Pablo VI o el triunfo del liberalismo

Diciembre 05, 2018
Origen: fsspx.news
Pablo VI y el Metropolitano Melitón de Héliopolis, delegado del Patriarca de Constantinopla, durante el Concilio Vaticano II.

Al introducir el juicio privado en el origen del acto de fe, Lutero distorsionó el concepto de libertad, colocándola por encima de cualquier autoridad eclesiástica. La famosa frase sarcástica de Nicolas Boileau resume lo anterior perfectamente: "Todo protestante es un Papa cuando tiene una Biblia en la mano."

El liberalismo 

Nacida a partir del protestantismo, la filosofía llamada de la Ilustración admite esta falsa libertad concebida como una independencia. Reconoce únicamente la verdad alcanzada por la razón - descartando así también el orden sobrenatural - liberándose finalmente de todos los absolutos. La única "verdad" que permanece es el rechazo de todo orden no establecido por el hombre: el liberalismo conduce al escepticismo. Por consiguiente, el liberalismo se opone ferozmente contra la Iglesia, depositaria de la Revelación y garante de la ley natural. Su oposición hacia el catolicismo es radical.

Sin embargo, hubo hombres que, en el siglo XIX, intentaron conciliar la Iglesia con esta sociedad conformada por la filosofía liberal. Así fue como nació el "catolicismo liberal", el cual no era tanto una doctrina sino, más bien, una actitud práctica abierta a las ideas de la Revolución. La incoherencia de este sistema radica en la coexistencia de la fe católica - que profesa la divinidad de Cristo y de su religión - con una cooperación abierta para la construcción de un mundo donde el hombre no tiene otra regla que la paz social. Sin embargo, esta actitud conciliadora - y al mismo tiempo muy conveniente - frente a los perseguidores de la Iglesia debía encontrar un argumento que la legitimara, el cual no tardó en aparecer. Según los reformadores, la verdad ya no necesita ningún tipo de ayuda para iluminar a las mentes; el bien siempre prevalece; el Evangelio puede brillar por fuerza propia en medio de una humanidad que ha llegado a la "adultez"; Nuestro Señor ya no necesita el trono que el cristianismo le había ofrecido. En otras palabras, el católico liberal confía en que bajo el reinado de la libertad, la Iglesia recuperará toda su gloria. Lutero comenzó por exagerar las consecuencias del pecado original, y el catolicismo liberal niega su existencia, al menos en la práctica.

Los nombres de los primeros católicos liberales son muy conocidos: Lamennais, Montalembert, Monseñor Dupanloup. A pesar de las condenas hechas por los Papas hasta Pío XII, sus seguidores han aumentado constantemente. Y, ¿qué hay del Papa Pablo VI?

Testimonio del Cardenal Daniélou

¿Pablo VI era liberal? Es muy delicado juzgar a una autoridad, y hay quienes no dudan en acusar de "liberalismo" a cualquiera que intente hacerlo. ¿Acaso la insubordinación a la autoridad no es, como acabamos de ver, una de sus características? Sin embargo, en el caso del Papa Pablo VI, es uno de sus amigos, el Cardenal Daniélou, quien lo escribe en sus Mémoires: "Es evidente que Pablo VI es un papa liberal." Esta declaración es interesante no sólo por lo que afirma, sino también por el principio que sugiere. Cuando algo es evidente, no hay nada "liberal" en el hecho de reconocerlo. Lo opuesto sería verdad. En este caso, la prudencia que impone el respeto debido a la autoridad debe tomar en cuenta la realidad del escándalo de los fieles tras el Concilio Vaticano II. Frente a la autodestrucción de la Iglesia, muchos católicos se encuentran perplejos y creen que ya no hay Papa. Monseñor Lefebvre, basándose en el juicio del Cardenal Daniélou, siempre se apegó a una solución "mucho más compleja [que el sedevacantismo], difícil y dolorosa": Pablo VI era, ciertamente, el Papa, pero estaba fuertemente marcado por el liberalismo.

