La Iglesia y la peste - Aprendiendo de la historia (4 de 4)

Fuente: FSSPX Actualidad

Ya hemos visto lo que la Santa Madre Iglesia y sus hijos han presenciado a lo largo de los siglos: numerosas plagas, así como la histeria y los trastornos que suelen acompañarlas. Pero la respuesta siempre ha sido la misma: permanecer al lado y al servicio de los que sufren.

Al igual que en el pasado, la pandemia actual también es para nosotros, como católicos, una enseñanza y una prueba: una prueba para nuestra fe y esperanza, una enseñanza de caridad.

Nunca debemos vacilar en nuestra convicción de que Dios está a cargo, que nos ama y que, si tratamos de devolver ese amor, todas las cosas funcionarán para nuestro bien. Sin importar las circunstancias concretas en las que nos encontremos, es esencial que alimentemos, fortalezcamos y protejamos esta fe con los sacramentos (cuando sea posible), la oración, la penitencia, el rosario, la lectura espiritual y todas las prácticas católicas que la Santa Madre Iglesia nos ha dado.

El pánico y la ansiedad solo dan lugar al egoísmo y la desesperación, y esto nos conduce a abandonar a nuestro prójimo o a pensar que Dios nos ha abandonado. Nada mejor para plantar y alimentar las semillas del miedo que absorber y pensar continuamente en las últimas noticias y estadísticas. También debemos evitar las teorías de conspiración, que no ofrecen ninguna solución concreta al problema en cuestión y solo alimentan una sensación de desesperación o, como ha sucedido tantas veces en el pasado, nos impulsan a acciones imprudentes contra algún enemigo imaginado.

La caridad sobrenatural ha guiado a los católicos en tiempos de peste para no volverse egoístamente hacia sí mismos, sino mirar a Nuestro Señor y ver, a través de los ojos de la fe, a ese mismo Señor en su prójimo sufriente.

La Peste Negra nos proporciona un ejemplo de caridad y servicio sacrificial gracias a los innumerables clérigos, religiosos y laicos que brindaron a los enfermos cualquier tipo ayuda que estuviera en sus posibilidades. A nivel material, los cuidaron, limpiaron y alimentaron e hicieron lo que pudieron para aliviar sus necesidades. A nivel espiritual, oraron por ellos y con ellos, les dieron consuelo espiritual, los acompañaron mientras morían y, al final, los enterraron, estando conscientes todo el tiempo que ellos mismos podrían ser los siguientes en seguirlos hasta la tumba.

Sin embargo, no debemos olvidar que no hay verdadera caridad sin verdadera prudencia. La prudencia es la que nos protege de la imprudencia y la presunción, que son tan pecaminosas como el egoísmo y la desesperación. Y es la prudencia la que nos enseña a practicar la verdadera caridad. Primero debemos buscar preservarnos a nosotros mismos y a los demás del daño.

Nuevamente, la actitud de los católicos en la Peste Negra nos ofrece un ejemplo concreto. Como se creía que la enfermedad era una "corrupción del aire", la gente seguía todas las precauciones recomendadas por la ciencia médica de la época para "purificar" el aire: cubriéndose la boca y la nariz con paños empapados en vinagre, quemando hierbas de olor dulce, y llevando con ellos hierbas similares.

Hoy sabemos cómo se propaga esta enfermedad en particular. Por lo tanto, en un espíritu de caridad hacia nosotros mismos y nuestro prójimo, y de justicia hacia las autoridades constituidas, debemos someternos a las regulaciones civiles y al asesoramiento médico destinado a preservarnos del contagio y evitar su propagación.

En estos tiempos difíciles, nunca debemos perder de vista que este mundo no es nuestro hogar. La Santa Madre Iglesia siempre ha tratado de guiar a las almas para "buscar las cosas que son de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios" (1 Col. 3: 1-3). En tiempos de crisis, debemos recordar que todas las pruebas y tribulaciones que enfrentamos han sido permitidas por nuestro amoroso Padre celestial para ganar nuestro propio lugar allí por toda la eternidad: "Porque nuestra tribulación momentánea y ligera va labrándonos un eterno peso de gloria cada vez más inmensamente" (2 Cor. 4:17).