La Iglesia y la peste - "A Peste, Fame, et Bello..." (Parte 1 de 4)

Fuente: FSSPX Actualidad

Como consecuencia del pecado original, los hombres estamos sujetos a la enfermedad y la muerte. Es el destino de todos. En épocas pasadas, nadie dudaba de su inevitabilidad, aun cuando la mayoría intentaba posponerlo lo más posible o aliviar los sufrimientos. Pero incluso en la era cristiana, las plagas y la mortalidad generalizada han puesto a prueba la fe de los hombres, y muchos no han podido superar esta prueba...

Oh Dios, que no deseas la muerte del pecador, sino que se arrepienta: recibe con tu perdón a tu pueblo, que se vuelve hacia Ti: y mientras se mantenga fiel a tu servicio, por tu clemencia retírale el flagelo de tu ira. Por Nuestro Señor...

(Colecta de la Misa para la preservación de la muerte en tiempo de peste)

(Parte uno de cuatro)

Dueños de sus destinos

El mundo contemporáneo se ha convencido de que los hombres son dueños de sus destinos; una convicción provocada por siglos de alejamiento de Dios, así como por la consecuente comprensión cristiana del propósito de la vida y de las pruebas del hombre en la tierra, y reforzada por afirmaciones más recientes de libertad personal y autodeterminación. Y así, sostenidos por el dominio cada vez mayor del hombre sobre las fuerzas naturales, y en la era de las vacunas, la salud y la atención médica eficiente, los hombres han aumentado su confianza, convenciéndose de que la enfermedad y la muerte, aun cuando no son inevitables, pueden dominarse y, por lo menos, volverlas "aceptables" al eliminar sus dolores y angustias acompañantes.

Pero "una sociedad acostumbrada a pensar que lo controla todo, desde el clima hasta el género, está muy mal preparada para resistir la tormenta de imprevisibilidad ocasionada por las epidemias" (angelusnews.com) Por tanto, cuando la realidad -que se presenta hoy bajo la forma de un nuevo virus altamente contagioso- nos obliga a enfrentar nuestra impotencia fundamental, nuestra primera reacción instintiva es el miedo; un miedo que es producto de la falta de control provocada por la enfermedad y sus consiguientes incertidumbres e interrupciones de nuestra vida cotidiana.

El miedo pone de manifiesto el aspecto más ruin de la naturaleza caída

La historia es testigo de que tales temores suelen llevar a muchos a manifestar el aspecto más ruin de nuestra naturaleza caída: evitando egoístamente el contacto con los enfermos, almacenando provisiones y medicamentos, buscando chivos expiatorios para culparlos de nuestros sufrimientos y, la mayoría de las veces, cayendo en una histeria masiva que suele terminar en violencia desenfrenada...

Por esa razón, en sus actos penitenciales, la Iglesia ora: ¡De la peste, el hambre y la guerra, oh Señor, líbranos! Es decir, ser librados no solo de las catástrofes naturales, que están fuera de nuestro control, sino también de los males ocasionados por nuestras propias acciones, pues todo esto saca a la superficie lo más profundo de los corazones de los hombres...

Sin embargo, la Iglesia también siempre ha enfatizado que Dios, que puede sacar bienes de los males, permite estos males como medios providenciales de expiación por nuestros pecados, ya que se convierten para nosotros en la oportunidad de reconocer los errores en nuestro actuar y, tal vez, incluso, en el comienzo de nuestra verdadera conversión, al mismo tiempo que son la ocasión perfecta para la práctica de las virtudes en un grado heroico. La siguiente cita es tomada de una reflexión católica sobre las bendiciones espirituales que la Providencia puede derivar del flagelo de la guerra, pero también es fácilmente aplicable a las enfermedades y las plagas:

No hay duda de que hay bendiciones: incentivos tales como poner urgentemente nuestras almas en el estado de gracia, si es necesario; el cumplimiento de algún deber largamente descuidado, como hacer un testamento, pagar una deuda, perdonar una injuria; sufrir una saludable disminución de la vanagloria de la vida; ser forzados a enfrentar en una manera novedosa y vívida las Postrimerías; y vernos tan privados por doquier que nos vemos obligados a centrarnos en

 la única cosa que nos queda: la salvación de nuestras almas. Incluso puede ser que Dios envía estas abruptas bendiciones por razones muy serias, como cuando los católicos se han vuelto intelectualmente complacientes y se han deteriorado moralmente, al grado que necesitan ser despertados severamente para ocuparse del verdadero negocio de la salvación de sus almas. Hora est iam nos de somno surgere...

(The Tablet (Londres), 1940, 3 de agosto, p.98.)

A lo largo de la historia, la humanidad ha sufrido innumerables enfermedades y, a menudo, verdaderas pandemias, con todos sus males e interrupciones consecuentes.

Incluso en la era moderna, las causas de estas enfermedades tan devastadoras apenas se conocían. Como consecuencia, los modos de transmisión eran desconocidos o solo podían adivinarse mediante la observación y experimentos de prueba y error. Estos, a su vez, conducían a algunos remedios y tratamientos tentativos para los enfermos, así como a precauciones igualmente experimentales para aquellos encargados de cuidarlos. Algunos de esos remedios y precauciones eran útiles, pero la mayoría resultaban ineficaces pues añadían, incluso, nuevas complicaciones o, sin saberlo, contribuían a una mayor propagación de las enfermedades.

Desde el principio, independientemente de las circunstancias y las limitaciones del conocimiento médico de la época, tan pronto como la peste se extendió por las tierras donde estaba presente, la Iglesia no dudó en ofrecer a los enfermos y moribundos su servicio de sacrificio, en imitación de Nuestro Señor: "Nadie puede tener amor más grande que dar la vida por sus amigos" (Juan 15:13).