Me habló al corazón

Abril 24, 2021
Origen: fsspx.news

Reflexiones de Jean-Jacques Olier sobre la Resurrección.

Ella le había dado un cuerpo mortal, un cuerpo que podía soportar el sufrimiento, una humanidad que tenía la capacidad de salvar a todos los hombres, y ahora ese Cuerpo retorna a ella glorioso, incorruptible, inmortal.

Descubre las gloriosas heridas de sus manos y pies y se sumerge en la contemplación del lado abierto. Escucha las gloriosas palpitaciones del Sagrado Corazón al que entrega toda su alegría y su amor.

Este Hijo tan amoroso viene a rendirle veneración filial como antes, pero le añade una gloria que antes no conocía. Se ofrece a sí mismo en toda su gloria.

Ella le había dado un cuerpo por amor a Él y para salvar almas, y ahora, por amor a ella, El vino a devolvérselo. El único triunfador sobre la muerte puso en sus manos el pleno poder sobre su Sagrado Corazón para que ella pudiera sumir en El a las almas de su porción y herencia.

Por este testamento, escrito al pie de la Cruz y firmado con su Sangre, Jesús la había elegido como heredera de las almas. Y ahora, en la gloria de su Cuerpo resucitado, abrió ante ella los siglos venideros para que pudiera derramar los ríos de su misericordia y hacer libre uso de los derechos que le había legado sobre las almas.

El Sr. Olier escribe: “Durante su visita a la Virgen María, después de su resurrección, Jesús comunicó a su Santa Madre todos los sentimientos y sensaciones de su alma. En especial, le comunicó el ardiente deseo que le impulsaba a ir por fin a reunirse con Dios, su Padre, para alabarlo y glorificarlo en el Cielo.”

Con qué ardor deseaba presentarse ante el Creador como el nuevo Adán, renovado, transfigurado y en plena armonía con el amor infinito del que había salido. A través de su Cuerpo glorioso, Cristo da testimonio de que toda la humanidad vuelve a tener acceso al camino de retorno al Creador.

El señor Olier nos revela a continuación los sentimientos de María, “que a su vez sintió un ardiente deseo de acompañar a su Hijo ahí, para unirse a su alabanza; y sin duda su vida entonces habría terminado y le habría seguido al cielo, si él no hubiera querido servirse de ella para ayudar a la Iglesia en sus comienzos.”

En efecto, “la obra de esta divina Madre estaba aún incompleta. Habiendo dado a luz por medio de María a la Cabeza, Dios quiso realizar a través de ella la formación de todo el Cuerpo. Quiso hacerla madre de toda su familia, de Jesucristo y de todos sus hijos adoptivos.

“Por el celo a la gloria de Dios y por caridad hacia nosotros, ella acepta con alegría el encargo que Nuestro Señor le deja, de trabajar para que su Padre sea honrado por los hombres, y de permanecer en la tierra hasta que la Iglesia esté bien edificada.”

Así, esta tierna Madre estaba tan anclada en la Divina Voluntad, que dirigió inmediatamente su intención y el fervor de su deseo a las necesidades inauditas de los apóstoles de los últimos tiempos.

Tan fuerte era su deseo por la gloria del Padre mediante los hombres que viene a nosotros todos los días a través de los siglos, para fortalecernos en la fe y “hablar a nuestros corazones” en esta terrible agonía del Cuerpo Místico de Cristo.