¿Por qué necesitamos sacerdotes?

Fuente: FSSPX Actualidad

Cada año, en el mes de junio, se ordenan sacerdotes al servicio de la Iglesia para "sacrificar, bendecir, presidir, predicar, bautizar" (Pontifical romano). Esto no sólo concierne a un pequeño número de fieles o al círculo familiar, las ceremonias de ordenación que acompañan la vida de la Iglesia involucran a todos los hombres, porque la salvación del mundo depende del sacerdocio.

Profeta de la verdad

El sacerdote, como embajador de Dios y ministro de Cristo y de la Iglesia, pone a disposición de los hombres el tesoro de la verdad. Da a conocer la Palabra de Dios y las enseñanzas de la Tradición católica.

En su predicación, el sacerdote enseña las verdades profundas que la razón no puede descubrir por sí sola. Desvela los misterios ocultos revelados por Cristo y relata los acontecimientos de la historia de la salvación, especialmente el misterio de la muerte y resurrección del Salvador. Proporciona, sobre todo, respuestas claras a las múltiples preguntas de los hombres sobre el sentido de la vida, la razón del mal y el secreto de la felicidad.

Como desinteresado siervo de la verdad, el sacerdote no busca halagar. Al igual que el Señor, su Maestro, propone un ideal elevado y emocionante, pero siempre exigente. Aporta un mensaje de santidad que incomoda a los hombres enamorados de los bienes de este mundo. Sin ocultar las austeridades del Evangelio, el sacerdote muestra que la gracia divina es una perla de gran valor y que vale la pena hacer todos los sacrificios necesarios para recibirla.

En su calidad de profeta vigilante que desenmascara la mentira, el sacerdote rechaza las doctrinas falsas que arrastran a las almas a callejones sin salida y abismos sin fondo. Frente a las ideologías engañosas, el sacerdote alerta, advierte y pone sobre aviso. Rehusándose a aceptar las verdades a medias, las injusticias y los escándalos, exhorta a los hombres a resisitr al mal en todas sus formas.

Dispensador de la gracia

En virtud del carácter sacerdotal impreso en su alma desde el día de su ordenación, el sacerdote puede consagrar el cuerpo y la sangre del Señor en la Misa, y administrar los sacramentos.

El acto esencial del sacerdocio es la celebración de la Santa Misa que derrama misteriosamente sobre los corazones las gracias superabundantes del sacrificio de la Cruz. Actuando en el altar en la persona de Cristo, el sacerdote renueva de modo incruento el sacrificio del Calvario. En unión con toda la Iglesia, ofrece a Dios un sacrificio de adoración, de acción de gracias, de propiciación y de impetración para vivos y muertos. Glorificando a la Santísima Trinidad, da a los hombres la gracia divina que eleva y que cura. Todas las bendiciones que el sacerdote da en el curso de su ministerio preparan y acompañan la obra de la gracia en los corazones.

Al conferir el sacramento del bautismo, el sacerdote aplica de manera individual a las almas las gracias de la Redención. Cuando bautiza en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, el sacerdote conduce a las almas desde las tinieblas del pecado a la luz de la gracia, introduciéndolas, al mismo tiempo, en la Iglesia e integrándolas a la comunión de los santos. Al distribuir el Pan de Vida, el sacerdote une a las almas al Dios de fortaleza que da a cada uno la valentía y energía necesarias para cumplir con sus deberes.

Como ministro del sacramento de la penitencia, el sacerdote absuelve incansablemente a los pecadores. Es dispensador de la misericordia de Cristo, permitiendo a los hombres apaciguar su conciencia y hacer huir a Satanás. Gracias al sacerdote, cualquier pecador contrito y arrepentido puede convertirse, incluso en el último instante de su vida. Además, proporciona el remedio de la Extremaunción a los fieles de Cristo que se encuentran en peligro de muerte. 

Pastor de almas

El sacerdote ayuda a los hombres a realizar la voluntad de Dios, tal y como ésta se manifiesta en la ley y en los acontecimientos de la vida. Sabiamente, trata de aplicar los principios del Evangelio según la persona y la situación. Éste es el papel del cuidado pastoral.

Como mediador, el sacerdote acerca a las almas a su Salvador, para que puedan entrar un día a la gloria de su Maestro. Además, exhorta a los cristianos a dedicarse al servicio de la Iglesia y a trabajar por el bien común de su país. Para lograrlo, invita a los hombres al discernimiento y a la prudencia, impulsando las energías y despertando los corazones dormidos.

Como instrumento de misericordia, el sacerdote ofrece el consuelo del Señor a aquellos que sufren en sus cuerpos o almas. Frente a los dramas de la vida, los exhorta a mantener una actitud valiente y llena de confianza, animándolos a la oración perseverante y a la acción, e invitando a todos a hacer uso de los medios adecuados para lograrlo.

Como pacificador, el sacerdote se esfuerza por reconciliar a quienes están divididos. Ayuda a las familias a mantenerse unidas o a recuperar la unidad, tan frecuentemente como sea necesario. En los conflictos, el sacerdote actúa como mediador para tratar de encontrar soluciones justas inspiradas por la caridad.

La Iglesia no puede prescindir del ministerio de los sacerdotes para cumplir su misión de salvación. Por consiguiente, la cuestión de las vocaciones sacerdotales resulta fundamental. Es importante hacer dos recomendaciones sobre este punto. En primer lugar, debemos pedir al "amo de la mies que mande obreros a su mies" (Lc. 10:2). En segundo, es deber de todos - especialmente de los padres - acompañar la acción del Espíritu Santo en los corazones, mostrando a los más jóvenes "la dignidad excelsa, la belleza y el gran mérito" del sacerdocio (Pío XII, Exhortación Menti Nostrae, 1950).

Padre Pierre-Marie BERTHE