Las maravillas del Cielo en los salmos (1)

Mayo 20, 2020
Origen: fsspx.news

En la colecta de la misa del IV domingo después de Pascua, la Iglesia nos pide que "entre los halagos del mundo, tengamos fijos nuestros corazones allí donde están los verdaderos goces". Así, ahora que nos acercamos a la fiesta de la Ascensión, nuestra mirada se dirige espontáneamente hacia el Cielo.

Es consolador saber que más allá del cielo visible, hay otro invisible, creado por Dios para establecernos allí cuando dejemos la tierra. San Bernardo nos dice: "Es en el Cielo que veremos a Dios cara a cara, tal como Él es. La visión de Dios es la recompensa, el fin y el fruto de todos nuestros trabajos, de todas nuestras virtudes, de todas nuestras penas. ¿Quién no preferiría un fruto tan precioso e incomparable a todas las cosas visibles e invisibles? ¿Qué corazón frío no se encendería con el deseo de esta visión de Dios?"

Para obtener el fruto del segundo misterio glorioso del rosario, es decir, el deseo del Cielo, conviene buscar aquello que Dios mismo nos reveló en las Sagradas Escrituras sobre la patria celestial.

La patria celestial

Aquí en la tierra no tenemos acceso directo a lo divino. Al no ver a Dios, es difícil para nosotros imaginar o incluso concebir quién es Él. Debido a esta dificultad, una tendencia natural es sucumbir a una u otra de las siguientes tentaciones. Algunos se dicen a sí mismos: como Dios está muy por encima de nosotros, dejémosle donde está y no intentemos vivir en su intimidad; otros, por el contrario, quieren ponerlo a su alcance, rebajándolo a su nivel y perdiendo de vista su magnificencia, su majestad, su santidad. Aquello que es verdad del Buen Dios también lo es del Cielo, porque la vida de los santos consiste esencialmente en la visión y el goce de Dios.

A fin de evitar las dos trampas que acabamos de mencionar, el Salmista recurre al uso de metáforas para describir las maravillas de la otra vida. Estas comparaciones tienen el mérito de situarnos en el camino sin pretender darnos una descripción perfecta de las realidades celestiales. David describe el paraíso como una tierra, una montaña, una casa, una ciudad, un reino. Los comentaristas aprovechan el uso de estas diversas expresiones para cantar las maravillas del cielo.

1-El monte santo

Convencido de que no hay nada más importante que llegar al Cielo, David le pide al Señor que le conceda los medios para lograrlo: "Envíame tu luz y tu verdad; estas me guiarán y me conducirán a tu monte santo y a tus tabernáculos" (Sal. 42, 3). Santo Tomás de Aquino comenta este pasaje diciendo que la luz y la verdad representan a Jesucristo. Él es quien nos conducirá al paraíso designado aquí como "el monte santo". El monte, por su majestad y su estabilidad, evoca la felicidad inmutable que disfrutan los santos en el paraíso.

2-La casa del Señor

Una morada permanente

La casa, como alojamiento permanente, en oposición a la tienda, donde solo se vive por temporadas, también es adecuada para simbolizar el Cielo, según la enseñanza de San Pablo: "Sabemos que, si la tienda de nuestra mansión terrena se deshace, tenemos de Dios una sólida casa, no hecha por mano de hombre, eterna, en los cielos" (2 Cor 5: 1).

Lleno de esperanza, el Salmista afirma con convicción: "Caminaba yo al frente de la noble cohorte hacia la tienda de Dios" (Sal. 41, 5). En los salmos, el término tienda, debido a su movilidad y uso temporal, designa la vida presente, a diferencia de la casa. Por eso San Jerónimo, al comentar este pasaje del salmo 41, dice: "La tienda de Dios es la Iglesia peregrina o militante que todavía está lejos del Señor. Es a través de ella que llegamos a [...] la Jerusalén celestial, nuestra Madre común".

