El sacramento del Orden: dignidad y excelencia (3)
La dignidad del sacerdocio es sumamente grande, porque el sacerdote es el ministro de Cristo y el dispensador de los misterios divinos. Como mediador entre Dios y los hombres, tiene poder sobre el Cuerpo Real de Cristo y sobre su Cuerpo Místico, que dispensa los bienes divinos para guiar a los hombres a la vida eterna.
"Así es preciso que los hombres nos miren: como a siervos de Cristo y distribuidores de los misterios de Dios" (I Cor, 4:1).
"Somos pues, embajadores de Dios en lugar de Cristo, como si Dios exhortase por medio de nosotros..." (II Cor. 5:20).
El santo Cura de Ars solía decir: "¡Oh, qué grande es el sacerdote!" Consideraba que "es el sacerdote quien continúa la obra de la Redención en la tierra", y que, en consecuencia, la santificación de las almas y las parroquias depende de él: "Un buen pastor, un pastor según el corazón de Dios, es el mayor tesoro que Dios puede otorgar a una parroquia, y uno de los regalos más preciosos de la misericordia divina".
"Cuando vean a un sacerdote, piensen en Nuestro Señor Jesucristo."
Debido a esta excelencia y dignidad, es un pecado muy grave despreciar o insultar a los sacerdotes. A través de ellos, los desprecios e insultos tocan a Jesucristo mismo, quien dijo a sus Apóstoles: "Quien a vosotros escucha, a Mí me escucha; y quien a vosotros rechaza, a Mí me rechaza; y quien me rechaza a Mí, rechaza a Aquel que me envió" (Lc. 10:16).
Preparación y llamado de Dios
Debido a su misión divina y los poderes espirituales que le son propios, el sacerdocio católico requiere de una preparación seria, de la práctica de la virtud y de un gran celo para seguir a Cristo, modelo de los sacerdotes.
"Al contrario, en todo nos presentamos como ministros de Dios, en mucha paciencia, en tribulaciones, en necesidades, en angustias, en azotes, en prisiones, en alborotos, en fatigas, en vigilias, en ayunos" (II Cor. 6:4-5).
Por esta razón, solo aquellos que, habiendo sido llamados por Dios y puestos a prueba por los superiores eclesiásticos, tienen la intención de trabajar para la gloria de Dios y la salvación de las almas, deben ser admitidos a la dignidad del sacerdocio: "Y nadie se toma este honor sino el que es llamado por Dios, como lo fue Aarón" (Heb. 5:4).
Fuentes: Gasparri / St. Pius X / FSSPX.News – 2/16/2019