La santidad de la Iglesia (16): la virtud de la humildad

Mayo 27, 2023
Origen: fsspx.news
He aquí la Sierva del Señor

Según una paradoja de la que se hacen eco varios predicadores, "en el cielo están todos los pecados menos la soberbia; en el infierno todas las virtudes excepto la humildad". Este apotegma, por paradójico y parenético que parezca, está basado en el Evangelio: Jesucristo nos pide que lo imitemos en su humildad (Mt 11,29), y se da a sí mismo como ejemplo en el episodio del lavatorio de pies (Jn 13, 1-15).

La humildad no solo es necesaria para obtener el perdón de los pecados, sino para crecer en la santidad, y es la condición para un auténtico crecimiento espiritual, sin el peligro de ver todo empañado por la soberbia, que ha apartado de Dios a los ángeles y a los hombres rebeldes. Asimismo, fue la humildad de la Virgen la que dio inicio a la obra de la Redención, que consistió precisamente en el anonadamiento (exinanitio) de Nuestro Señor Jesucristo, según las palabras de San Pablo (Fil 2, 7).

Pero, ¿qué es la virtud de la humildad? ¿Con qué la podemos relacionar? Para San Bernardo, es el perfecto conocimiento de sí mismo, por el cual el hombre se considera vil. Este conocimiento es una virtud precisamente en la medida en que está ligada a la verdad y a la justicia. La justicia consiste en atribuir todo bien a su verdadero principio y autor, que es solo Dios, a quien pertenece todo honor y toda gloria.

La humildad es una virtud propiamente cristiana

Desde un punto de vista apologético, la humildad es una virtud propiamente cristiana, porque era desconocida para el mundo pagano. Ningún filósofo de la antigüedad, por agudas que fueran sus consideraciones sobre las virtudes, citó jamás la humildad entre ellas.

En efecto, existe un vínculo profundo entre la humildad y la encarnación del Verbo, como demuestra San Pablo en la carta a los Filipenses ya citada. Humilitas se deriva precisamente de humus, tierra, esta tierra de la que el hombre fue sacado desde el principio, y en la que el Hijo de Dios eligió encarnarse asumiendo esta misma naturaleza humana que salió del barro.

Solo la humildad nos permite comprender la lógica del Evangelio y practicar las virtudes sin engaños, como un don del Redentor, y no como obra nuestra. El Evangelio advierte continuamente contra una vana práctica de las virtudes, como la de los escribas y fariseos, echada a perder por el orgullo.

Y nos invita continuamente a mantenernos ocultos, a considerarnos insuficientes, poniendo todo el bien en Dios: "También vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido mandado, diréis: somos siervos inútiles. Hemos hecho lo que debíamos hacer" (Lc 7,10).

Santo Tomás, hablando de la virtud de la humildad dice: "Pueden considerarse, en el hombre, dos cosas: lo que es de Dios y lo que es del hombre. Es del hombre todo lo defectuoso, mientras que es de Dios todo lo perteneciente a la salvación y a la perfección" (II-II, 61, 3).

La virtud católica de la humildad

La Iglesia romana, en su forma social querida por Cristo, es el lugar donde se favorece y se hace posible constantemente la virtud de la humildad en los santos. Esto es precisamente porque la naturaleza de la autoridad en la sociedad eclesiástica es tal que, en toda relación exterior, tiene precedencia sobre la virtud y la santidad. Esto puede parecer una extraña paradoja, pero así fue como Cristo fundó su Iglesia. Las relaciones jerárquicas no se basan en el grado de virtud o de gracia, sino en algo que las precede: en la capacidad de conferir la gracia (cf. Supl. q. 34, art. 1, ad 3um).

De este modo, la santidad y también las gracias gratuitas quedan sujetas al control y verificación continuos de la autoridad, evitando el peligro de la soberbia. Al someter la santidad invisible a un orden visible en esta tierra, la Iglesia romana se hace garante y protectora de la autenticidad de sus santos.

Aun cuando los sostiene durante su vida, como ha sucedido con muchos santos que han recibido créditos, honores y oficios de la Iglesia, la jerarquía visible impide que el santo se exalte por sus propios méritos invisibles.

Es bien conocido el episodio de San Felipe Neri que fue enviado por el Papa para verificar la santidad de una religiosa que gozaba de gran renombre como mística. Llegado al monasterio, inmediatamente pidió hablar con la religiosa quien, apenas descendió a la sala, con una profunda reverencia, le dijo: "¿En qué puedo serle útil?"

El santo, que estaba cómodamente sentado en su silla, sin siquiera responder al saludo, le tendió el pie y le dijo: "Antes que nada, Reverenda Madre, le pido que me quite estos zapatos llenos de fango y los limpie bien para mí".

La religiosa retrocedió estupefacta y, con palabras indignadas, se quejó de tan grosero proceder, diciendo: "¡Cómo se atreve a hacerme tal petición!"; San Felipe guardó silencio, se levantó tranquilamente y salió del convento para volver a casa, informando al Papa que a esta "santa" le faltaba la virtud fundamental.

La humildad y el prójimo

La humildad consiste, pues, en reconocer lo que uno es ante Dios. Pero para ser auténtica, la humildad debe verificarse en relación con el prójimo. Sería demasiado fácil declararse pequeño ante Dios pero superior al prójimo. Hemos visto cómo Nuestro Señor insistía en que nos consideráramos (sinceramente y sin farsas) como los más pequeños y siervos de todos.

