Pablo VI y la autodemolición de la Tradición

Junio 03, 2020
Origen: fsspx.news

"Hay que reconocer que el Papa Pablo VI planteó un serio problema a la conciencia de los católicos. Ese Papa causó a la Iglesia más daños que la revolución de 1789."  Monseñor Marcel Lefebvre, Carta Abierta a los Católicos Perplejos, 1985, p. 198.

Cuando en junio de 1963, Pablo VI tomó posesión del 2do y 3er piso del Palacio Apostólico, tradicionalmente reservados para el Santo Padre, se comprometió a acondicionarlos según sus gustos. Amante del arte contemporáneo, tenía la intención de dar un aspecto moderno a sus apartamentos. Los tapices y los viejos sillones fueron reemplazados por telas y muebles de estilo reciente, las habitaciones renovadas fueron decoradas con obras de artistas en boga, y su capilla privada fue transformada en el espíritu de los años 60.

La historia del pontificado lo revelaría: esta nueva decoración era un reflejo de la forma en que el nuevo Papa consideraría y gobernaría la Tradición de la Iglesia.

En el léxico católico, la palabra "Tradición" designa varias realidades. En primer lugar, el objeto de la Revelación, es decir, las verdades reveladas, el depósito de la fe. La "Tradición" también indica el acto de enseñar, mediante el cual se transmite fielmente este depósito revelado. También puede significar el organismo de esta enseñanza, es decir, el Magisterio compuesto por el Papa y los obispos. En términos más generales, la palabra "Tradición" incluye todo el patrimonio doctrinal, canónico, litúrgico, pastoral, religioso y artístico de la Iglesia. Desde la crisis en la Iglesia, esta palabra se ha usado para referirse al movimiento de los católicos de la Tradición, los tradicionalistas. Finalmente, también describe la noción o el modo de transmisión. Así hablamos de "Tradición viva". Las relaciones de Pablo VI con respecto a la Tradición pueden ser consideradas según estos distintos significados.

1) La Tradición como depósito de la fe

El Papa Pablo VI nunca enseñó herejías propiamente dichas. En una ocasión solemne, el 30 de junio de 1968, incluso proclamó un Credo cuya repercusión fue mundial, un signo de su carácter excepcional. Sus recordatorios tradicionales, sus advertencias sobre la Sagrada Eucaristía, el tomismo e incluso la Iglesia, han acreditado la imagen de un Papa liberal con dos caras. Ibid., P. 199., una doctrina tradicional y una pastoral de ruptura.

Sin embargo, cuarenta años después de su muerte, su legado revela un pontificado sorprendentemente progresista. Pablo VI permitió que se propagaran tales herejías, alentó descaradamente a los innovadores, nombró a cardenales y obispos sumamente progresistas, persiguió a los defensores de la fe con tanta virulencia que su gobierno fue trágicamente perjudicial para el depósito de la fe. Pero, sobre todo, sus mismas enseñanzas socavaron la doctrina multisecular de la Iglesia.

El problema inicial y principal reside en el Concilio. Este último jugó el juego de los innovadores en detrimento de la doctrina tradicional en muchos puntos fundamentales: el Magisterio, la Santa Iglesia, el sacerdocio, la Sagrada Escritura, las religiones falsas, la autoridad, la libertad, etc. Este trastorno no estuvo exento de problemas y el aula conciliar se convirtió en el escenario habitual de importantes controversias, cuyo resultado todos conocemos. Pero nada de esto podría haber sucedido sin la autoridad papal. Sin la aprobación del Papa, un concilio no es nada, al igual que un decreto ministerial preparado por las comisiones solo tiene valor si es firmado por el ministro. Incluso si los textos conciliares son preparados, debatidos y aprobados por miles de obispos, un concilio es esencialmente obra del sucesor de Pedro. Al ratificar las decisiones de los Padres Conciliares, Pablo VI asumió la mayor responsabilidad del Concilio. Se puede decir, con toda verdad, que el Concilio Vaticano II es obra del Papa Pablo VI. Hay un gesto característico que refleja esta afinidad con el Concilio: el anillo que el Papa Pablo VI ofreció a todos los obispos del mundo el 6 de diciembre de 1965, dos días antes de la clausura de Vaticano II, y que usaría hasta su muerte en lugar del anillo del pescador. Todo un símbolo.

