Las etapas de una verdadera conversión

Abril 08, 2020
Origen: fsspx.news

Continuación del estudio del Padre Patrick Troadec sobre:

Los salmos: una oración efectiva en estos tiempos de epidemia

Dado que la causa de las plagas que asolan al mundo, y especialmente la de coronavirus que prevalece en la actualidad, son los pecados de los hombres, es importante que nuestros países, alguna vez católicos, se conviertan y regresen a Jesucristo, que es el único Salvador. A la espera del regreso de las naciones a Jesucristo, que cada uno de nosotros haga su mea culpa, reconociendo nuestras faltas y aprovechando este período de confinamiento para convertirnos verdaderamente. ¿No dijo Nuestro Señor a Pedro, quien, sin embargo, ya llevaba algún tiempo siguiéndolo: "Y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos?" (Lc 22:32). Cuanto más santos seamos, más bien podremos hacer a nuestro alrededor. Por tanto, tomemos conciencia de las diferentes etapas para lograr un cambio de vida que sea verdaderamente agradable a Dios.

La preparación para la confesión

La primera disposición a cultivar para hacer una buena confesión consiste en el reconocimiento de la propia miseria. El santo Rey David lo reconoció cuando dijo: "En cuanto a mí, soy pobre y miserable; pero el Señor cuida de mí. Mi amparo y mi libertador eres Tú; ¡Dios mío, no tardes!" (Sal. 39:18).

Dios concede su gracia a los humildes. Cuanto más pequeños seamos ante nosotros mismos, más podrá Dios actuar en nosotros y atender a nuestras oraciones. Es necesario unir al reconocimiento de la propia miseria, la confianza en la misericordia divina. Es por esto que, después de decir: "Soy pobre y necesitado", el Salmista se apresura a agregar refiriéndose a Dios: "Tú eres mi ayuda y mi protector".

Para conmover el corazón de Dios, el Salmista confía en la misericordia divina: "Vuélvete, oh Señor, libra mi alma; sálvame por tu misericordia" (Sal. 6, 5).

En otro salmo, dice: "Acuérdate, Señor, de tus misericordias, y de tus bondades que son imperecederas" (Sal 24, 6).

San Agustín comenta este versículo de la siguiente manera: "Acuérdate de tus misericordias, Señor: acuérdate de las obras de tu misericordia, Señor, porque los hombres suponen que te has olvidado. Y que tus misericordias existen desde siempre: recuerda también esto: que tus misericordias existen desde siempre. De hecho, nunca has existido sin ellas".

"Lávame a fondo de mi culpa, límpiame de mi pecado" (Sal. 50, 4).

El hombre cae por sí solo en el pecado, pero solo Dios puede levantarlo. Por eso el Rey David le pide esta gracia a Dios. En el versículo 11, dice: "Aparta tu rostro de mis pecados, y borra todas mis iniquidades". 

Una profunda contrición

El Salmista es plenamente consciente de la necesidad de la contrición para tocar el corazón de Dios, pues escribe: "Mi sacrificio, oh Dios, es el espíritu compungido; Tú no despreciarás, Señor, un corazón contrito y humillado" (Sal. 50, 19).

El reconocimiento de nuestras faltas

"Hemos pecado lo mismo que nuestros padres; obramos el mal, hemos sido malos y perversos" (Sal. 105, 6).

"Porque yo reconozco mi maldad, y mi pecado está siempre ante mí. He pecado contra Ti, contra Ti solo, he obrado lo que es desagradable a tus ojos" (Sal. 50, 5:6).

Así como el Salmista confiesa sus faltas ante Dios, hoy, nosotros, cada uno de nosotros, debemos reconocer nuestros propios pecados delante de Él mientras esperamos la oportunidad de hacer una buena confesión. Tenemos que despertar en nosotros una gran contrición para que el buen Dios borre nuestras faltas. También se pueden aplicar estos versículos de los salmos a los pecados públicos de las naciones y, en particular, a la apostasía, así como a los trastornos morales que resultan de ella.

El firme propósito

David menciona los efectos de una buena confesión en el Salmo 50, que es, por excelencia, el salmo de la penitencia, es decir, del arrepentimiento sincero por nuestras faltas.

"Devuélveme el gozo de tu salvación; fortaléceme con un espíritu generoso. Enseñaré a los malos tus caminos; y los pecadores se convertirán a Ti" (Sal. 50, 12 y 14:15).

Un espíritu recto y generoso, un corazón puro que es fuente de alegría, un gran celo misionero; estos son los maravillosos efectos de una buena confesión.

Para permanecer fieles a Dios, es necesario mantener vivo el recuerdo de nuestras faltas, lo que los autores espirituales llaman la compunción. El santo Rey David lo expresa de este modo: "Me hallo extenuado de tanto gemir, cada noche inundo en llanto mi almohada, y riego con mis lágrimas el lecho" (Sal. 6, 7).

San Juan Crisóstomo comenta lo siguiente: "David no se contenta con llorar una sola vez sus faltas, sino que toda su vida transcurre en la práctica de la penitencia. Imitemos su arrepentimiento; si nos negamos a llorar nuestras faltas aquí en la tierra, tendremos que llorar por ellas en la próxima vida, pero sin ninguna utilidad, mientras que aquí abajo nuestras lágrimas son fecundas en frutos de salvación1".

Otro de los frutos más efectivos de una buena confesión es que nos mantiene alejados de las ocasiones próximas de pecado. El Salmista comprende esto cuando escribe: "Apartaos de mí todos los que obráis la iniquidad; pues el Señor ha oído la voz de mi llanto" (Sal. 6, 9).

San Juan Crisóstomo continúa sus reflexiones: "Nuestro Señor nos enseñó esto cuando dijo: 'Si, pues, tu ojo derecho te hace tropezar, arráncatelo y arrójalo lejos de ti; más te vale que se pierda uno de tus miembros y no que sea echado todo tu cuerpo en la gehenna' (Mt. 5, 29:30). Aquí, David no se refiere a los miembros de nuestro cuerpo, sino a nuestros amigos más íntimos. Por lo tanto, debemos sacrificar la amistad cuando, lejos de ser útil, se vuelve perjudicial para nuestros amigos y para nosotros mismos. Fiel a esta orden saludable, David no solo evitó tales amigos, sino que les ordenó que se alejaran de él".

En este período de confinamiento, pensemos en hacer actos de contrición perfecta, es decir, contrición por amor a Dios, para recuperar el estado de gracia, si lo hemos perdido, mientras esperamos el momento para hacer una buena confesión.

Padre Patrick Troadec

  • 1. San Juan Crisóstomo, Obras completas, Vivès, 1867, p. 628.