El ideal del liberalismo según Lamennais

Al presentar su diario L'Avenir, Lamennais explicó que la fe católica había permitido que se desarrollara en las almas un verdadero sentimiento de la ley. Refiriéndose a la Iglesia, declaró lo siguiente: "Todos los amigos de la religión deben comprender que la Iglesia sólo necesita una cosa: libertad." La frase dicha por su amigo, el Conde de Montalembert, en 1863, en el congreso belga es muy conocida: "Una Iglesia libre en el seno de un Estado libre, ese es mi ideal". En 1864, Pío IX condenó este liberalismo con su encíclica Quanta Cura. En ella, cita a su predecesor Pío VII, quien a su vez había citado al Papa San León Magno: "la regia potestad no se ha conferido sólo para el gobierno del mundo, sino principalmente para defensa de la Iglesia". Pío IX condenó esta expresión de la utopía liberal. No, dijo el Papa, no es cierto que "el mejor gobierno es aquel donde no se le reconoce al poder civil la obligación de reprimir, mediante el castigo, a los violadores de la religión católica, excepto cuando así lo requiera la paz pública."

Ahora no queda la menor duda de que Pablo VI compartía la misma forma de pensar que Lamennais. En su mensaje dirigido a los gobernantes, al cierre del Concilio, repitió estas declaraciones: "¿Qué pide hoy la Iglesia de ustedes? Ya les ha dado la respuesta en uno de los principales textos de este Concilio: "lo único que les pide es libertad." (8 de diciembre de 1965)

Esta sola frase es más que suficiente para establecer el hecho de que el Papa Pablo VI hizo suyo el ideal del siglo XIX del catolicismo liberal. Pero también hay otros factores que muestran cuán familiarizado estaba con la actitud liberal: afirmaba los principios pero los rechazaba en su gobierno concreto de la Iglesia.

El Papa Pablo VI con un grupo de pastores protestantes en Roma, el 4 de abril de 1970.

Algunos hechos del pontificado de Pablo VI

La incoherencia del liberalismo católico provoca una verdadera tortura moral en sus adeptos, pues afirma algo que en realidad no permite. Tal vez la tristeza que se observaba en el a veces torturado rostro de Pablo VI tiene su explicación en esta actitud contradictoria ilustrada por los siguientes ejemplos:

- En el discurso de apertura de la segunda sesión del Concilio Vaticano II - la primera sesión que presidió como Papa - Pablo VI declaró "no tener en el corazón ningún plan para la dominación humana, ni ningún apego celoso a un poder exclusivo". Sin embargo, diez días antes de la apertura de esta sesión, anunció una reforma de la dirección general de las obras del Concilio, el cual ya no sería dirigido por los presidentes nominados por Juan XXIII, sino por cuatro "moderadores", de los cuales tres eran bien conocidos por su liberalismo: los Cardenales Döpfner, Suenens y Lercaro, y el cuarto era "considerado por los liberales como el más aceptable de los Cardenales de la Curia", según declaraciones del primer historiador del Concilio, el Padre Ralph M. Wiltgen, quien concluye lo siguiente: "Por lo tanto, parecía que Pablo VI, al elegir a estos cuatro hombres, dio su apoyo al ala liberal del Concilio."[1]

- Al término de esta sesión, se presentó ante el Santo Padre una petición firmada por más de doscientos Padres conciliares para pedirle que el Concilio condenara el comunismo. Pablo VI respondió a esta petición en su primera encíclica, Ecclesiam Suam, del 6 de agosto de 1964. En ella se vio obligado a "repudiar estas ideologías que niegan a Dios y oprimen a la Iglesia, que a menudo se identifican con los sistemas económicos, sociales y políticos, y entre ellas, sobre todo el comunismo ateo." Sin embargo, en el aula conciliar las intervenciones se multiplicaron para pedir que el Concilio del siglo XX no guardara silencio ante el comunismo que perseguía a la Iglesia. Una petición hecha por 435 Padres conciliares solicitaba la modificación del borrador para insertar una mención repecto al comunismo. Pero la presión ejercida por los otros obispos, y sobre todo por los acuerdos secretos con Moscú, de los cuales no queda la menor duda hoy en día[2], hicieron dar marcha atrás a Pablo VI. La única excusa ofrecida fue la admisión pública del Cardenal Gabriel-Marie Garrone donde reconoció que la petición se había extraviado en las oficinas de la Comisión encargada de la enmienda del borrador.[3] 

- El 4 de abril de 1965, domingo de Pasión, Pablo VI celebró la Misa en una iglesia ubicada en los suburbios romanos, donde habló del pueblo judío que había sido preparado por Dios para recibir al Mesías, pero que no lo reconocieron e incluso "lucharon contra él, lo calumniaron, lo insultaron y, finalmente, lo mataron."[4] Pero, nuevamente, Pablo VI cedió ante las presiones. El tema de los judíos se menciona en la declaración Nostra Aetate[5], la cual se contenta con reconocer que "las autoridades judías, junto con sus seguidores, reclamaron la muerte de Cristo", pero únicamente después de afirmar que "los judíos son todavía muy amados de Dios a causa de sus padres, porque Dios no se arrepiente de sus dones y de su vocación", sin recordar que estos dones y esta vocación es precisamente lo que los invita a convertirse al catolicismo donde continúa la Antigua Alianza después de haber sido cumplida.