2) La Tradición como acto de enseñanza

La modificación del contenido de la enseñanza estuvo acompañada por un cambio en la concepción misma de la enseñanza, pues es evidente que la naturaleza de la enseñanza es correlativa a la de su objeto.

Pablo VI empleaba a menudo esta expresión: la Iglesia está en diálogo: "El Concilio trabajará para construir un puente hacia el mundo contemporáneo [...] ustedes deseaban, en primer lugar, cuidar no de sus negocios sino de los de la familia humana, y entablar un diálogo no entre ustedes sino con los hombres", dijo a los Padres Conciliares. "El problema del diálogo entre la Iglesia y el mundo moderno es un problema que toca al concilio describir en su extensión y complejidad, y resolverlo, cuanto es posible, en los mejores términos. (...) La Iglesia debe entablar un diálogo con el mundo en que le toca vivir. (...) Este diálogo debe caracterizar nuestro oficio apostólico" Carta encíclica Ecclesiam suam del 6 de agosto de 1964, No. 15, 67 y 69. "La Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace coloquio" Ecclesiam suam, No. 67. Hasta Pío XII, los soberanos pontífices eran escuchados como doctores de la fe. Enseñaban las verdades de Cristo con la autoridad soberana de Pedro. Su propósito era predicar la verdad y condenar el error. Pablo VI favoreció el diálogo. El Papa ya no enseña, dialoga, conversa. Naturalmente, las cosas que condena son todavía menos.

El siguiente episodio es célebre. Monseñor Lefebvre, reunido con Monseñor Montini en la década de 1950, solicitó la condena del movimiento "Rearme Moral" fundado en 1938 por el protestante Franck Buchman, y cuyo objetivo era unificar todas las buenas voluntades, independientemente de las denominaciones religiosas, para promover la paz mundial, el diálogo y la libertad. A esta petición, Monseñor Montini respondió: "la Iglesia parecerá una madrastra". El futuro pontífice soberano consideraba estos anatemas como polémicas estériles e improductivas. A su juicio, las herejías se habían vuelto además marginales. "Ya no se trata de desarraigar de la Iglesia determinadas herejías y generales desórdenes", escribe en su encíclica Ecclesiam suam, - los cuales, gracias a Dios, no existen en su seno" Ibidem, No. 46. "La defensa de la fe se proporciona mejor ahora al promover la doctrina", citado por Paul Poupard, Connaissance du Vatican : histoire, organisation, activité, Beauchesne, 1974, p. 111.

Por el contrario, es oportuno recordar estas palabras de espíritu católico: Con frecuencia denuncia Monseñor Pie a estos católicos, que en la afirmación de ciertas verdades de la fe ignoradas o negadas no ven sino un escándalo que se agrega al escándalo de quienes las rechazan. Ellos, cuando los apóstoles de la verdad se esfuerzan por hacer su voz más fuerte que la de los apóstoles de la mentira, unen su indignación a la del enemigo" Monseñor Baundard, Histoire du cardinal Pie, Oudin, 1886, pp. 605-606.

3) La Tradición como órgano de enseñanza

El adagio era famoso: Roma locuta est, causa finita est. Siguiendo este deseo de diálogo y la apología de los errores conciliares, lo que se alteró fue la misma naturaleza del órgano de enseñanza. ¿Se podía todavía hablar de un ejercicio real del poder del Magisterio, cuya vocación es enseñar con autoridad? Con excepción de los felices golpes de efecto, como la condena de la anticoncepción por Humanæ vitæ el 25 de julio de 1968, las enseñanzas fueron más indicativas que imperativas.

En cambio, el Papa permitió que se afianzara una libertad teológica, que degeneró en una verdadera anarquía dogmática. Durante la publicación de los catecismos canadienses y holandeses publicados por las Conferencias Episcopales correspondientes, Roma adoptó una moderación sorprendente y una discreta desaprobación.

