Masacre en Kenia: la Iglesia reacciona

Conferencia Episcopal de Kenia

"Ayunar hasta la muerte para encontrar a Jesús", este fue el programa impuesto a sus adeptos por Paul Nthenge Mackenzie, pastor keniano de la secta "Iglesia Internacional de la Buena Nueva". Hasta que llegó la tragedia...

Un programa seguido rigurosamente -salvo por el gurú, claro- ya que entre el 23 de abril y el 10 de mayo de 2023, más de 133 cuerpos, en su mayoría menores de edad, fueron exhumados de la fosa común descubierta en el bosque de Shakahola por las autoridades kenianas.

De las 30 autopsias realizadas a los cuerpos encontrados, la mayoría de las personas parecen haber muerto de hambre, pero al menos dos niños, murieron por asfixia, no por falta de alimento.

Paul Nthenge Mackenzi, ahora acusado de terrorismo, alguna vez fue taxista: un trabajo considerado poco rentable, por lo que decidió convertirse en pastor y luego en teleevangelista en 2003. A lo largo de los años, su predicación cada vez más radical le valió ser arrestado en repetidas ocasiones.

En un comunicado emitido inmediatamente después del macabro descubrimiento, la Conferencia Episcopal de Kenia condenó enérgicamente el suicidio masivo: "(La predicación de este pastor) constituye una enseñanza herética que normalmente debería haber resultado en medidas disciplinarias correspondientes por parte de la familia religiosa a la que pertenece", enfatizaron los obispos.

Los prelados de Kenia también solicitaron "una investigación rápida sobre las circunstancias que condujeron al acto atroz que llevó a los crédulos kenianos a su prematura muerte".

El episcopado deplora además que los "supuestos profetas y líderes de culto" exploten a sus inocentes seguidores con impunidad. Estos últimos "han perdido dinero, propiedades y ahora sus vidas", e instaron a los fieles a estar en guardia contra "el control de estos líderes sobre sus adeptos a quienes les hacen creer que siempre tienen la razón y que tienen la verdad exclusiva".

La Conferencia Episcopal finalmente hizo una petición al Estado para "revisar las leyes que garanticen que estos pastores deshonestos sean expuestos a tiempo y no tengan la posibilidad de perpetuar sus actos peligrosos".

Una reacción episcopal repleta de carencias. Por un lado, se olvidan de que el protestantismo se multiplica con los individuos, y que por lo tanto no hay ninguna "familia religiosa" a la que se pertenezca y que pueda ejercer una función protectora. 

En cambio, la Iglesia posee la verdad religiosa y solo ella. Ciertamente, el sacerdote no es infalible por sí mismo, ni tampoco el obispo. Pero no debemos disminuir la verdad católica para condenar los excesos fanáticos de las sectas.

Finalmente, la sociedad civil no es la única que tiene que estar atenta para regular las casi cuatro mil sectas que existen tan solo en este país africano: porque desde hace más de medio siglo, muchos clérigos -en nombre de una ambigua libertad religiosa derivada del Concilio Vaticano II- no siempre han sabido recordar a sus fieles las verdades inmutables y salvíficas de la fe católica.

Las sectas se instalan por falta de la verdad de la Iglesia que no es suficientemente proclamada, y a menudo es reducida, en particular por el ecumenismo.