Los salmos: una oración eficaz en estos tiempos de epidemia

Abril 07, 2020
Origen: fsspx.news

La lectura del Salterio adaptada a la situación actual

La lectura de los salmos que conforman la esencia del oficio divino ocupa un lugar importante en la vida del sacerdote. La oración de la Iglesia extiende la oración de Cristo a través del tiempo. Por eso Dios siempre la escucha. El Papa Pío XI dijo: "¿Quién puede decir de cuántos castigos se ha visto librada la humanidad prevaricadora gracias a la oración sacerdotal, y los innumerables beneficios que le procura y le obtiene?1" Es una oración tan profunda que puede adaptarse perfectamente a todas las circunstancias de la vida. Por tanto, me gustaría aplicarla hoy a nuestra situación actual.

Verán, queridos fieles, cómo esta oración nos ayuda a conocer mejor a Dios y, en particular, su justicia y su misericordia. También nos muestra los pasos a seguir para lograr una verdadera conversión y atraer las gracias divinas sobre nuestro país y la Iglesia. Finalmente, nos proporciona una guía para mantener la serenidad en medio de las pruebas. En vez de ser exhaustivo, ya que hay tantos ejemplos, me limitaré a aplicar algunos versículos del Salterio a la situación actual.

Para ustedes, queridos fieles, que no están familiarizados con la oración de los salmos, este período de confinamiento puede ser una buena oportunidad para descubrirlos y utilizarlos aplicándolos a su propia santificación, y abrir así su alma a las grandes intenciones de Iglesia.

  • 1. Pío XI, carta encíclica Ad catholici sacerdotii, 20 de diciembre de 1935.

La justicia divina y su misericordia

Hoy en día, muchos católicos se han formado un concepto erróneo de Dios. El autor, religiosamente anónimo, de L'Ermitage reconoció esta verdad desde 1969: "Hemos perdido el sentido de Dios en favor de un sentido erróneo del hombre, que ya no se presenta como la nada que es ante el Ser divino, sino como alguien a quien Dios tiene la obligación de considerar. Sería sorprendente que esta atmósfera no los haya contaminado. […] Inclínate incansablemente sobre la Biblia para descubrir en ella a Dios tal y como se revela a sí mismo. No opongas el Dios de amor del Nuevo Testamento contra el Dios de temor del Antiguo: esta es una antítesis ilusoria. Solo hay un Dios que no varía ni se contradice. Lo que era antes de la Encarnación, sigue siendo. Es el hombre el que ha cambiado. [...] Solo las mentes superficiales, ajenas a los problemas reales de la vida interior, pueden imaginar que la misericordia ha desarmado la justicia de Dios1".

No representa ningún problema para un católico reconocer que Dios es misericordioso, pero admitir que también es justo y que, en consecuencia, castiga a los hombres infieles, es mucho más complicado. Por tanto, para tener una idea correcta de Dios, es bueno meditar en su justicia y en su misericordia. Si bien las palabras del Salmista sobre la justicia divina nos ayudan a tomar nuestras vidas en serio, los salmos que hablan de su misericordia nos permiten mantener la confianza en la divina Providencia y recuperar el valor para continuar nuestro viaje de amor hacia el cielo.

Los dos caminos

El Salterio comienza con estas palabras: "Bienaventurado el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni pone el pie en el camino de los pecadores, ni entre los burladores toma asiento; mas tiene su deleite en la Ley del Señor, y en ella medita día y noche" (Sal. 1, 1:2).

El Salmista muestra que hay dos caminos: uno que conduce a la felicidad y el otro a la infelicidad, uno al cielo y el otro al infierno. La primera palabra del Salterio es "Bienaventurado" porque Dios nos creó para la felicidad. Y la última palabra de este primer salmo es "perecerá": "Dios conoce el camino de los justos, pero el camino de los pecadores perecerá" (Sal 1, 6).

"Perecer" implica la muerte eterna del pecador. En la oración por excelencia del católico, es decir, el Padre Nuestro, la primera palabra en latín es Pater, Pater noster, qui es in Caelis, y la última palabra es malo, libera nos a malo, líbranos del mal. Por lo tanto, tenemos la opción de vivir para Dios, que es nuestro Padre Celestial, o alejarnos de Él haciendo el mal. Dios le ha dado al hombre la libertad de caminar hacia Él a través del amor, pero el hombre puede rechazar el amor de Dios y alejarse de Él. Esto quiere decir que no da igual hacer el bien o el mal, porque, si bien Dios es misericordioso con el pecador arrepentido, también es justo en la misma medida.