San Pío X escribió un catecismo; Pablo VI cerró los ojos ante la propagación de catecismos heréticos.

Ante el peligro del modernismo, San Pío X impuso un juramento antimodernista para ser pronunciado por todos los responsables de una autoridad de enseñanza y gestión. Pablo VI lo abolió en diciembre de 1967.

San Pío X impuso excomuniones al modernismo. Pablo VI suprimió las excomuniones, tal como suprimió la Inquisición, cuyo papel era, precisamente, enseñar claramente la fe católica y reprimir las herejías.

El Índice de Libros Prohibidos también desapareció en la confusión el 14 de junio de 1966, mediante la Notificación del Santo Oficio, Post Litteras apostolicas. El pretexto invocado es inaudito: "la Iglesia confía en la conciencia madura de los fieles". El significado era claro: el poder de enseñanza ya no sentía la necesidad de juzgar con autoridad lo que los fieles constataban en las profundidades de su conciencia. Ya no había maestro ni discípulos. Todos los fieles se habían convertido en maestros.

Un gesto resumió particularmente esta revolución: el 13 de noviembre de 1964, Pablo VI abandonó el uso de la tiara y la sedia. La tiara simboliza la monarquía papal. Había llegado la hora de la colegialidad, de la división del poder. La enseñanza se convirtió en colegial, sinodal. La Iglesia se convirtió en un amplio foro de discusión.

4) La Tradición como patrimonio de la Iglesia

Desde la Revolución Francesa, los Papas se manifestaron contra el espíritu revolucionario que pretendía dejar de lado la herencia de Pedro. El liberalismo, el falso ecumenismo, el arqueologismo litúrgico, el relativismo moral y el cuidado pastoral laxo, habían sido condenados regularmente. Pero con Pablo VI recuperaron su derecho de ciudadanía.

Roma había condenado constantemente la secularización de los Estados, la separación de la Iglesia y el Estado, la libertad de culto. Como ejemplo se puede citar la encíclica Mirari vos de Gregorio XVI, Libertas de León XIII, Vehementer de San Pío X. Pablo VI suprimió uno a uno (o modificó en un sentido liberal) los concordatos que unían el Estado y la Iglesia: España, Irlanda y Colombia, algunos cantones suizos, etc. La cristiandad, esta admirable unión de la Iglesia y la Ciudad, ilustrada por Constantino, Carlomagno, San Luis, García Moreno y muchos otros, ya no era querida por Pablo VI. Convencido por las teorías modernas de Jacques Maritain, soñaba con un nuevo cristianismo, completamente distinto, secular, humanista, donde los musulmanes podían invocar libremente a Mahoma. El 4 de octubre de 1965, habló en la ONU con un lenguaje digno de las logias, y elogió los derechos humanos que sus antecesores habían condenado: "Lo que ustedes proclaman aquí son los derechos y deberes fundamentales del hombre, su dignidad, su libertad y, sobre todo, la libertad religiosa. Creemos que ustedes son los intérpretes de lo más elevado en la sabiduría humana. Casi diríamos: de su carácter sagrado".

Roma había condenado las reuniones interreligiosas, el pan-cristianismo, en particular a través de la encíclica Mortalium animos del Papa Pío XI. Pablo VI alentó las reuniones ecuménicas. Así, "el 7 de diciembre de 1975, recibió al Metropolitano [ortodoxo] Melitón de Calcedonia. El Papa se arrodilló ante él y le besó los pies. Yves Congar, "L’œcuménisme de Paul VI ", en Paul VI et la modernité dans l’Eglise, Actes du colloque de Rome (2-4 juin 1983), Ecole Française de Rome, 1984, p. 817.

Los pastores protestantes que habían participado en la elaboración de la reforma litúrgica fueron felicitados y alentados. Pablo VI se mostraba sonriente y emocionado de recibir las luces de los expertos protestantes para reformar la misa católica.