- El 3 de septiembre de 1965, en su encíclica Mysterium Fidei, Pablo VI recordó que "la Iglesia católica justamente y con propiedad llama transubstanciación" al cambio operado por la consagración de la hostia y del vino. Cuatro años más tarde, promulgó un rito - elaborado con la colaboración activa de seis expertos protestantes - el cual, de todos los signos de respeto debidos a la presencia real, conservó únicamente aquellos que ponen de relieve su relación con el pueblo. La larga introducción al nuevo Misal (Institutio Generalis) no emplea ni una sola vez el término transubstanciación.

- El 24 de junio de 1967, en su encíclica Sacerdotalis cœlibatus, Pablo VI reafirmó el valor del celibato sacerdotal: " Pensamos, pues, que la vigente ley del sagrado celibato debe también hoy, y firmemente, estar unida al ministerio eclesiástico". Pero en la constitución Lumen Gentium, el concilio Vaticano abordó el misterio del sacerdocio católico únicamente en el contexto del sacerdocio "común de los fieles", impidiendo a los sacerdotes reconocer lo sublime de su vocación. La nueva misa los presenta como simples presidentes de la asamblea eucarística. El ecumenismo practicado por Pablo VI también influyó indirectamente sobre el sacerdocio, ya que este error reconoce que los ministros no católicos e inválidamente ordenados tienen potestades que pertenecen únicamente a los sacerdotes de Dios (como bendecir una asamblea, cosa que el Dr. Ramsey, "arzobispo y primado" de la Iglesia anglicana, hizo en presencia, y a petición, de Pablo VI). Las consecuencias no se hicieron esperar. Nunca antes la Iglesia había visto a tantos de sus ministros traicionar sus compromisos. Antes del Concilio Vaticano II, las reducciones al estado laico eran relativamente raras. Pablo VI las multiplicó en una escala sin precedentes. Más de veinte mil sacerdotes obtuvieron esta reducción entre 1962 y 1972[6], mientras que muchos otros ni siquiera se tomaron la molestia de hacer la petición.

- El 30 de junio de 1968, Pablo VI profesó un Credo ortodoxo, pero suprimió el Índice y no tomó ninguna medida respecto a quienes negaban la fe.

- El 25 de julio de 1968, en su encíclica Humanæ vitæ, recordó la enseñanza tradicional de la Iglesia, pero no ordenó guardar silencio a las conferencias episcopales ni a las publicaciones católicas que se oponían públicamente a su decisión. 

- El 29 de mayo de 1969, en la instrucción Memoriale Domini, elogió la práctica tradicional de recibir la comunión en la lengua, pero en el mismo documento romano, alentó a las Conferencias Episcopales a tomar las decisiones necesarias para que la práctica de la comunión en la mano fuera "establecida adecuadamente".

- El 26 de noviembre, durante la presentación de la nueva Misa, elogió el latín, pero únicamente para acabar con él: "La lengua principal de la Misa ya no es el latín, sino la lengua vernácula."

El catolicismo liberal impide que el alma se entregue completamente a Dios. Su triunfo sólo puede ser la desentronización de Cristo y la incoherencia en cada uno de los aspectos de la vida. Que por lo menos el desafortunado ejemplo dado por Pablo VI aliente a los católicos a vivir en conformidad con los principios de su fe.

Padre Thierry Gaudray 


[1] Ralph M. Wiltgen, The Rhine Flows into the Tiber, 4th edition, p. 82.
[2] Roberto de Mattei, Il Concilio Vaticano, p. 174.
[3] Wiltgen, op. cit., p. 273.
[4] L’Osservatore Romano, abril 7, 1965, citado en Vaticano II, l’Eglise à la croisée des Chemins, MJCF, vol. 1, p. 206.
[5] Octubre 22, 1965.
[6] Cifra dada por Matthias Gaudron, Catéchisem catholique de la crise dans l’Eglise, 2nd edition, p. 9.