Los obispos italianos y los nuevos sacramentos pandémicos

Enero 20, 2022
Origen: fsspx.news

Mientras la Fraternidad San Pío X se enfrenta a mil dificultades para mantener abiertas sus iglesias en Quebec -viéndose en ocasiones forzada a cerrarlas- por la obligación de exigir la vacuna a los fieles que asisten a los servicios sagrados, los obispos italianos van más allá de las demandas del gobierno y crean nuevos poderes sacramentales reservados a los vacunados.

Actualmente, a pesar de que Italia ha establecido un "superpase verde" que exige la vacunación para participar en casi todas las actividades de la vida civil, el acceso a los lugares de culto y la participación en los servicios sagrados siguen estando regulados por un protocolo gubernamental del 7 de abril de 2020, refrendado por la Conferencia Episcopal de Italia.

No es este el lugar para discutir el valor –incluso partiendo de los principios inicuos de la Constitución italiana y del deficiente Concordato de 1984– de tal documento. El hecho es que el acceso a los servicios sagrados sigue siendo posible sin vacunas ni sellos, respetando las distancias, las mascarillas, la comunión en la mano y otras distorsiones similares del culto.

Sin embargo, los obispos italianos, aprovechando la ola de entusiasmo suscitada por la extensión de los requisitos en materia de vacunación por parte del gobierno, no quieren quedarse atrás.

Desde hace meses, muchas diócesis han impuesto, por iniciativa propia, la vacuna o el test cada tercer día a sacerdotes, diáconos, ministros de la Eucaristía, agentes de pastoral, etc. con un celo ciertamente digno de una mejor causa.

La obligación moral de la vacuna

Pero esto no acaba aquí. Para el obispo Francesco Beschi, de Bérgamo, la vacuna es literalmente "una obligación moral", no solo legal.

Cabe recordar que las vacunas anti-Covid 19 actualmente disponibles en Italia son producidas de manera moralmente cuestionable, y aceptables solo por razones graves según la Congregación para la Doctrina de la Fe, que hasta hace poco permitía el uso de productos elaborados a partir de líneas de fetos abortados solo bajo estas condiciones restringidas.

También han sobrepasado las recomendaciones del Papa Francisco de aceptar la vacuna como un "acto de amor". En la diócesis, todas las actividades, excepto las estrictamente religiosas, están prohibidas a quienes no tengan un pase verde reforzado.

Para la entronización del nuevo obispo de Reggio Emilia, monseñor Giacomo Morandi, viniendo directamente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, también se exigió el pase verde para ingresar a la catedral.

Obligación de conciencia y prohibición de ministrar a los no vacunados

Pero eso no es lo peor. El arzobispo de Salerno, Andrea Bellandi, presenta la vacuna como una obligación de conciencia, y ha añadido una regla a las ya impuestas por el gobierno:

"Exijo expresamente que la Eucaristía, en las celebraciones, no sea distribuida por los sacerdotes, diáconos o ministros extraordinarios no vacunados. En caso de absoluta necesidad, autorizo ​​que, para la distribución, se elija ad actum a una persona de confianza -religiosa o catequista- que haya sido vacunada".

Sabemos desde hace tiempo que los modernistas consideran inexistente el dogma del Concilio de Trento (ses. XXIII, cap. I, DS 1764), según el cual existe la potestad del sacramento del Orden para consagrar y distribuir la Eucaristía. Hoy vemos que el poder sacramental ha sido reemplazado por el súperpase, que suplanta todos los ministerios eclesiales antiguos y modernos.

Pero la cosa no se detiene aquí. Con esto podemos constatar que es posible anular no solo el Concilio de Trento, sino el mismo espíritu evangélico más profundo e indiscutible, que ningún hereje habría soñado en cuestionar.

En efecto, monseñor Bellandi declaró que "para las visitas a ancianos y enfermos, se debe tener mucha cautela, valorando cada caso en particular y buscando el consentimiento explícito de los familiares. En todo caso, queda absolutamente prohibido realizar dichas visitas a quienes no dispongan de un pase verde reforzado".

Otros obispos de Campania, como monseñor Cirulli, obispo de Teano-Calvi, y monseñor Soricelli, obispo de Amalfi, también han tomado medidas similares, pidiendo a los sacerdotes, diáconos y religiosos de la diócesis que se vacunen "de manera vinculante en conciencia".

Nuestro Señor nos ordena explícitamente, so pena de condenación eterna, visitarlo en la persona de los enfermos. Todo sacerdote tiene un deber de caridad en este sentido, especialmente en la administración de los sacramentos.

Con mayor razón, un párroco, que ha asumido en justicia el deber de visitar a los enfermos, ¿debe renunciar a él porque no posee un documento gubernamental -que, además, no se requiere para visitar casas particulares- incluso si está perfectamente sano? (En Italia, no existe una prohibición sistemática para los no vacunados de visitar a los ancianos).

¿Debe temer el hecho de contagiar porque no está vacunado, aunque sepa que es "negativo", cuando está probado, abierta y oficialmente, que las personas vacunadas pueden contagiarse y contagiar?

El gobierno italiano no prohíbe a las personas no vacunadas que visiten a quien quieran, y que quien así lo desee pueda recibirlas. ¿Pueden los obispos prohibir a sus párrocos visitar a los enfermos y ancianos?

¿Deberíamos renunciar a los mandamientos del Evangelio -y a los deberes de estado de los sacerdotes- por un requisito que no es ni legal, ni moral, ni razonable? ¿Deberían los sacramentos ser administrados por laicos vacunados en lugar de un pastor sano pero no vacunado? ¿Y estos laicos también confesarán a los fieles?

La obediencia que lleva a los prelados a obedecer no solo las leyes inicuas del Estado, sino incluso el "espíritu" de estas leyes, hace pensar en la forma en que se aplicó el Concilio Vaticano II, sin detenerse en los errores ya gravísimos consignados en las actas de la asamblea, pero justificando cada aberración por el "espíritu" del Concilio.

Hoy, el "espíritu" del gobierno de Draghi no solo inspira a los obispos a negar los concilios dogmáticos (cosa que ya era habitual), sino que prohíbe incluso el ejercicio de la caridad evangélica más elemental, esa de la que habla el Papa Francisco con tantas bellas palabras cuando se trata de recibir a los inmigrantes.