Roma había condenado con Mediator Dei de Pío XII las desviaciones del Movimiento Litúrgico que pretendía volver a una liturgia arcaica, privada de los admirables desarrollos de veinte siglos de santidad. Pablo VI quería evitar cualquier cosa que pudiera ofender a los "hermanos separados". Aprobó las innovaciones litúrgicas que resultaron en la destrucción de la liturgia de la Iglesia. La misa (1969), el breviario (1970), la oración de los sacerdotes, el ritual (modificado gradualmente), los sacramentos de la Iglesia, las Órdenes menores (1972); todo fue sometido a una revisión y reforma total cuyos efectos perniciosos continúan hoy en día. Para esta "reforma", especialmente del oficio divino, el Papa se apoyó en Annibale Bugnini, quien declaró con qué espíritu pretendía reformar el Breviario: "El objetivo es orientarse hacia una reducción del pensum [sic] cotidiano". Yves Chiron, Mgr Bugnini (1912-1982), Réformateur de la liturgie, Desclée de Brouwer, 2016, pp. 36-37.  

Hasta entonces, Roma había denunciado el relativismo moral y la moral situacional. Pablo VI permitió que ambos se establecieran en los seminarios, en las universidades católicas, en las casas religiosas: una enseñanza nociva.

Roma siempre había alentado a los religiosos a despreciar el mundo condenado por Cristo y a adherirse principalmente a las realidades espirituales. Pablo VI obligó a todas las órdenes religiosas, todas las congregaciones de enseñanza, a "reformarse" de acuerdo con el espíritu liberal, humanista y naturalista de Vaticano II. La trágica disminución del fervor religioso, la escasez de vocaciones, el cierre de innumerables conventos, fueron las desastrosas consecuencias de esta reforma fallida, cuyos efectos se extendieron incluso a la enseñanza católica, que fue golpeada en esta tormenta.

Roma había educado a Occidente. El latín, idioma de la cultura secular y religiosa, fue sacrificado en el altar del pluralismo. El arte católico, admirable por su belleza, fue destruido por bárbaros que ya no formaban parte de los paganos infieles, sino que se encontraban entre los ministros del Templo.

5) Los Tradicionalistas

Los defensores de la Tradición no recibieron un mejor trato que ella: "El siervo no está por encima del amo". Pablo VI, que, el 23 de marzo de 1966, pidió al Dr. Ramsey, supuesto arzobispo de Canterbury, bendecir a la multitud de fieles católicos; que, el 7 de agosto de 1965, abrazó al cismático patriarca griego de Constantinopla; que, el 4 de octubre de 1965, se mostró lleno de comprensión hacia los masones de la ONU, no apoyaba a los tradicionalistas cuyo líder, Monseñor Marcel Lefebvre, recibía solo vehementes reproches y severas condenas. El seminario de Écône, semillero de sacerdotes formados como la Iglesia lo había hecho durante siglos, fue oficialmente suprimido el 6 de mayo de 1975, sin respetar el derecho de la Iglesia sobre la materia. El 22 de julio de 1976, el prelado fue golpeado por la suspensión a divinis. A pesar de sus repetidas apelaciones, Monseñor Lefebvre nunca fue juzgado de acuerdo con la ley ni pudo realmente explicarse y defenderse.

Ya desde 1963, Pablo VI planeaba obligar a los obispos de más de 75 años a exigir su renuncia, y excluir a los cardenales de más de 80 años del cónclave. Esto se llevó a cabo el 21 de noviembre de 1970 mediante el Motu proprio Ingravescentem ætatem. ¿Hizo esto con la intención de impedir cualquier resistencia por parte de los prelados conservadores y reemplazarlos por jóvenes sucesores comprometidos con las nuevas ideas? He aquí una respuesta a esta pregunta: "En los primeros años después del Concilio Vaticano II, observa el cardenal Ratzinger, los candidatos al episcopado parecían ser los sacerdotes que estuvieran, ante todo, "abiertos al mundo": en cualquier caso, este requisito previo era puesto en primer lugar". Joseph Ratzinger, Entrevistas sobre la Fe, citado por Don Mancinella, Revolución en la Iglesia de 1962, publicaciones de Rome Courier, 2009, p. 104.