La justicia de Dios en la historia del pueblo elegido

Dios es justo. Por eso, en el día final, "dará a cada uno según sus obras" (Sal. 61,13). Mientras tanto, los pecados de los hombres lo irritan y atraen el flagelo de su ira sobre el mundo. Cuando el Salmista habla de la ira de Dios, no quiere decir que Dios tiene pasiones, sino que castiga a los malvados que no vuelven a Él. ¡El salmista utiliza ciertas expresiones que nos dan mucho material para reflexionar! Profundamente marcado por la intensidad del castigo divino, exclama: "¿Quién conoce la severidad de tu ira, [Dios mío] y tu indignación en lo que debes ser temido?" (Sal 89, 11).

Algunos salmos son proféticos, otros contienen lecciones de sabiduría, y los hay también históricos. Estos últimos recuerdan la historia del pueblo elegido y destacan, por un lado, las bendiciones divinas y, por el otro, la ingratitud de Israel hacia su Dios y los justos castigos que se derivaron de ella. Este es particularmente el caso del Salmo 105.

"Nuestros padres en Egipto no tuvieron en cuenta tus prodigios; no se acordaron de la multitud de tus favores, sino que se rebelaron contra el Altísimo junto al Mar Rojo. Pero Él los salvó a causa de su Nombre, para dar a conocer su poderío. [...] Entonces creyeron a Sus palabras y cantaron Sus alabanzas. Pronto olvidaron las obras de Él, no aguardaron sus designios, sino que en el desierto se entregaron a su propia concupiscencia [...] Luego envidiaron a Moisés en el campamento; y a Aarón, el santo del Señor. Y la tierra se abrió, y se tragó a Datan, y cubrió a la facción de Abirón. Y se encendió contra su banda un fuego; [...] No escucharon la voz del Señor. Mas Él con mano alzada les juró que los haría caer en el desierto; que haría caer a su descendencia entre los gentiles y los dispersaría por las tierras. Y se consagraron a Baalfegor, y comieron de las víctimas inmoladas a dioses muertos. Con tales delitos provocaron la ira del Señor, y una plaga cayó sobre ellos. Pero se irguió Fineés, y apaciguó al Señor, y la plaga cesó..." (Sal. 105, 7:30).

Lamentablemente, la descripción de las infidelidades no termina ahí. No las menciono aquí en detalle para poder hablar sobre el final del salmo, que explica la actitud de Dios ante tantas infidelidades y su reacción cuando el pueblo finalmente admite sus errores: "Oprimidos por sus enemigos, tuvieron que doblegarse ante ellos. Muchas veces Él los salvó; mas ellos lo exasperaron por sus empeños, y se hundieron más en su iniquidad. Con todo, al percibir sus lamentos, fijaba Él los ojos en sus tribulaciones, y escuchaba su oración; en favor de ellos se acordaba de su alianza, y se arrepentía según la grandeza de su misericordia. Y los hacía objeto de la compasión de aquellos que los tenían en cautiverio" (Sal. 105, 43:46).

Desde el Salmo 77 se mencionan las infidelidades de Israel, los castigos que siguieron y, como consecuencia, el regreso a Dios, a pesar de que estas conversiones fueron a menudo superficiales:

"Sin embargo, pecaron de nuevo, y no dieron crédito a sus milagros. Y Él consumió sus días en un soplo, y sus años con repentinas calamidades. Cuando les enviaba la muerte, entonces recurrían a Él, y volvían a convertirse a Dios, recordando que Él era su defensor, y el Altísimo su Libertador. Pero lo lisonjeaban con su boca, y con su lengua le mentían; su corazón no era sincero para con Él, y no permanecieron fieles a su alianza. Él, no obstante, en su misericordia, les perdonaba su culpa, y no los exterminaba. Muchas veces contuvo su ira, y no permitió que se desahogase toda su indignación" (Sal. 77, 32:38).

En el Salmo 106, el Salmista nuevamente establece el vínculo entre la culpa y el castigo: "Él humilló su corazón con trabajos; sucumbían y no había quien los socorriese. Y clamaron a Dios en su angustia, y Él los sacó de sus tribulaciones. Y los libró de las tinieblas y de las sombras, y rompió sus cadenas" (Sal. 106, 17).

