Primer Misterio Glorioso: La Resurrección

La joya de Serpotta (XI/XIII)

“Habló el ángel y dijo a las mujeres: “No tengan miedo; porque sé que buscan a Jesús, el crucificado. No está aquí, porque ha resucitado, como lo había dicho” (Mt. 28, 5-6).

La resurrección selló la victoria de la Cruz: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y también vana es vuestra fe” (1 Cor. 15, 14). Un texto de Santo Tomás es particularmente rico para esclarecer este triunfo: “Cristo mereció el poder y el dominio sobre los gentiles por la victoria de la Cruz. Por eso leemos en el Apocalipsis (2, 26-28): “Al vencedor le daré poder sobre las naciones... como yo lo recibí de mi Padre”. Y en Filipenses (2, 8): Porque fue obediente hasta la muerte en la cruz, Dios lo ha exaltado; para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble y toda lengua lo proclame. Por ello, antes de su pasión, Cristo no quiso dar sus enseñanzas a los gentiles, pero después de la Pasión, les dijo a los discípulos (Mt. 28, 19): “Id y enseñad a todas las naciones”. Esto explica lo que leemos en San Juan (12, 24) al acercarse la Pasión, cuando algunos paganos querían ver a Jesús y les respondió: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, se queda solo; pero si muere, da mucho fruto”. San Agustín explica así este pasaje: “El grano estaba destinado a morir en su persona, por la incredulidad de los judíos, y se multiplica por la fe de las naciones paganas”[1].

En este misterio Serpotta nos hace meditar precisamente sobre la victoria de Cristo. La escultura del maestro siciliano es sobria. En una mano lleva la palma de aquellos que dieron su vida para rendir testimonio de la divinidad de nuestro Señor, mereciendo así la corona del triunfo. El águila de Meaux, sin embargo, se expresa con mayor elocuencia: “En la milicia donde servimos, en el ejército en el que nos hemos enrolado, no sólo existe la orden de luchar, sino que además debemos vencer. ¿Dónde está el ejército del que se pueda decir que todos los combatientes son victoriosos? (...) “Todo lo que ha nacido de Dios, vence al mundo, y la victoria que vence al mundo es nuestra fe”[2]. Todos cuantos se sumen a estas filas por el bautismo (quod natum es ex Deo) serán victoriosos. Si alguno hay vencido, es porque no quiso combatir. Vengan, vengan, cristianos, a esta gloriosa milicia. Sin duda habremos de sufrir adversidades y angustias, pero la victoria es igualmente cierta: si tenemos la resolución de luchar, la victoria está asegurada”[3].

Padre Pablo Billoni


[1] Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, III, q. 42, a. 1.

[2] S. Juan 5, 4.

[3] Panegírico de San Gorgonio, en Obras de Bossuet, Firmin Didot Frères, 1841, Tomo III, pág. 500.