A través de la Resurrección, pasamos de la oscuridad terrenal a la dignidad celestial

El Papa San León, que reinó desde 440 hasta 461, explica los efectos que la Resurrección de Cristo tiene en nuestras almas. Una meditación particularmente apropiada para este tiempo Pascual.

"El primer hombre, hecho de tierra, es terrenal," dice el Apóstol, "el segundo hombre viene del cielo. Cual es él terrenal, tales son los terrenales; y cual él celestial, tales serán los celestiales. Y así como hemos llevado la imagen del hombre terrenal, llevaremos la imagen del celestial" (I Cor. 15, 47-49).

Debemos regocijarnos grandemente por este cambio, mediante el cual somos elevados desde la degradación terrenal a la dignidad celestial a través de la indescriptible misericordia de Aquel que descendió a nuestro estado para poder elevarnos al suyo, asumiendo no solo la sustancia sino también las condiciones de la naturaleza pecaminosa, y permitiendo que la impasibilidad de la Divinidad se viera afectada por todas las miserias que afectan a los hombres mortales.

Y para que las mentes angustiadas de los discípulos no se vieran atormentadas por un dolor prolongado, Él, con una velocidad asombrosa, acortó los tres días de espera que había anunciado. Al unir la última parte del primer día y la primera parte del tercer día a todo el segundo día, acortó una parte considerable de la espera, y, sin embargo, no disminuyó el número de días.

Por lo tanto, la Resurrección del Salvador no retuvo mucho tiempo su alma en los infiernos, ni su cuerpo en el sepulcro; la vida volvió tan rápidamente a su carne incorrupta que más parecía estar dormido que muerto. La Divinidad, que tampoco abandonó la Naturaleza Humana que había asumido, reunió por su poder lo que su poder había separado.

Que el pueblo de Dios reconozca que es una nueva creación en Cristo, y con toda atención, entienda por Quién ha sido adoptado y a Quién ha adoptado. Que las cosas que han sido renovadas ya no vuelvan a su antigua inestabilidad; y el que haya puesto su mano en el arado (Lucas 9:62) que no abandone su trabajo, sino que se ocupe más bien de lo que siembra que de mirar aquello que dejó detrás.

Que nadie vuelva a caer en aquello de lo que ha resucitado, pero, aunque debido a la debilidad corporal todavía languidezca bajo ciertas enfermedades, que desee con urgencia ser sanado y restablecido. Porque este es el camino de la salvación, a través de la imitación de la Resurrección iniciada en Cristo.

San León Magno, Sermón sobre la Resurrección (Sermón 71)