Vaticano I: una mirada retrospectiva a un Concilio inconcluso (8)

Junio 29, 2020
Origen: fsspx.news

Episodio 8: la nariz de Cleopatra

Hace ciento cincuenta años, se inauguró el Concilio Vaticano I, bajo la dirección del Papa Pío IX. En la siguiente serie de artículos, FSSPX.Actualidad repasará la historia del Concilio que se convirtió en el escenario de la oposición entre liberales y ultramontanos, y al término del cual se proclamó el dogma de la infalibilidad papal.

Los debates relativos al texto sobre la infalibilidad comenzaron el 6 de junio de 1870. El prólogo y los capítulos introductorios no plantearon problemas importantes. Finalmente, el 15 de junio se examinó la definición de la infalibilidad papal. En este fin de primavera romana, los rayos del sol ya eran abrumadores, y estaban listos para calentar los ánimos.

Deseando apaciguar a la minoría opuesta a cualquier definición, un miembro del partido romano, el cardenal Filippo Maria Guidi, reconocido teólogo dominico, propuso no hablar de "la infalibilidad del pontífice romano", sino más bien de "la infalibilidad de sus doctrinas". Curiosamente, Monseñor Guidi insistió en que la asistencia divina no debía entenderse como algo que afecta a la persona del Papa, sino solo a algunas de sus acciones, y siempre que el Papa enseñe la doctrina tradicional de la Iglesia.

Para el teólogo dominico, un examen serio de la Tradición debía preceder a cualquier definición, y este examen podría consistir en una encuesta entre los obispos del mundo católico, testigos naturales de la fe de las Iglesias locales.

Aparentemente, estas observaciones mesuradas lograron el apoyo de la minoría anti-infalibilidad. Esta última consideraba, según lo que escribió el 29 de junio el obispo de Nancy, Monseñor Joseph-Alfred Foulon, que el puente de la concordia finalmente se había construido entre las dos fracciones de la asamblea, y que todo terminaría bien después de haber comenzado bastante mal. ¿Se acercaba el fin de las discusiones?

Sin embargo, el partido romano reaccionó fuertemente contra lo que consideraba una concesión inaceptable: fue así que Monseñor Domenico Jacobini, miembro de Propaganda Fide, objetó al cardenal Guidi que, por haber defendido tal tesis, "el orador merecería ser condenado a ocho días de ejercicios espirituales".

El Papa Pío IX, irritado por el informe de la intervención del dominico, mandó llamar a este último la noche del 18 de junio para reprender enérgicamente al mortificado porporato, exclamando: "La Tradizione son’Io", "¡La Tradición, soy yo!"

Sin embargo, hay que reconocer un mérito en la posición defendida por Monseñor Guidi: el de evitar la trampa de una "papolatría" que podría conducir a la aceptación de cualquier reforma futura, siempre y cuando hubiera recibido la aprobación de un Papa - una trampa que surgiría sesenta años después, durante otro concilio celebrado también en el Vaticano.

El hecho es que el sujeto de la infalibilidad es el propio Papa, aunque solo aplique a algunos de sus actos. Un acto no puede estar sujeto a la infalibilidad por sí mismo, sino por aquel que se la comunica.

¿Es poco realista imaginar por un momento que, si el concilio hubiera escuchado la voz del cardenal Guidi, la historia de la Iglesia habría sido diferente? Pascal sonreiría ante esta idea, un eco tan distante como fiel a su famoso pensamiento sobre "la nariz de Cleopatra"...