El cardenal Mindszenty, quien obstaculizó la Ostpolitik del Vaticano, fue despedido. Sin embargo, "Janos Kadar, primer secretario del Partido Comunista de Hungría, [fue declarado por Pablo VI] 'el principal y más autorizado promotor de la normalización de las relaciones entre la Santa Sede y Hungría'". Monseñor Marcel Lefebvre, Carta Abierta a los Católicos Perplejos.

6) La noción de la Tradición

¿Qué queda de la Tradición en el sentido de la transmisión? Su misma noción fue sustancialmente modificada. Para el Papa Pablo VI, la Tradición ya no es un patrimonio precioso y vivo que debe transmitirse a la posteridad manteniendo el significado exacto e inalterable, al tiempo que se hace un esfuerzo por hacerlo más preciso, incluso más hermoso y más adecuado para los hijos de Dios.

En la práctica, el Papa solía tratar a la Tradición no como un depósito que debía ser transmitido, sino como un asunto que debía ser transformado, como si equiparara el pasado y la Tradición con una especie de depósito muerto al que solo una reforma completa sería capaz de revivir, corriendo el riesgo de no transmitirlo fielmente sino de modificarlo sustancialmente. La noción de Tradición fue modificada radicalmente. Y tal vez esto es lo más grave. Las acciones de Pablo VI la vaciaron de su profundo significado; la convirtieron en una realidad evolutiva, en manos de los hombres.

Conclusión

El inmenso entusiasmo que suscitó entre un gran número de católicos el Concilio y las reformas conciliares disminuyó rápidamente para dar lugar a una observación sumamente amarga. Pablo VI lamentaría la autodemolición de la Iglesia (Discurso del 7 de diciembre de 1968) y el humo de Satanás (29 de junio de 1972).

La palabra "demolición" indica la naturaleza del mal: una autodemolición deliberada y sistemática del pensamiento y las estructuras tradicionales de la Iglesia.

¿Cuáles son las causas de esto? La expresión autodemolición elimina de sí misma las causas externas. Por lo tanto, es necesario buscar una causa intrínseca, al interior de la misma Iglesia, en el origen de esta deconstrucción, es decir, por parte de quienes poseían la autoridad, de quienes implementaron esta demolición. Muchas autoridades participaron, pero todas en dependencia de la autoridad suprema que accionó las palancas principales de esta destrucción, aprobando el Concilio y lanzando sus reformas, designando a los progresistas en los puestos de mando y condenando a los hijos más fieles de la Iglesia. Pablo VI ciertamente no quería esta demolición. Sin embargo, la ejecutó. Fecit tamen.

¿Cómo no traer a la mente estas palabras del Eclesiástico?: "El juez sabio instruye a su pueblo, y el gobierno del discreto es ordenado. Según el juez del pueblo, así son sus ministros, y según el regidor de la ciudad, así sus moradores. El rey ignorante pierde a su pueblo, y la ciudad prospera por la sensatez de los príncipes" (Ecl. 10, 1-3).

Epílogo

"Cuanto más necesitamos un Papa santo, más debemos comenzar por poner nuestras vidas en la gracia de Dios, manteniendo la Tradición a ejemplo de los santos. Entonces, el Señor Jesús finalmente concederá al rebaño el pastor visible por el que se habrá esforzado de hacerse digno.

"Ante la insuficiencia o deserción del jefe no agreguemos nuestra negligencia particular. Que la Tradición apostólica esté al menos viva en el corazón de los fieles, incluso si, por el momento, languidece en el corazón y en las decisiones de quien es responsable a nivel de la Iglesia. Entonces, seguramente el Señor se apiadará de nosotros.

"Por eso es necesario que nuestra vida interior no se remita al Papa, sino a Jesucristo. Nuestra vida interior, que obviamente incluye las verdades de la revelación sobre el Papa, debe remitirse puramente al sacerdote soberano, a nuestro Dios y Salvador Jesucristo, para poder superar los escándalos que el Papa trae a la Iglesia". Padre Roger-Thomas Calmel, o.p. "De l’Eglise et du pape en tous les temps et en notre temps", en la revista Itinéraires No. 173, mayo de 1973, p. 39.

Padre François-Marie Chautard