La reacción de Dios a los pecados de Israel en el tiempo de Moisés se encuentra a lo largo de la historia del pueblo elegido. Esto se evidencia por la promesa de Dios hecha a David de bendecirlo a él y a sus descendientes, siempre y cuando le fueran fieles, y castigarlos por violar su Ley, como se registra en el Salmo 88:

"Le guardaré mi gracia eternamente [se refiere a David ndlr], y para él será firme mi alianza. [...] Si sus hijos abandonaran mi Ley, y no caminaran en mis preceptos; si violaran mis disposiciones, y no guardaran mis mandamientos, castigaré con la vara su delito, y con azotes su culpa; pero no retiraré de él mi gracia, ni desmentiré mi fidelidad" (Sal. 88, 31:34).

La justicia de Dios en la historia de la Iglesia

Una visión general de la actitud de Dios hacia su pueblo en el Antiguo Testamento es muy esclarecedora para discernir la pedagogía divina y comprender los eventos que afectan a la Iglesia y al mundo desde la venida de Jesucristo. Como dijo con razón Monseñor Marcel Lefebvre: "Así como el Israel del Antiguo Testamento tuvo una historia muy problemática debido a las continuas infidelidades frente a Dios, muy a menudo obra de sus líderes y sus Levitas, así también la Iglesia militante en este mundo ha experimentado sin cesar períodos de prueba a causa de la infidelidad de sus clérigos, por sus transigencias con el mundo. Mientras de más alto provienen los escándalos, más desastres causan2". Sin entrar en detalles, ¿cómo es posible no darse cuenta de que las desviaciones doctrinales y morales de muchos hombres de la Iglesia, aun en su jerarquía, unidas a las leyes inmorales promulgadas en tantos países solo pueden atraer sobre nuestro pobre mundo un justo castigo divino?

En cuanto a Francia, ella también ha sido infiel a las promesas de su bautismo. Por tanto, también merece un castigo ejemplar. Recordemos las palabras de Saint Remy después de haber vertido agua bendita sobre la cabeza de Clodoveo: "Toma nota, hijo mío, que el Reino de Francia está predestinado por Dios para defensa de la Iglesia romana, que es la única verdadera Iglesia de Jesucristo. Este Reino algún día será grandioso entre todos los Reinos... Será victorioso y próspero mientras sea fiel a la fe romana. Pero será castigado terriblemente cuando sea infiel a su vocación..." San Pío X actualizó estas palabras el 29 de noviembre de 1911: "El pueblo que hizo una alianza con Dios en la fuente bautismal de Reims se arrepentirá y regresará a su primera vocación... Las faltas no quedarán impunes, pero ella nunca perecerá, la hija de tantos méritos, tantos suspiros y tantas lágrimas".

¡Ay de nosotros mismos! ¿Somos realmente fieles a las inmensas gracias recibidas sin mérito de nuestra parte? ¿Cómo podemos ignorar el hecho de que nosotros también hemos irritado al buen Dios con nuestra conducta culpable, y hemos atraído su justa ira sobre nosotros? Por ello, debemos rogarle que tenga piedad y misericordia de nosotros. 

La misericordia de Dios

Aunque Dios es infinitamente justo, también es infinitamente misericordioso. Muchos salmos lo proclaman. Por ejemplo, el salmo 102 que concluye los salmos durante el Oficio de Completas del sábado exalta la misericordia divina. Contiene estas palabras tan consoladoras:

"Misericordioso y benigno es el Señor, tardo en airarse y lleno de clemencia. No contenderá perpetuamente, ni guarda rencor para siempre. No nos trata conforme a nuestros pecados, ni nos paga según nuestras iniquidades. Pues cuanto se alza el cielo sobre la tierra, tanto prevalece su misericordia para los que le temen" (Sal. 102, 8:11).

Dos versículos después, el Salmista retoma la misma idea:

"Como un padre que es misericordioso con sus hijos, así el Señor se compadece de los que le temen, porque Él sabe de qué estamos formados: Él recuerda que no somos más que polvo" (Sal. 102, 13).

El amor de Dios por nosotros es el mismo de un Padre por sus hijos. Nuestro Señor desarrollará esta idea sublimemente a través de la parábola del hijo pródigo.

