante hoy, y más que nunca, en la sociedad multicultural en la que vivimos. Prueba tangible de ello es la declaración del Padre José Marie de Antonio, responsable de la pastoral de los migrantes en los Altos Pirineos (Libération, 15 de agosto de 2009, p. 13): "[Los tamiles no bautizados] comulgan [en Lourdes]. Una vez vi a un hombre meterse la hostia en su bolsillo. Me dijo: 'Soy hindú, pero la he guardado para llevarla a París a mi madre que está muy enferma, porque es un alimento divino".

Para evitar estos riesgos objetivos, las autoridades eclesiásticas de la época incrementaron sus demandas de precaución. Por ejemplo, los concilios recuerdan la obligación de que los fieles consuman inmediatamente la hostia, frente al sacerdote, quien debe controlar efectivamente este consumo.

Pero ni siquiera estas medidas fueron suficiente para reducir el riesgo de profanación a un nivel tolerable. Y, siguiendo el curso normal de los acontecimientos, la Iglesia evolucionó hacia un procedimiento que, en la práctica, reduce al máximo las posibilidades de utilizar la Eucaristía sin respetar su santa realidad. Al colocar la hostia directamente en la boca del comulgante, se vuelve, si no imposible, al menos realmente difícil para este último recuperarla y usarla de otra manera que no sea para la comunión en sí.

En el ámbito del "simbolismo"

La primera razón de la evolución del rito de la comunión es, por tanto, práctica. Este motivo tiene cierta importancia, por supuesto, pero no es el único, ni quizás el más esencial. Si nos enfocamos exclusivamente en las consideraciones prácticas relacionadas con la comunión, fácilmente se podrían encontrar soluciones "innovadoras", derivadas de técnicas comerciales modernas (para la distribución) y procedimientos de seguridad (para evitar las profanaciones).

Sin embargo, el rito de distribución de la comunión, más allá de su aspecto práctico (que obviamente existe: es necesario que, en la práctica, los comulgantes reciban la Sagrada Eucaristía), posee otro aspecto mucho más importante: expresar mediante determinados gestos, actitudes o palabras la realidad de la Sagrada Eucaristía, manifestar (y formar, en ciertos aspectos) los sentimientos interiores de quienes se acercan a recibir la comunión.

En este punto, como en toda la liturgia, nos encontramos en el mundo del "simbolismo" más que en el de la acción puramente práctica. El registro simbólico expresa, a través de posiciones corporales o expresiones verbales, los sentimientos internos del alma, sin que necesariamente exista, de forma paralela, una utilidad práctica inmediata para este gesto. Cuando los veteranos depositan una ofrenda floral en el monumento a los caídos el 11 de noviembre, cuando el alcalde lee los nombres de aquellos que "murieron en el campo de batalla", no tiene ninguna utilidad práctica para los difuntos. En realidad, se trata de una expresión simbólica del homenaje de los vivos a los que murieron por la patria.

Es principalmente a la luz del simbolismo que debe examinarse el rito adoptado por la Iglesia, cuando distribuye la comunión en la boca y no en la mano. Este es el verdadero criterio litúrgico. Y es necesario juzgar este rito según los elementos más fundamentales de la fe cristiana, no según consideraciones ajenas, profanas, que pueden, sin duda, ser de interés en otros campos, pero que no tienen cabida para manifestarse aquí.

Expresar la presencia real y la reverencia debida al sacramento

En el rito de la comunión, el primer punto que debe expresarse simbólicamente es la presencia real de Cristo bajo los velos de la hostia y, en consecuencia, la reverencia debida a este santísimo sacramento.

Esta presencia del más sagrado de los misterios en la hostia, la presencia de Dios mismo, de Nuestro Señor Jesucristo en persona, es particularmente bien expresada simbólicamente por el hecho de que únicamente los ministros sagrados, que han sido consagrados especialmente por el rito de la ordenación, tocan con sus manos las sagradas especies. Esto constituye un rito simbólico de notable eficacia para expresar la diferencia entre el pan ordinario (que todos están acostumbrados a tocar en la vida cotidiana) y el pan eucarístico, el pan sagrado, que solo tocan los ministros consagrados. Todos pueden comprender de forma natural el significado de este rito, incluido el niño que aún no sabe leer.