El abate San Antonio supo por inspiración divina que había en Alejandría un hombre más santo que él, y quiso encontrarlo para perfeccionarse con su ejemplo. Este hombre era un zapatero que llevaba una vida sencilla, conformada por el trabajo y la oración, y que dedicaba parte de sus bienes a las buenas obras.

San Antonio, que había hecho muchas buenas obras y se había despojado de todas sus posesiones, quería saber cuál era el secreto de este hombre, que aparentemente vivía una vida cristiana ordinaria en una ciudad llena de oportunidades para el pecado, de la cual el santo había huido. Al interrogarlo, el santo escuchó lo siguiente: "Yo no hago nada especial. Mientras trabajo, solo miro a la gente que pasa por la calle y me digo: 'Señor, que todos se salven. Solo yo pereceré'".

La humildad y el amor a la cruz

Quien se reconoce pecador sabe que merece la cruz, sabe que quiere seguir a Jesucristo por este camino, y por eso desea la humillación, de la que nace la auténtica humildad. Uno puede ser reconocido en el mundo y ser santo, pero lo que no es posible es querer ser reconocido en el mundo y ser santo.

Este es el sentido de los grados de humildad de los ejercicios espirituales de San Ignacio, para quien el pináculo de la humildad consiste en esta preferencia interior por la cruz, que en cierto modo supera la misma indiferencia respecto a los medios de salvación expresada en el Principio y Fundamento1: si estamos dispuestos a tomar los medios que Dios nos asigna, no podemos dejar de preferir interiormente los oprobios a los honores.

Para concluir este tema, y ​​como conclusión de esta serie de artículos, citaremos el episodio de San Francisco sobre la alegría perfecta. Si pudiéramos apropiarnos interiormente de todo lo que surge de este ejemplo, ya no necesitaríamos artículos sobre la santidad, ni consideraciones piadosas, sino que alcanzaríamos verdaderamente ese deseo de abrazar la cruz al que el Salvador nos exhorta con su ejemplo.

Iban San Francisco y el hermano León camino de Santa María de los Ángeles desde Perugia, era invierno y estaban atormentados por el fuerte viento, cuando el hermano León le preguntó: "Padre, te ruego por parte de Dios, que me digas dónde está la perfecta alegría", que todo cristiano debe desear profundamente según el espíritu de la nueva ley y de las bienaventuranzas.

Y San Francisco le respondió así: "Cuando lleguemos a Santa María de los Ángeles, completamente mojados por la lluvia y muertos de frío, llenos de barro y afligidos por el hambre, y toquemos a la puerta del convento, y el portero, irritado nos diga: "¿Quiénes son ustedes?" Y al oír nuestra respuesta nos replique: "No es cierto: son dos vagabundos que buscan engañar al mundo y roban las limosnas de los pobres; fuera de aquí".

Y el hombre no nos abra y nos deje a la intemperie bajo la nieve y la lluvia, con frío y hambre hasta la noche: entonces, si soportamos tal injuria y crueldad, tantos malos tratos, pacientemente, sin perturbarnos y sin hablar mal de él; y humildemente pensamos que el portero realmente nos conoce, y que es Dios quien le hace hablar contra nosotros así: hermano León, ahí está la alegría perfecta. 

Y si persistimos en llamar a la puerta, hasta que el hombre sale airado y, como malhechores inoportunos, nos ahuyenta con insultos y reproches, diciendo: "Váyanse, ladrones viles, vayan al hospital, que aquí no comerán ni dormirán". Si lo soportamos con paciencia, con alegría y amor: hermano León, allí está la alegría perfecta.

Y si aún, confusos por el hambre y el frío y la noche tocamos una vez más y pedimos por el amor de Dios, con lágrimas en los ojos, que nos abra la puerta y nos deje entrar, y él más escandalizado dijera: "Canallas inoportunos, les pagaré como merecen". Y saliera de ahí con un palo y nos agarrara la capucha y nos tirara al piso y nos arrastrara por la nieve y nos golpeara con el palo: Si nosotros soportamos todas esas cosas pacientemente y con alegría, pensando en los sufrimientos de Cristo bendito, en todo lo que tenemos que soportar por Él: hermano León, allí está la alegría perfecta.

Y, por tanto, escucha la conclusión: por encima de todas las gracias y dones del Espíritu Santo, que Cristo concede a sus amigos, está el hecho de vencerse a sí mismo y soportar voluntariamente, por amor a Cristo, los dolores, los insultos y las dificultades.

En efecto, no podemos jactarnos de los dones de Dios, porque no son nuestros, sino de Dios; por lo cual dice el Apóstol: ¿Qué tienes que no lo hayas recibido de Dios? Y, si lo has recibido, ¿a qué gloriarte cual si no lo hubieras recibido? Pero en la cruz de la tribulación bien podemos gloriarnos, porque es nuestra; por eso dice el Apóstol: "No me glorío sino en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo".

  • 1. “El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios Nuestro Señor y, mediante esto, salvar su alma. Y las otras cosas sobre la tierra son creadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para el que es creado. De donde se sigue que el hombre tanto ha de usar de ellas cuanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse de ellas cuanto para ello le impiden".