El Salmista señala como condición para beneficiarnos de la misericordia divina tener temor de Dios. El temor de Dios implica, con el reconocimiento de su existencia, la reverencia que debemos tener hacia Él. Esto explica la colecta de la Misa para los tiempos de epidemia: "Oh, Dios, que no deseas la muerte del pecador, sino que se arrepienta: recibe con tu perdón a tu pueblo, que se vuelve hacia Ti: y mientras se mantenga fiel a tu servicio, por tu clemencia retírale el flagelo de tu ira. Por Nuestro Señor Jesucristo".

En esta colecta, confiamos en la buena voluntad del pueblo católico para poder beneficiarnos de la misericordia divina.

La justicia y la misericordia divinas

Muy a menudo, el Salmista une estos dos atributos divinos: la misericordia y la justicia. El término misericordia precede al de justicia para mostrar que Dios es ante todo misericordioso. El Salmista resume los designios de Dios de esta manera cuando escribe: "Todos los caminos del Señor son misericordia y verdad" [aquí, el término verdad es sinónimo de justicia, ndlr] (Sal. 24, 10).

En sus comentarios sobre este versículo, Santo Tomás nos brinda unas reflexiones muy profundas que merecen ser consideradas, pues dice: "La misericordia es un término análogo. La misericordia en el hombre se manifiesta cuando se conduele de las desgracias de los demás. Sin embargo, Dios no ejerce su misericordia de este modo, porque es impasible y, por lo tanto, no puede condolerse. La misericordia de Dios consiste en eliminar la adversidad en todas las cosas.

Del mismo modo, la justicia también es un término análogo. El hombre es justo cuando da a cada uno lo que se le debe. Pero Dios no le debe nada a nadie. Sin embargo, el término justicia se adapta a Dios en el sentido que le da a cada uno según su medida.

En las obras de Dios, la misericordia precede a su justicia. Dios crea por misericordia, porque no le debe nada a la nada, pero, una vez que ha creado las cosas, le otorga a cada una lo que resulta apropiado de acuerdo con su medida, y en esto se manifiesta su justicia.

Igualmente, en el orden de la gracia, la primera justificación del pecador corresponde a la misericordia, y después de ser justificado, Dios otorga las recompensas a cada uno según su medida3".

El hecho de que Dios sea justo y misericordioso hace que la vida terrenal esté llena de dificultades. Esto nos permite, en parte, reparar nuestras faltas aquí abajo y nos ayuda a darnos cuenta de que la vida real no está aquí sino en el Cielo.

La justicia y la misericordia divinas en la historia de la Iglesia

Dios ha mantenido, a lo largo de la historia de la Iglesia, con respecto a sus miembros la misma actitud que mostró en el Antiguo Testamento con respecto a su pueblo. Cuando son infieles a su gracia, Él manifiesta su justicia permitiendo que sufran distintas adversidades, incluidas las epidemias. Sus castigos son tanto un efecto de su justicia como un efecto de su misericordia. Manifiestan su justicia, porque los pecados merecen ser castigados, pero también su misericordia, ya que Dios quiere regresar a Él esas almas que ha redimido con su sangre para llevarlas al Cielo.

Por lo tanto, hoy en día, el mayor mal no es el coronavirus, aunque pueda causarnos la muerte, sino el infierno eterno. Por esto, el Salmista, recordando la muerte de los primogénitos egipcios en el tiempo de Moisés, dijo: "Hirió a los egipcios en sus primogénitos, porque su misericordia es eterna" (Sal. 135, 10).

Hoy, Dios permite la propagación de este virus en todo el mundo para recordar al hombre orgulloso sus limitaciones. 

La justa intervención de Dios en nuestros días

La oración del justo frente al triunfo momentáneo de los incrédulos

Ante el olvido, o incluso la negación de cuestiones importantes de la doctrina católica por parte de los hombres de la Iglesia; ante la promulgación de leyes cada vez más inmorales y tantos otros desórdenes perpetrados por nuestros contemporáneos, teníamos el corazón afligido e hicimos nuestro este versículo del salmo 118, que trata de la ley de Dios: "Vi a los prevaricadores, y me llenaba de dolor, porque no guardaron [Señor] tus palabras" (Sal 118, 158).

Al ver tantos pecados acumulados, nos preguntábamos hasta cuándo el hombre se opondría orgullosamente a la voluntad de Dios y destruiría lo poco que queda del cristianismo. Por lo tanto, podríamos poner en nuestros labios estas palabras del Salmista: "Levántate, oh Dios, defiende tu causa; recuerda cómo el insensato te insulta continuamente. No te olvides del vocerío de tus adversarios, porque crece el tumulto de los que se levantan contra Ti" (Sal. 73, 22:23).