Un lugar de felicidad perfecta

El Cielo está tan presente en el pensamiento de David, que reza incesantemente al Buen Dios para que le conceda la gracia de llegar a él: "Una cosa pido al Señor, y esa procuro: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida para contemplar las delicias del Señor y visitar su santuario" (Sal. 26, 4). Es en el paraíso donde el Salmista encontrará la verdadera felicidad alabando a Dios eternamente: "Bienaventurados los que moran en tu casa, Señor, y te alaban continuamente" (Sal. 83, 5). San Roberto Belarmino interpreta así este versículo: "El Profeta solo tiene una preocupación: morar en la casa del Señor, no por un tiempo, sino todos los días de su vida, es decir, mientras dure la vida de los santos, la cual es eterna. Eso es morar realmente en la casa del Señor, porque en la tierra, aunque somos amigos e hijos de Dios, no moramos con Él, caminamos con Dios, pero no estamos en su casa, sino en la tienda [tabernáculo]. ¿Por qué desea morar en la casa del Señor? Porque allí está la felicidad perfecta" (Explicación de los Salmos, Vivès, 1855, I, pp. 201-202).

Para que no pensemos que la alegría de los elegidos es comparable a la que se experimenta en esta tierra, el Salmista dice: "Son como en la alegría, los que moran en ti" (Sal. 86, 7). No vamos a repetir aquí el comentario de San Agustín, que nuestros lectores encontrarán en el artículo titulado "El triunfo de Jesús en los salmos". Nos limitaremos simplemente a recordar que la alegría del Cielo es incomparablemente más profunda y dulce que todas las de esta vida terrenal.

Una sola casa pero diferentes grados de gloria

Nuestro Señor también emplea el término casa para designar el Cielo. Lo menciona en su discurso después de la Última Cena. Queriendo consolar a sus Apóstoles entristecidos por la idea de separarse de Él, les dice: "En la casa de mi Padre hay muchas moradas" (Jn 14, 2). El divino Maestro quiere demostrar con esto que, si bien la recompensa es idéntica para todos los elegidos, esta encierra distintos grados de proximidad y goce de Dios de acuerdo con el grado de perfección alcanzado por los santos en el momento de su muerte.

Esta variedad de recompensas fue vislumbrada por el Salmista. Transportándose en espíritu al Cielo, exclama: "Tuya será la autoridad en el día de tu poderío, en los resplandores de la santidad" (Sal. 109, 3). San Juan Crisóstomo explica por qué el escritor sagrado utiliza en plural el término resplandores en la expresión "los resplandores de la santidad": "David dice los resplandores, y no el resplandor, porque las recompensas eternas son muchas y muy variadas. El sol tiene su brillo, la luna el suyo, y las estrellas su claridad particular, y entre las estrellas hay unas más brillantes que otras. Lo mismo sucede con la resurrección de los muertos [cf. 1 Co 15, 41]" (Œuvres complètes, Vivès, 1868, VI, pp. 173-174).

En el momento de la muerte, Jesucristo juzga a los hombres en base a la caridad. Es el grado de caridad lo que determina su grado de gloria por toda la eternidad. Una vez más, San Juan Crisóstomo se maravilla ante el resplandor de los santos: "El resplandor de los santos es su belleza, la gloria que emana de sus personas. ¡Qué resplandor más brillante que el de san Pablo! ¡Qué gloria más brillante que la gloria de Pedro! […] ¿Qué resplandor rodeará, junto con estos dos héroes, a todos los profetas y Apóstoles, a todos los justos, los mártires, los confesores y a todos aquellos cuya santidad eminente haya respondido a la fe que tenían en Jesucristo? Imaginemos a todos esos santos, esas luces, esos rayos, esa gloria, esa majestad, esa alegría, esa magnífica asamblea. ¿Quién podría describir tal espectáculo? Todas las palabras son impotentes, solo la experiencia podrá dar a aquellos que lo merecen una idea justa de estos resplandores" (Ibid. P. 173).

Ante la perspectiva de disfrutar de tal recompensa, es comprensible que el rey-profeta sintiera vibrar todo su ser, como deja entrever en el salmo 121: "Me llené de gozo cuando me dijeron: 'Iremos a la Casa del Señor'" (Sal. 121, 1).

3-La Jerusalén celestial

La Jerusalén eterna

Cuando los judíos iban a Jerusalén en el Antiguo Testamento, cantaban los salmos 119 a 133. A estos salmos los bautizaron como "los salmos de ascensión", para caracterizar la subida de los peregrinos a Jerusalén. Una vez que llegaban a la ciudad santa, se detenían frente a los escalones del Templo. El Salmista ciertamente tiene en mente esta imagen cuando dice: "Ya se posan nuestros pies ante tus puertas, ¡oh Jerusalén!" (Sal. 121, 2).

