Nigeria: la Iglesia reacciona ante la nueva ola de vejaciones

El cardenal John Onaiyekan

Varios grupos armados atacaron e incendiaron una iglesia y varias casas en la aldea de Kikwari, ubicada en el estado de Kaduna, al norte de Nigeria. La jerarquía católica condenó este acto, al tiempo que reprochó al gobierno su impotencia frente a una guerra civil en la que las religiones, las etnias y la delincuencia están estrechamente entrelazadas.

Según la información reportada el 22 de febrero de 2021 por el sitio de noticias nigeriano The Nation, el 20 de febrero hubo dos atentados en el estado de Kaduna, al norte del país, que causaron la muerte de al menos dos personas y la destrucción de la iglesia parroquial.

En un comunicado oficial, Samuel Aruwan, comisionado de Seguridad y Asuntos Internos, confirmó los ataques, mencionando también el secuestro de nueve personas en la zona de Sabon Birni.

"Las agencias de seguridad informaron que grupos armados incendiaron la iglesia de la Sagrada Familia y dos casas en Kikwari. Según el informe, los residentes huyeron de la zona después de recibir informes de que se había visto a los delincuentes fuera de la aldea", declaró Samuel Aruwan.

El gobernador de Kaduna, el musulmán Nasir Ahmad el-Rufai, condenó el ataque y manifestó su cercanía a los cristianos pidiéndoles que "permanezcan firmes en su fe y dedicación, y que consideren el ataque como un acto perpetrado por los enemigos de la paz, de la humanidad y de la diversidad, que no triunfarán, sino que serán vencidos por la gracia de Dios".

Un trasfondo complejo

En esta zona norte del país, las luchas adquieren un aspecto étnico, religioso y económico. Con la sangrienta insurgencia de los yihadistas del grupo Boko Haram en la frontera norte de Nigeria, los pastores nómadas pertenecientes a la etnia fulani están huyendo masivamente hacia el sur. Este flujo migratorio se ve favorecido por la disminución de las precipitaciones y la persistente sequía que afecta cada vez más al norte, haciendo más atractivo el húmedo sur del país.

Pero en esta tierra prometida, los musulmanes fulani se enfrentan a agricultores sedentarios, de diferentes etnias a la suya, y en su mayoría cristianos. A este cóctel explosivo hay que agregar el vertiginoso crecimiento de la población de Nigeria, la expansión urbana y especialmente agrícola.

Actualmente, la tierra se ha convertido en objeto de una competencia feroz y de una especulación desenfrenada: los grupos étnicos sedentarios blanden su condición de "indígenas" para expandir sus plantaciones, seguros de sus derechos consuetudinarios y ancestrales sobre la tierra. También han sido alentados por las políticas agrícolas de los sucesivos gobiernos.

El resultado de esta ecuación no se hizo esperar: a lo largo de los años, el campo se ha convertido en una tierra de nadie donde reina el terror, hay saqueos de todo tipo, masacres y donde los yihadistas reclutan fácilmente a los nómadas fulani, que encuentran en sus hermanos malienses un apoyo inesperado en su lucha por la tierra...

Pocas horas después del ataque, el cardenal John Onaiyekan, arzobispo emérito de Abuja y expresidente de la Conferencia Episcopal de Nigeria, lamentó la actitud del gobierno que, según dijo, busca "dialogar con los bandidos". "Estamos ante una red de delincuentes que toman como rehén al país; que el gobierno haga su trabajo, o que ceda el paso a otros", declaró el cardenal nigeriano.

Y el alto prelado añadió: "Si el gobierno no rectifica la situación, llegaremos a una etapa en la que los agentes ajenos al Estado tomarán el relevo".