En el Salmo 93, el Salmista retoma la misma idea: "Levántate, glorioso, oh Juez del mundo; da a los soberbios lo que merecen. ¿Hasta cuándo los pecadores, Señor, triunfarán y proferirán necedades con lenguaje arrogante, y se jactarán todos de sus obras inicuas?" (Sal. 93, 2:4).

Tarde o temprano, tantos pecados cometidos por los impíos, y por muchos católicos, no podían más que atraer una justa intervención de Dios en forma de una plaga.

La búsqueda desenfrenada de riquezas y placeres se detuvo con el coronavirus

Dios es el dueño del universo. Le ha dado libertad al hombre y le permite usarla como le plazca. Pero cuando este último abusa de su libertad, el buen Dios, tarde o temprano, interviene para poner fin a sus desórdenes y alentarlo a que vuelva a Él. Mientras el hijo pródigo tenía algo que llevarse a la boca, se olvidó completamente de su padre, pero cuando se encontró en tal miseria que ni siquiera pudo comer del alimento dado a los puercos, se acordó de su padre; volvió sobre sí mismo y se armó de valor para volver a su padre, con el corazón destrozado por el arrepentimiento. (Lc 15, 11-32) ¡Que la terrible experiencia que estamos atravesando hoy lleve a muchos de nuestros contemporáneos a imitar al hijo pródigo!

El hombre moderno ha construido un mundo basado únicamente en el dinero y el placer. Y de repente, la prueba que llega inesperadamente colapsa repentinamente su escala de valores y lo conduce a la dura realidad de la fragilidad de su existencia. Así se reproduce hoy lo que dijo el Salmista: "El Señor desbarata los planes de las naciones; deshace los designios de los pueblos" (Sal. 32:10).

"Se han levantado los reyes de la tierra, y a una se confabulan los príncipes contra el Señor y contra su Ungido. [...] El que habita en los cielos ríe, el Señor se burla de ellos. A su tiempo les hablará en su ira, y en su indignación los aterrará" (Sal. 2, 2 y 5).

La "risa" de Dios simboliza el hecho de que el buen Dios está por encima de las intrigas humanas. El hombre puede hacer cualquier cosa para evitar que los designios de Dios se realicen, pero siempre es Dios quien tiene la última palabra. Ojalá que esta justa intervención de Dios en forma de epidemia que hoy nos asalta, haga que el hombre tome conciencia de sus locas pretensiones y lo ayude a recurrir a Él.

Un temor vano

"No invocaron a Dios; y temblaron de miedo donde no había nada que temer" (Sal 52, 6).

San Agustín comenta este versículo diciendo: "No invocaron a Dios". De esto se deduce que no tienen tranquilidad. "Temblaron de miedo". ¿Es que hay alguna razón para temer cuando uno pierde sus riquezas? No hay nada que temer y, sin embargo, hay miedo. Pero si alguien pierde la sabiduría, entonces sí que hay razones para temer y, sin embargo, no tememos..."

El obispo de Hipona demuestra que la ausencia de la oración conduce a vanos temores. La oración, al unirnos con Dios, nos ayuda a priorizar el valor de las cosas y a dominar, o al menos moderar, los temores que pueden surgir de la epidemia de coronavirus.

¿No dijo Nuestro Señor: "No temas a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; Teme a aquel que puede perder alma y cuerpo en la gehenna?" (Mt 10:28). ¡Que la plaga de coronavirus nos ayude a nosotros y a nuestros contemporáneos a separarnos del pecado, para que podamos evitar la plaga mucho más terrible del infierno eterno!

Llamamiento divino a los gobernantes

Esperamos que nuestros gobernantes pronto comprendan esta advertencia divina: "Ahora, pues, oh reyes, obrad prudentemente, instruíos, vosotros que gobernáis la tierra. Servid al Señor con temor y alabadle, temblando. Aferraos a su doctrina, antes que se irrite el Señor y caigáis en la ruina, pues su ira se encenderá pronto. ¡Venturosos los que a Él se acogen!" (Sal. 2, 10:11).

Padre Patrick Troadec

  • 1. Librairie Martingay, 1969, pp. 100 et 108.
  • 2. Itinerario Espiritual, Seminario San Pío X, 1990, p. 70.
  • 3. Santo Tomás de Aquino, Comentario sobre los Salmos, Le Cerf, 1996, p. 299.