Más allá del significado literal, este versículo esconde un significado espiritual más profundo revelado por San Agustín: "¿Qué es Jerusalén? Ciertamente, aquí en la tierra hay una ciudad con este nombre, pero es solo la sombra de la otra Jerusalén. ¿Y cuán grande sería la felicidad al estar en esa Jerusalén de los judíos, que no pudo sostenerse y cayó en ruinas? Dios no permita que sean para esta Jerusalén terrenal los sentimientos de aquel que tiene tanto amor, tanto celo, tantas ganas de llegar a esa otra Jerusalén, nuestra madre [cf. Ga 4:26], que el Apóstol llama 'eterna en el Cielo' [2 Cor 5: 1]". La Jerusalén eterna mencionada aquí por San Agustín es, por supuesto, la patria celestial.

Un lugar de paz inalterable

La ciudad de Jerusalén, cuyo nombre significa "visión de paz", es también una figura del paraíso. La "visión de paz" expresa que la visión de Dios cara a cara produce una paz inalterable en los santos. San Agustín nos invita a buscarla: "Esa paz, que aman, que aprecian con tanto amor al solo escuchar su nombre, deben buscarla, desearla, amarla. ¿Cuándo será completa la paz? Cuando este cuerpo corruptible se haya revestido de la incorruptibilidad, cuando este cuerpo mortal se haya revestido de la inmortalidad [cf. 1 Co 15, 53]; entonces la paz será completa, entonces la paz será inquebrantable".

Una ciudad hecha de piedras vivas

El Salmista habla de "Jerusalén, edificada como ciudad" (Sal 121, 3). Jerusalén se edifica todos los días como una ciudad con piedras vivas que suben hacia ella, es decir, los santos que gradualmente se incorporan al lugar de la bienaventuranza eterna. Las almas son, por tanto, retomando la expresión de San Pedro, "las piedras vivas" (1 Pe. 2, 5) de este glorioso edificio.

Al contemplar David la edificación gradual de la Jerusalén celestial, afirma que es Dios quien la construye: "Es el Señor quien reconstruye Jerusalén, y quien congrega a los dispersos de Israel" (Sal. 146, 2). Dios es la fuente de todo bien: purifica las almas, las santifica y luego las glorifica en el Cielo.

4-La ciudad de Dios

Una ciudad alegrada por un río

"Un río con sus brazos alegra la ciudad de Dios, la santa morada del Altísimo" (Sal. 45, 5). ¿Cuál es este río del que habla David, que es una fuente de alegría?

Dado que la Sagrada Escritura se explica mediante la Sagrada Escritura, es interesante buscar pasajes paralelos donde se mencione un río o términos equivalentes. Tal es el caso del salmo 35, que describe de manera sublime la bienaventuranza de los elegidos. Este salmo contiene en particular este hermoso pasaje: "Se sacian con la abundancia de tu casa, y los embriagas en el torrente de tus delicias" (Sal. 35, 9). Dios hará beber a los santos del torrente de sus delicias. El Salmista habla de un torrente, una imagen cercana a la de un río, para describir la bienaventuranza de los santos en el paraíso. Las aguas frescas y abundantes de un río vertiginoso invaden las almas de los bienaventurados. Por lo tanto, la "ciudad de Dios", donde reina una alegría sin igual, designa el Cielo.

Un torrente de delicias

San Roberto Belarmino nos muestra cómo la imagen de un torrente expresa la alegría de los elegidos. "En un torrente hay tres cosas: la inmensa cantidad de agua que desciende de las montañas; la inundación repentina allí donde antes no había agua, y donde súbitamente surge un gran río; finalmente, el flujo de aguas que se precipitan, arrastrándolo todo a su paso. Tal será la bienaventuranza celestial.

"La sabiduría y la ciencia descenderán en abundancia de esta montaña. En la cima de la montaña divina está el Verbo de Dios, fuente de la sabiduría. Súbitamente, la inundación sobre los bienaventurados mana de esta montaña y de esta fuente. En estas alturas, con Dios manifiestamente visible, abundaremos en toda la ciencia, no solo humana sino divina, penetraremos en los atributos del Creador mismo, y esta abundancia de sabiduría y de ciencia llevará rápidamente a nuestras almas en la corriente del amor y en el goce del bien soberano" (Explication des Psaumes, Vivès, 1855, I, pp. 335-336).

Padre Patrick Troadec 

Continuará...