Este es, sin duda, el motivo principal del cambio de la práctica realizado por la Iglesia hace más de un milenio: expresar de forma más viva y evidente la fe de la Iglesia en la presencia real de Cristo.

Los Padres, que veían a su alrededor el antiguo rito de la distribución en la mano, hacen gran hincapié en sus textos en la fe, la devoción, la veneración, la adoración que se deben a este precioso Cuerpo de Cristo. Estas recomendaciones se repiten como un leitmotiv, lo cual tiende a mostrar que el rito antiguo probablemente no tenía toda la eficacia simbólica requerida para expresar por sí mismo este dogma central de la fe. Y, finalmente, la Iglesia optó por un rito que indica más claramente este punto, reservando solo a las manos consagradas de los ministros sagrados, simbólicamente, la manipulación de las sagradas especies.

Manifestar la "recepción" del sacramento, y los dos sacerdocios

El segundo punto que debe expresarse simbólicamente es el carácter "recibido" y no "debido" del sacramento. El siguiente texto del cardenal Ratzinger puede ayudarnos a comprender mejor: "Pertenece a la forma esencial del sacramento de ser recibido, y que nadie puede conferírselo a sí mismo. Nadie puede bautizarse a sí mismo, nadie puede conferirse la ordenación sacerdotal, nadie puede absolverse de sus pecados. A esta estructura de encuentro se debe el hecho de que la contrición perfecta no puede, por su naturaleza, permanecer interior, sino que requiere la forma de encuentro que es el sacramento [de la penitencia]" (Josef Ratzinger, Iglesia, ecumenismo y política, Fayard, 1987, citado según la edición alemana en AA. VV., Veneración y administración de la Eucaristía, CIEL, 1997, p. 72).

Sin duda, este carácter de "recepción" no está totalmente ausente del rito de la comunión en la mano, en la medida en que el comulgante no lo hace por sí mismo, sino que recibe del ministro sagrado la hostia, que luego se lleva a la boca.

Sin embargo, evidentemente, este carácter de "recepción" se expresa simbólicamente de una manera mucho más fuerte cuando el sacramento se entrega a los fieles "como a niños recién nacidos", retomando la expresión de la primera epístola de San Pedro (1 Pe. 2, 2) que constituye el introito del domingo de Quasimodo donde la liturgia, precisamente, habla a los recién bautizados de la comunión.

Este modo de proceder tiene, además, la ventaja de expresar, una vez más en el ámbito simbólico, y esto de la manera más clara, la diferencia (esencial y no solo de grado) entre el sacerdocio común o bautismal, que recibe el sacramento, y el sacerdocio ministerial, que lo confiere. 

El carácter bautismal, que constituye en todos los que lo poseen un "sacerdocio real" (1 Pe. 2, 9), es en realidad, como nos recuerda Santo Tomás de Aquino, una capacidad para recibir los demás sacramentos, y principalmente la sagrada Eucaristía, fin y consumación de todos los sacramentos (cf. Suma Teológica, III, 63, 2 y 6), mientras que el carácter sacerdotal es una capacidad de dar, de conferir los sacramentos.

La elección de la Iglesia indivisa

Estos son algunos de los principales motivos que llevaron a la Iglesia a abandonar, hace más de un milenio, la práctica de distribuir la comunión en la mano de los fieles, en beneficio exclusivo de la comunión dada directamente en la boca de los fieles bautizados por el ministro sagrado.

Y cuando decimos Iglesia, debemos entenderla en todos sus componentes. A pesar de la variedad de ritos utilizados en las diversas Iglesias de origen apostólico actualmente existentes, vemos que hoy, durante la comunión en la celebración litúrgica, ningún fiel laico toca jamás la Sagrada Eucaristía con las manos, sino que siempre la consumen directamente de las manos del ministro sagrado. Esto es un hecho sólido e indiscutible que debería hacernos pensar.

Especialmente porque una buena parte de estas iglesias de origen apostólico han conservado, a diferencia de la Iglesia latina, la comunión bajo ambas especies, o incluso utilizan pan fermentado. Es por ello que estas Iglesias, sin excepción alguna, han discernido unánimemente que dar la Sagrada Eucaristía al comulgante directamente "en la boca" (según las diversas formas) constituye un modo de proceder más oportuno y más adecuado, tanto práctica como simbólicamente.